Tomate, jitomate

Columna publicada el 22 de enero de 2014 en El Espectador.

Ante el sonoro levantamiento de grupos de autodefensas en Michoacán, varios medios, colombianos y mexicanos, han equiparado los procesos de ambos países con una analogía fácil que tiende a quedarse en lo nominal.

En entrevista a W Radio, Hipólito Mora, líder de uno de los grupos de autodefensas michoacanas, explica que se organizaron el año pasado “para combatir el crimen organizado, la extorsión, amenazas, violaciones y asesinatos”. “En Colombia el paramilitarismo se creó con una motivación similar y acabó cometiendo los mismos excesos de las personas a las que combatían”, comenta uno de los periodistas. Así puesto es hasta cierto, pero hay importantes diferencias entre ambos grupos que hay que mirar con cuidado antes de sacar esas conclusiones.

La primera es que cambia el enemigo. Los michoacanos dicen haberse unido en contra de la violencia del narcotráfico y el crimen organizado que operaban en la ausencia o bajo la tácita complicidad de miembros del Estado. En Colombia, tras la anulación del Estatuto de Seguridad (aplicación criolla de la Doctrina de Seguridad Nacional y claro antecedente de la Seguridad Democrática), que concedía facultades de policía judicial a las Fuerzas Militares, nuestros paramilitares dijeron haberse aliado para combatir a una guerrilla fortalecida por el negocio del narcotráfico e inaprehensible por el Estado. Los ‘paras’ suplieron algunas bárbaras funciones de control que antes otorgaba el estatuto a los uniformados. En su momento, nuestro gobierno parecía apoyar de manera implícita a los paracos, a quienes usó para dar una falsa sensación de seguridad y eficiencia estatal. Por otro lado, las autodefensas michoacanas nacen en una franca crítica a la ineptitud o permisividad del Estado con el narcotráfico y las bandas criminales.

Otra aparente diferencia tiene que ver con la financiación. Dice Hipólito Mora en la W que la principal actividad económica de Michoacán es el cultivo de limón y aguacate y que usan las armas que ya tenían. “Sin un peso, con dos escopetas, sin apoyo de los carteles”, dijo, generando cierta incredulidad en los oyentes colombianos que sabemos muy bien que un movimiento de autodefensa no puede financiarse sólo con limón y aguacate. Sin embargo, en otras entrevistas Mora habla de “donaciones” que muy probablemente vienen del apoyo de la burguesía. Nuestros paramilitares, o mejor, narcoparamilitares, comenzaron financiados con plata de terratenientes, pero acabaron alimentándose también del narcotráfico, que por eso no se perfiló como su enemigo abierto. Sin embargo, es importante anotar que el periódico Excélsior acaba de publicar que otro líder de autodefensas, el mexicano José Manuel Mireles, estuvo diez años preso por narcotráfico. Mireles desmintió públicamente estas acusaciones.

A diferencia de nuestros paramilitares, que estaban para cuidar las tierras e intereses de los terratenientes, de los ricos, los michoacanos “defienden a” y están apoyados de manera transversal por todas las clases sociales y no han caído en prácticas, como la vacuna, que desvirtuarían el siempre frágil discurso de la justicia social. Lo que sí es determinante en ambos casos es que las causas del conflicto se remontan a la ausencia del Estado, su complicidad tácita con fuerzas ilegales y una democracia inoperante. Sea como sea, es difícil defender que un grupo ilegal, armado y en combate sea una buena idea; es contradictorio usar un discurso de justicia social para justificar la violencia.

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