Los locos

Columna publicada el 29 de enero de 2014 en El Espectador.

Uno de los impactos sociales más contundentes e inesperados de ‘Lo que no tiene nombre’, de Piedad Bonnett, es que le pone nombre propio a un tema que fascina a la literatura pero que, con frecuencia, solo se discute desde el ámbito seguro de la ficción: la enfermedad mental.

Hablar de la locura desde la ficción es glamuroso, pero las enfermedades mentales, y más cuando afectan a personas cercanas, no suelen ser bonitas ni elegantes y no son motivo de alarde; más bien se mantienen atoradas en la garganta, en un doloroso silencio que llena de una injusta vergüenza a familiares y consultantes.

Aunque el caso de Daniel Segura es extremo, mi generación está llena de una extensa gama de lo que, a falta de un mejor término, llamaremos enfermos mentales y es más que una moda o una estrategia de marketing de las farmacéuticas  La depresión empezó a diagnosticarse masivamente después de la II Guerra Mundial, a mujeres que salieron a reemplazar a los hombres en las industrias y ahora se quedaban de nuevo con la única opción de ser amas de casa. Algunas pastillas se promocionaban sin pena con el slogan “How to do the dishes and like it” (Cómo lavar los platos y disfrutarlo). Después el mercado se amplió, los diagnósticos se diversificaron y otros casos empezaron a reconocerse. No podemos saber si los casos han aumentado o disminuido históricamente pues la psiquiatría es una especialización aún reciente y la ignorancia y el tabú hace que sean difíciles de diagnosticar.  Sin embargo, hay una evidente diferencia entre tristeza y depresión, entre alegría y manía y entre las depresiones y manías ocasionales y las crónicas.

La enfermedad mental muchas veces no se entiende como un problema físico porque tendemos a imaginar la mente como algo separado, inmaterial o metafísico, aun cuando la primera condición necesaria para su existencia es un cerebro; un cuerpo. La depresión se descarta como “falta de voluntad” o “ganas de llamar la atención” y la manía se celebra pues el capitalismo enseña que hay que producir mucho y producir felices.

La salud mental debe entenderse como una cuestión de salud pública. Si acaso llegan a ser tomadas en serio, solo las clases acomodadas pueden tratar sus enfermedades mentales. La locura no es para los pobres. Ni para los jóvenes que difícilmente acceden a redes, tratamientos y servicios de información o prevención. También hay que pensar que todas las condiciones mentales traen ventajas y desventajas, un episodio depresivo puede hacernos empáticos y realistas, la manía puede traer creatividad y resiliencia; pero solamente cuando están bien tratadas y encausadas. Todo lo que consideramos anormal o problemático esconde un potencial que solo puede explotarse desde la aceptación personal y social de la propia vulnerabilidad. No todos los casos necesitan medicación y la medicación sin terapia es poco efectiva. Pero todos los casos necesitan atenderse con seriedad y empatía y necesitan una discusión abierta, franca y sin juicios. Nos veríamos en la necesidad de desechar palabras como “enfermedad”, “normal” o “desorden” cuando nos demos cuenta de que los locos somos la mayoría.

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