Gasolina, trago y gaseosa

Columna publicada el 21 de diciembre de 2013 en El Heraldo.

Justo antes de que empecemos a bebernos la prima de diciembre, como es la costumbre nacional, Santos sanciona una ley que impone altísimas multas, que pueden llegar hasta los 30 millones de pesos, a quienes conduzcan borrachos o bajo la influencia de alguna sustancia psicoactiva.

Para cumplir la norma, se cuenta con 8.000 policías en toda Colombia, y para la temporada de fiestas se instalarán casi 1.000 puestos de control con alcosensores y no habrá comparendos pedagógicos. A un día de ser sancionada la norma, ya hay 57 personas detenidas y multadas por conducir en estado de embriaguez.

A primera vista la medida parece excelente. Una persona puede tratar de transgredir la norma porque le es ajena a sus costumbres, porque no está de acuerdo con ella, no la entiende, no la conoce, y claro, porque sanciona el disfrute de un placer. Así que es de esperarse que al comienzo los conductores pongan resistencia, pero la esperanza del Gobierno es que las altísimas penas hagan que cualquiera lo piense dos veces antes de manejar borracho.

Sin embargo, el endurecimiento de las penas no es en sí lo que modifica la conducta. De acuerdo con la teoría de condicionamiento de Pavlov, cuando a alguien se le da un estímulo, positivo o negativo, por repetir un comportamiento, las conductas que responden a ese estímulo quedan instauradas en el individuo. El castigo o premio permanente y continuado hace que la costumbre se convierta un hábito, es decir, las personas introyectan la norma y empiezan a cumplirla de manera natural. Una vez aprendido el comportamiento el estímulo se puede dar en forma intermitente y el aprendizaje continuará fijo. La efectividad del modelo conductista no depende de qué tan placentero o agresivo sea el estímulo sino de la regularidad y constancia con que se presente.

Según la Policía, entre el 1 de enero y el 27 de julio de 2013, se registraron 1.084 accidentes que dejaron como consecuencia 253 muertos y 1.387 lesionados. A la semana, en promedio, mueren 8,2 personas por accidentes provocados por conductores ebrios, y eso que la Dirección de Tránsito de la Policía, fuente de las cifras, no cubre todo el país. Sin embargo, manejar borracho en Colombia sigue siendo un motivo de orgullo. “Hasta manejo mejor” o “mi carro me lleva a mi casa como si fuera un caballo” siguen siendo frases frecuentes y celebradas con el tintinear de un brindis en las reuniones sociales. También se celebra la viveza del soborno, que los mismos policías, mal pagados, y mal entrenados, presentan como salida cuando piden “para la gaseosa”.

Las sanciones anteriormente vigentes en Colombia por manejar en estado de embriaguez ya eran significativas y evidentemente no fueron efectivas para desestimular estos comportamientos, pues el altísimo índice de impunidad manda el mensaje de que si me pillan manejando borracho no va a pasar nada, porque al policía lo puedo sobornar. Es posible que las nuevas penas metan miedo, pero si no se aplican rigurosa y sistemáticamente, y si las personas no entienden ni aceptan las razones por las que manejar borracho está mal, no van a servir de nada.

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