La tragedia

Columna publicada el 11 de diciembre de 2013 en El Espectador.

La destitución de Petro tiene todos los elementos de una tragedia griega en la que un destino cruel e inevitable se avecina para aplastar a los personajes con toda la ironía posible.

Todos lo veíamos venir. No faltaron las Cassandras que advirtieron del inmenso poder de la Procuraduría, de la voluntad de Ordóñez para usarlo con fines políticos y del poder aún más desmedido que traería una reelección que dejó al procurador sin quién lo controle.

En las tragedias, como ésta, el personaje hace un gesto cualquiera, tal vez uno que le parece poco importante, como matar a unos forajidos cuando va camino a una ciudad nueva, o una decisión trascendental como sacrificar su hija a los dioses para que no se hunda su flota de barcos, y ese gesto desata una serie de acontecimientos que lo llevarán a un lugar y una hora en la que su voluntad ya no importa. En nuestra tragedia, Petro —que no es nuestro héroe ni mucho menos—, vota por Ordóñez porque ese es el juego de la política, un juego de alianzas, y favores y estrategias donde nadie (o casi nadie) hace lo que en realidad opina por estar preparando el terreno para que, cuando las condiciones sean óptimas, pueda tener el poder.

Los congresistas son un punto ciego de la democracia. Son elegidos por una minoría, y a veces basta con una campaña populista. Es más jodido ser presidente porque a la gente medio le importa, y “medio” es que menos de la mitad de la población vota. Más allá de que no nos importe quién queda en el Congreso, es probable que los elegidos no hagan eso que prometieron. Muchos, incluso bien intencionados, llegan con un plan a largo plazo, contabilizando cuántos favores políticos necesitan para avanzar sus buenas obras, cuánto poder, cuánta maquinaria, para un día arreglar los males que se hicieron en el camino. En el caso de Petro es especialmente poético porque vota por su antagonista natural y el sistema está diseñado para que le pareciera un necesario daño colateral.

En sus inicios, la tragedia griega se daba como un espectáculo cívico y se entendía como una oportunidad para pensar sobre la ciudad. La diferencia es que nosotros no tenemos la distancia del teatro, no vamos a catarsis porque, entre otras cosas, aquí a todos los personajes de la historia (Petro, Ordóñez, Santos) de alguna manera les va bien, y a los votantes indiscutiblemente nos va mal. Así estamos hoy, viendo cómo el dedo del procurador tiene más poder que todos nuestros bien o mal habidos votos, y cómo Petro se erige como el martir de la izquierda que canta una tonada pop en la que habla de indignación y paz.

Pero la ironía es aún más amplia y se viene forjando desde hace muchos años, en las buenas intenciones del sistema, que contienen su propia desgracia. Petro fue hijo político de la constituyente que dio origen a nuestra hermosa Carta inaplicable, donde quedó consignado que la Procuraduría tendría ese poder inmenso y difuso, pensado —otra ironía— para que los funcionarios públicos no se salgan de control. Fueron esas mismas buenas intenciones democráticas las que nos tienen hoy frente a esta especie de acto final, y la forma de la tragedia nos va perfecto porque no tiene moraleja, así como la vida real.

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