La vorágine

Columna publicada el 12 de marzo de 2014 en El Espectador.

El fin de semana pasado los tierrabomberos se negaron a votar. La víspera de las elecciones hicieron un sancocho comunal y bailaron champeta para impedir el ingreso de las lanchas con autoridades y tarjetones, que acabaron la protesta fiesta a las cuatro de la mañana, con el Esmad. Los tierrabomberos se resistieron y las ocho mesas que entregarían 2.000 tarjetones nunca fueron armadas. Los manifestantes montaron guardia y todo el pueblo hizo un conteo regresivo hacia la hora cero, el cierre de las urnas. Después le dieron la mano a los policías, como si hubiera ganado un duelo.

En Tierrabomba no votaron porque el distrito no cumple sus compromisos mínimos: instalar nueve espolones para la protección costera e invertir en servicios de agua y alcantarillado. La abstención también fue masiva en Buenaventura, aunque fuera una ausencia silenciosa, con el mutismo de gente que vive en la zozobra. Allá sí llegó el presidente candidato a hablar de $800.000 millones de inversión, pero con 5.000 desplazados y 54 homicidios en lo que va del año, las promesas de Santos parecen las cuentas de la lechera.

Descreídos, asustados y cansados, los bonaverenses salieron a quejarse, cerraron sus negocios y se pararon frente las puertas de sus negocios, frenaron el transporte público, cancelaron las clases. En Buenaventura las vacunas son para todos, es mejor negocio no tener un negocio. Cerca al puerto se encontraron seis “casas de pique” o centros de descuartizamiento, una práctica popular que aterroriza a todo el pueblo y hace que todos se encierren por las noches y naveguen la ciudad dentro de sus “fronteras invisibles”, invisibles sólo para un gobierno que no mira hacia sus bordes.

No votar, en el caso de ambos, fue una forma máxima de expresar un descontento con políticos que lloran por los votos pero no los representan. Con su salida a las calles aparecieron en la agenda de la prensa nacional, que suele ser igual de centralista que el Gobierno. Lo triste es que la ausencia de estos votos no hizo diferencia. En Bolívar, como en el Valle del Cauca, se eligió más de lo mismo. Por ejemplo, repitió el senador bonaverense Édinson Delgado, que claramente no hizo nada en el período pasado por el puerto de Buenaventura.

Los problemas de los tierrabomberos y los bonaverenses difieren en escala de violencia, pero ambos tienen como origen el abandono del Gobierno, de este y del anterior, y así sucesivamente. En Colombia, desde siempre, el centro descuida sus fronteras para después acusarlas de salvajes e impenetrables. No las observa, no las visita, y después las llama incomprensibles e inmanejables. Por eso no llegan ni justicia, ni educación, ni infraestructura. Sólo llega el Estado en su avatar de ejército, vestido de camuflado, lo único que parece apropiado para enfrentarse a lo que se ve como una vorágine insondable.

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