Se le tiene

Columna publicada el 26 de febrero de 2014 en El Espectador.

Votar por Congreso es confuso y aburrido. Si acaso llega a ser ridículo cuando uno se encuentra con candidatos como ese de los verdes que para ilustrar la transparencia nos muestra su bronceado boyaco, o el que afirma con inusitada certeza quiromántica que Falcao sí irá al Mundial.

Nos reímos, sí, pero igual no recordamos sus nombres, y serán irrelevantes a la hora de votar. En aras de la mediocridad moralmente virtuosa, muchos se decantan por el voto en blanco que los hace parecer indignados y a la vez les ahorra el trabajo de revisar los programas de los candidatos.

Es mucho más fácil votar por presidente. Los candidatos con posibilidades se pueden contar con los dedos de la mano y la sobreexposición mediática nos garantiza tener, cómo mínimo, algo de simpatía por cualquiera; incluso en elecciones presidenciales tan desabridas como ésta, cuyo espectro de posibilidades es más triste que el de un corrientazo de $5.000. Sin embargo, lo que sea que vaya a hacer un presidente será facilitado u obstruido por el Congreso. Gran parte de las decisiones sobre nuestros derechos y las leyes que afectan la vida diaria son tomadas por una recua desconocida de corbatas que llegaron ahí repartiendo tamales o aprovechando que muchos colombianos no pudieron o no quisieron decidir por quién votar.

Y si votar por Congreso en general es importante, este año en particular es crucial. Este es el Congreso que podría legislar la paz y materializar los acuerdos a los que se puede llegar en La Habana. Hay más razones, pero con esta es suficiente.

Ahora bien, que sea importante no resuelve el problema inicial: el desfile mareador de candidatos es el Chatroulette de nuestras pesadillas. Para ayudar a decidir está el excelente aplicativo de La Silla Vacía que permite cruzar las variables de género, departamento, sector y otras sobre las posturas ideológicas de los candidatos. En mi caso, las opciones son pocas, aunque afortunadamente muy buenas. Según La Silla, sólo hay siete candidatos a favor de una liberalización del aborto, de la despenalización de la drogas, del matrimonio y la adopción igualitaria y del proceso de paz que no tengan investigaciones penales, ni sean herederos de votos, que no estén investigados o condenados: la activista feminista Elizabeth Castillo, el filósofo y académico Rodolfo Arango, la periodista Claudia López, el defensor de derechos humanos Iván Cepeda y el joven y creativo Juan Pablo Salazar. También están Néstor Daniel García, que para mí es desconocido y se quemó en Cámara en 2010, y la veterana actriz Consuelo Moure.

Entre estos siete, yo tengo tres claros favoritos: Rodolfo Arango, Claudia López y Elizabeth Castillo. Los tres son nuevos en la política, pero viejos en la vida pública nacional: son ciudadanos comprometidos que desde el activismo, la academia y el periodismo han dado debates importantes, valientes e inteligentes para el país.

Sí hay candidatos. Y estos en particular necesitan nuestro voto porque no cuentan con las hediondas maquinarias políticas que llenan al Congreso de una fauna variopinta, mediocre argumentativamente, mañosa, y polarizada.

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