Ponte en mis chanclas

Columna publicada el 25 de enero de 2014 en El Heraldo.

Ponte en mis chanclas” le dice la protagonista de la telenovela Bazurto a otra bailarina, rica y blanca, que la mira atónita sin entender la palabra “chancla”. El primer fracaso evidente de la telenovela es el acento de los actores, que bajo capas de autobronceador (el sol verdadero es difícil de controlar) tratan de intercalar aquí y allá un ‘eche’, un ‘mi vale’, desatando exabruptos gramáticos que, si los entendieran, harían retorcerse en sus tumbas a los cachaquísimos Caro y Cuervo.

Dice la directora, Liliana Bocanegra, en El Universal, que “Lo ideal sería siempre tener actores de Cartagena y que vivan en Cartagena, pero es que eso es muy difícil para una producción, por eso uno tiene que recurrir al interior del país y, de manera muy respetuosa, tratar de acercarse a un acento como el costeño que no es fácil.” ¿Por qué? ¿Es que no hay actores costeños en Bogotá? ¿Es que a Caracol le sale muy caro mandar a su producción a hacer casting a Cartagena? Esa sería la manera respetuosa de tratar de acercarse a un acento como el costeño.

No es solo que los actores no puedan hacer un acento, eso es lo de menos, ser Caribe no es tener un acento. Lo que verdaderamente molesta de la novela, incluso más que su insípida trama, es la condescendencia con la que miran a los costeños, la cantidad de juicios implícitos en los que se equipara la Costa y la champeta con la barbarie, la ilegalidad, la pobreza, y el mal gusto. La protagonista, una chica de barrio enamorada de un español pudiente (como la mismísima India Catalina) trata de ‘mejorar’ sus costumbres en ‘academias de modales’ en donde su instructora le dice “Deja de decir palabras como bagre, bacano, champeta” como si estuvieran mal dichas, o fueran vulgares, o fueran parte de un oscuro dialecto al que los guionistas creen que también pertenece la palabra ‘chancla’. La condescendencia está en la manera fervorosa e inocente con que la chica habla de ‘el baile’ antes de hacer demostraciones que tienen que verse en cámara lenta para que imaginemos que la cadera, sin el efecto, se mueve suelta; o en planos cerrados para que no se note su espigada tiesura.

Precisamente porque ni producción ni guionistas hicieron la tarea, podemos ver con total candidez cuál es el imaginario que muchos en la capital aún tienen del Caribe, ese balneario de donde era el costeño de Dejémonos de vainas. Es lamentable que estos prejuicios sean aún más fuertes que décadas de convivencia de cachacos y costeños, codo a codo, en la capital. Si la intención de la novela, como dice su directora, era mostrar y apreciar el baile de la champeta habría sido bueno observarlo sin prejuicios y no como un baile de negros salvajes, de “lubricidad cínica” como se refirió al currulao, el también cachaco, José María Samper en su texto De Honda a Cartagena.

Esa mirada orientalista a toda la periferia, como si fuéramos Otros, la tribu de Avatar, rara y exótica que debe observarse desde un lugar seguro, divide al país y es lo que hace que muchas veces sea inmanejable. No se puede gobernar bien lo que no se conoce.

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