La loba herida

Columna publicada el 29 de marzo de 2014 en El Heraldo.

En 1992 se estrenó el dramonón venezolano La loba herida, que contaba la historia de una bella mujer que, en medio de una Venezuela revolucionaria, trataba de sortear todo tipo de desgracias, en su mayoría provocadas por Eva, su acaudalada archienemiga. Ese mismo año ganó el premio TP de oro a Mejor Telenovela y sus ratings fueron altísimos en toda Latinoamérica.

El melodrama es una fórmula probada para cautivar audiencias y eso lo saben los políticos. Así que aullando llegó Petro a la Plaza de la Paz, y la llenó. Dijo que Santos era peor que Poncio Pilatos, una exageración en cuyo universo megalomaníaco Petro vendría siendo como Jesús. Dijo que quería “desatar a la ciudadanía caribeña” para que lo defendiera de esa “traición” orquestada por el presidente para favorecer al plan malvado del procurador.
Sí. Lo que le hicieron a Petro fue injusto. Sí fue la derecha confabulada. Sí, es cierto que Santos es un vendido y que Ordóñez es un loco lefebvrista con poder desbocado. Sí, Petro tenía buenas ideas y no las alcanzó a terminar.

Pero también es cierto que esas ideas estaban mal ejecutadas y que Petro fue descuidado aún sabiendo cuántos le respiraban en la nuca. Y es cierto que le habla a la gente con demagogia populista, para convencerlos de la peor idea de todas: una asamblea constituyente nacida de la venganza y la rabia. Petro está tan ardido que le dejó de importar el país.

Colombia tuvo siete cartas políticas antes de la Constitución de 1991, que fue un ejercicio de reconciliación de los sectores más diversos del país; progresista, inclusiva, y realmente parece un intento por proteger los derechos de todos. Es una locura decir que para vengar a Petro y quitarle poderes al procurador se debe hacer una nueva Constitución, que en esta coyuntura fácilmente puede terminar siendo escrita a cuatro manos por el uribismo y las Farc. El peor de los escenarios.

Petro no le dijo a la plaza que su voto como senador fue definitivo para que Ordóñez llegara al poder, un voto que ha podido ser ideológico a favor de una causa personal, pero que regaló por quién sabe qué cálculos políticos. Eso no está muy lejos de lo que acaba de hacer Santos, que, entre otras cosas, nunca se ha caracterizado por ser fiel; todos sabemos que el presidente-candidato no tiene remilgos en morder la mano que le dio de comer. Los personajes de este drama distan de ser buenos o malos, como en las novelas. En el reality show de la política colombiana, todos juegan al “sálvese quien pueda” y están dispuestos a tirar el país por la borda con tal de mantener a la masa pegada a los largos discursos que hacen sobre sí mismos y lamerse las heridas con el bálsamo de su atención.

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