El modelo en crisis de La Modelo

Columna publicada el 08 de febrero de 2014 en El Heraldo.

Cualquier delito que hayan cometido, son seres humanos y requieren dignidad”, dijo la alcaldesa Elsa Noguera refiriéndose a los presos de La Modelo, en su reclamo a los ministerios de Justicia y de Interior y a la Unidad de Servicios Carcelarios y Penitenciarios para que hagan presencia en Barranquilla. Varias semanas después del incendio que dejó 16 muertos, las condiciones de la cárcel son exactamente las mismas. Inaudito.

Al parecer La Modelo está a cargo del Inpec y el Distrito no tiene forma de intervenir. Los reclusos son víctimas de los caminos kafkianos de la burocracia. “Estas son competencias del orden nacional y no podemos seguir aplazando una solución que por lo menos mitigue la situación difícil”, dijo la alcaldesa. Tiene razón en decir que el problema es nacional, pero, en este punto, ya no debería tratarse de apagar incendios sino de problematizar de manera más amplia todo el sistema penitenciario.

Después de un escándalo como el de Tolemaida y una tragedia como la de la cárcel Modelo, sin contar los bien conocidos problemas de hacinamiento en cárceles como el Buen Pastor en Bogotá o de estragos legendarios como los de La Catedral, debería ser evidente que el sistema penitenciario en Colombia no logra su objetivo básico: el castigo, neutralizar las actividades de los delincuentes y sacarlos de las calles. En cambio funciona como un potencializador del crimen fallando estruendosamente en su segundo objetivo, la rehabilitación. Lo peor, es que la cárcel no es para los grandes, grandísimos delincuentes que tiene el país, que con suerte tendrán casa por cárcel, es para aquellos que no están en la rosca criminal, es para los que no pudieron pagar un abogado, que entran a los centros penitenciarios a iniciar una carrera como criminales profesionales

Aunque todo esto lo sabemos, la ineficiencia y deficiencia de las cárceles rara vez es un problema que se discute de manera racional. Por más argumentos costo-beneficio que se den, la sociedad suele mostrarse sedienta de castigo y venganza sin importar las consecuencias a largo plazo. La sociedad necesita convictos para que obren como chivos expiatorios, para desentenderse del problema social más complejo en donde se gestan los criminales, y que nos involucra a todos.

Dijo Dostoievski que “el grado de civilización de una sociedad se mide por el trato a sus presos”. Una sociedad que cree que sus presos son maldad pura e inexplicable, que una vez capturados los puede esconder bajo la alfombra, que los deja morir en condiciones que violan de mil formas los derechos humanos y que no es capaz de considerar otras formas de penalización y resocialización diferentes al arcaico modelo vigilantista, es una sociedad que no se hace responsable de sus criminales. Una sociedad que no es capaz de mirarse a sí misma queda cobardemente satisfecha con el castigo de los síntomas, multiplicando así todos sus problemas sociales.

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