La puntica

Columna publicada el 01 de marzo de 2014 en El Heraldo.

Para muchos, el Carnaval de Barranquilla sucede durante cuatro días. Es un espectáculo folclórico y majestuoso, una fiesta desmedida, que se entiende como una licencia extravagante de la realidad. Eso, que en apariencia dura cuatro días, tiene un tras bambalinas que dura todo el año y que permea de manera transversal todos los ámbitos de la identidad de los barranquilleros y de la ciudad. Por eso hacer parte de una comparsa año tras año es más que salir en un desfile. Es pertenecer a una comunidad que tiene una serie de valores, que a la vez implican tener una postura ante la vida. Todo compromiso a largo plazo deja una marca, y para quienes nos tomamos en serio el Carnaval, no hay fiesta más comprometida.

El Carnaval implica una tensión entre dos fuerzas: la locura inherente a la entrega dionisíaca de la fiesta, y una planeación cuidadosa, ensayos, manufacturas, toda una compleja puesta en escena; el detrás de cámaras de el espectáculo que es el Carnaval de Barranquilla. Hay una tensión entre el arrebato y lo premeditado. Vamos a “portarnos mal”, pero hay toda una planeación necesaria para “portarnos mal” bien. Esta tensión se extiende a lo simbólico. El carnaval es, por un lado, una transgresión de lo esperado, y por el otro, una conservación del folklore y las tradiciones, un vaivén entre lo viejo y lo nuevo.

Hija de esa tensión es mi comparsa, La Puntica No Má’, que nació como una disidencia de Disfrázate Como Quieras, que era, a su vez, una disidencia de las comparsas tradicionales y coreografiadas del carnaval. Cuenta Daniel Angulo, uno de sus fundadores, que la fuerza propulsora de La Puntica es una pasión por el disfraz, no como la búsqueda de ser otro, sino en plena conciencia de que la máscara descubre. Así, la Puntica No Má’, es un performance colectivo en el que no hay disfraces sino personajes, que ensaya a difuminar la supuesta brecha entre ser y parecer.

En esta Batalla de Flores La Puntica No Má’ cumple quince años. Una comparsa obsesionada con lo nuevo y lo transgresor está a punto de volverse una tradición. Eso nos balancea en el delicado filo de esa tensión que da su origen al Carnaval, ese borde del que quiere pero no quiere la cosa; “la puntica no más”. Para muchos de nosotros se ha convertido en un espacio en el que podemos soñar, experimentar con formas y colores, un meque para la imaginación. También es una manera de pensar el Carnaval como una conversación entre lo viejo y lo nuevo, mirar la tradición desde lo posmoderno, ver el pasado con el filtro del mañana en una constante búsqueda de la vanguardia. Por eso nos llamamos La Puntica.

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