El huevo

Columna publicada el 5 de febrero de 2014 en El Espectador.

Cuenta la revista Semana que desde un restaurante de corrientazos en el barrio Galerías, donde además se dictaban cursos de “hacking ético y defensa en profundidad”, operaba una central de interceptaciones del Ejército llamada “Andrómeda”, desde donde se espiaba a ONG de derechos humanos, a Piedad Córdoba e Iván Cepeda (los de siempre); y a fichas importantes del proceso de paz como Humberto de la Calle, Alejandro Éder y Sergio Jaramillo. Todo esto con una aparente intención de entorpecer el proceso de paz.

Santos, en su cultivado estilo eufemístico, dice que los enemigos de la paz son “las fuerzas oscuras”. Este es un término que con frecuencia alterna con el nebuloso “mano negra”, que también usó en 2011 (declarando que había una diestra y una siniestra) y en el que cabe de todo, desde quienes acaban de amenazar a Petro, a Iván Cepeda, hasta su más ferviente y reciente opositor, el expresidente Álvaro Uribe. Santos usó otros eufemismo como “están algunos pescando en río revuelto”, “este gobierno no tolera, no admite y no se beneficia de interceptaciones ilícitas”, “defendemos un Estado de derecho y no de opinión” que más parecen indirectas de exnovia en Twitter y que no se atreven a señalar directamente a su exjefe, un lujo que sí pudieron darse las Farc.

Es clarísimo que el expresidente Uribe tiene acceso a información privilegiada relacionada con el proceso de paz. Estuvo enterado de antemano del inicio de las conversaciones en La Habana, un dato que el fiel Pachito reveló por la misma época en que inició operaciones la central Andrómeda —como si estuvieran estrenando—. Divulgó unas fotos de los negociadores de las Farc paseando en un catamarán, información irrelevante que tenía la clara intención de causar incomodidad en el proceso de paz, y también divulgó las coordenadas del Meta a donde el Gobierno trasladaría a cabecillas de las Farc durante el cese de hostilidades.

Todos ejemplos de información privilegiada que no debería estar en manos de un civil vengativo y sediento de poder. A pesar de que muchos periodistas le han preguntado de manera frentera sobre el origen de esta información, Uribe no contesta y ocupa el tiempo al aire para hacer campaña descarada y rumiar su mareador discurso megalómano de amor a las fuerzas armadas.

Uno podría decir “blanco es, gallina lo pone”, pero nadie puede decir, sin exponerse a una demanda, que Uribe está detrás de las chuzadas. Este lenguaje, de “tal vez”, “puede ser”, “pareciera”, “todo indica”, es a lo que nos obliga la negligencia de la justicia colombiana, llena de absurdos lógicos como la posibilidad de que este incidente sea juzgado por la justicia penal militar, y que desde el asesinato de Gaitán no ha sido capaz de señalar y condenar a ninguno de los culpables de los grandes crímenes de este país.

Así es como nunca se supo a ciencia cierta quién fue el culpable de las chuzadas del DAS y probablemente tampoco sabremos quién ordenó estas nuevas interceptaciones. O mejor dicho, como todo en Colombia, no lo sabremos, pero nos lo podemos imaginar.

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