Manoseadores

Columna publicada el 15 de febrero de 2014 en El Heraldo.

Dice la revista Semana que “el acoso a mujeres en el transporte masivo Trasmilenio se está saliendo de control”, como si antes, de alguna mórbida manera, hubiese estado controlado. Esto a partir de la denuncia que hizo una mujer víctima de abuso sexual en uno de los buses. “Nadie me quiso ayudar, la gente solo veía lo que pasaba y no hacía nada”. La mujer, Diana Gamboa, cuenta que aunque dio aviso, el conductor siguió la ruta con toda normalidad. Fue Gamboa la que tuvo que llevar a su agresor, Juan Carlos Espitia, arrastrándolo por la camisa, todo para que la policía lo liberara al rato de poner la denuncia.

Con el tema en la agenda se descubrió un blog de “Manoseadores en Trasmilenio” que contaba historias de froteurismo e invitaba a los lectores a publicar las suyas. El blog discutía las mejores técnicas para el acoso en el transporte público y, a pesar de que su última publicación era de 2010, deja claro que el acoso es una práctica común, tan común que tiene una comunidad.

Por otro lado, la reacción de la fuerza pública, operarios de Transmilenio y ciudadanos ante el ataque a Diana Gamboa fue de una preocupante indiferencia que también muestra que es un tipo de acoso tan común que ha sido naturalizado al punto que se entiende como un mal menor al que se enfrentan las mujeres al usar el transporte público.

Pues no es un mal menor. Y no es un problema de Trasmilenio. El transporte público en Colombia es un escenario hostil para las mujeres. Lo del ‘club de manoseadores’ no es una novedad, son pocas las mujeres que no han tenido que enfrentar una situación violenta y desagradable en el trasporte público por el solo hecho de ser mujeres. Salimos a trabajar, pero aún no podemos salir tranquilas de la casa.

No es una cosa de los buses. Es el taxista que nos ‘miamorea’ y nos mira las piernas y nos pregunta si tenemos novio cuando nos lleva en la carrera. Es la mirada lasciva y el grito soez cuando una mujer camina frente a cualquier lugar en el que estén concentrados muchos hombres. Todas lo hemos sentido, y pasamos con la mirada fija al frente o nos cambiamos de acera.

Porque no, eso no es halagador. Son piropos, galanterías, eso nos dicen. Pero son cosas muy diferentes. Un piropo no tendría que hacernos sentir examinadas, violentadas o usadas. Eso no es galantería, es asumir que el cuerpo de las mujeres es propiedad pública, que está ahí para morbosearlo, atacarlo, como una presa.

Las soluciones posibles van desde endurecer las penas y someter a tratamiento psiquiátrico a los froteuristas hasta hacer buses especiales (¡rosados!) para llevar a las mujeres. Sin embargo, ni es un problema de endurecer las penas (¿que importa que las penas sean grandes si los casos quedan impunes?) o de separar a las mujeres de la vista y el alcance de los hombres para que estén a salvo, como si fueran perros rabiosos y nuestra sola existencia los tentara al ataque.

Es ofensivo y ridículo que estas políticas se orienten a “enseñar a cuidarse” y “proteger” a las mujeres, en vez de enseñar a los hombres a no ser potenciales agresores.

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