Rayar es un derecho

Artículo publicado el 31 de marzo de 2014 en la Revista VICE.

“El rey ha muerto, qué viva el rey”, dijeron los policías de la ciudad de Bogotá cuandoempezaron a borrar los grafitis de la 26 con la silla vacía de Petro aún caliente. Nuestros policías son, en su mayoría, arbitrarios, clasistas y su conocimiento del código de policía es en el mejor de los casos improvisado: prohíben al azar la toma de fotos y video en el espacio público, no tienen ni idea si la dosis personal es legal o no, y les parece que Justin Bieber sí puede hacer un grafiti, pero que cualquier joven bogotano no. Para nadie es un secreto que a los policías bogotanos no les gustan los grafiteros, el botón para la muestra es Diego Felipe Becerra, muerto a manos de un policía, por la espalda, por cometer el delito capital de rayar una pared.

Con este rabo de paja decidieron los policías pintar la 26 con una especie de grafiti autoritario: una greda gris que cubrió a todos los demás, sin importar que fueran rayones, opiniones políticas o esmeradas ilustraciones que iluminaban una de las arterias más hostiles de la ciudad. Sin que se supiera quién dio la orden expresa -con la policía estas cosas nunca se saben a ciencia cierta- el general Rodolfo Palomino justificó la decisión diciendo que “Entornos limpios son entornos seguros” una campaña que, según él, inicia en Bogotá y de paso invitó a unirse a toda la ciudadanía.

Palomino habla de la anticuada “teoría de los vidrios rotos”. Esta teoría publicada en 1982 por los criminólogos George Kelling y James Q. Wilson dice que la gente es más propensa cometer crímenes en barrios que parecen descuidados y sin vigilancia. La base de su argumento es que la percepción afecta la realidad “una ventana rota es señal de que a nadie le importa, y por lo tanto romper otras ventanas no importa tampoco”. Así que Kelling y Wilson recomendaron que para bajar los asesinatos y asaltos había que empezar por reparar las ventanas. También recomendaron que la policía fuera especialmente estricta con delitos menores e incluso comportamientos que no son técnicamente ilegales. Con esta teoría llegó Rudy Giuliani a la alcaldía de Nueva York y hoy vive de explicársela a otros alcaldes en carísimas consultorías, al mejor estilo de los sastres del emperador.

Por otro lado, la teoría de los vidrios rotos aplicada a Bogotá es una ingenuidad. La gente comete crímenes por un sinnúmero de factores entre los que podrían contarse las ventanas rotas, pero nunca antes que la desigualdad social o la ineficiencia de la policía, que deja altísimos índices de impunidad. Los académicos Bernard Harcout de la Universidad de Chicago y Jens Ludwig de Georgetown señalan que si bien la teoría de los vidrios rotos es interesante, nunca hubo datos suficientes para sostener que fuera una causa y no una casualidad. Si quieren que mejore la seguridad en Bogotá, en vez de estar afeando el espacio público, los policías deberían ocuparse de hacer su trabajo y atrapar a los sicarios, apartamenteros y atracadores de la ciudad.

A todas estas, una ventana rota no es lo mismo que un grafiti. Una ventana rota puede ser síntoma (no causa) de pobreza y/o descuido. Un grafiti, en cambio, puede ser síntoma de poca vigilancia, pero ante todo es el testimonio de que alguien se detuvo frente a esa pared e imagino que podía ser algo más.

Por eso, otra pregunta: ¿no será que de hecho el grafiti mejora la percepción de la ciudad? No creo que nadie se sienta más seguro con las inmundas paredes grises de los policías, pero a uno sí le alegraba el día ver el mundialmente reconocido ingenio y virtuosismo de los grafiteros bogotanos, leer por ahí algo que nos recordara a Jaime Garzón, o simplemente sentir, en la constante transformación de las paredes, cómo Bogotá está viva y habitada por jóvenes a quienes les interesa apropiarse de la ciudad.

Ante la controversia, Rafael Pardo, el alcalde no-electo, le pidió a los policías que se detuvieran y agregó  que quiere que  “podamos definir en dónde sí y en dónde no se puede pintar, para que no esté toda la ciudad llena de grafitis”. El ministro de Trabajo habló de una “brigada contra los grafitis” (O.o) y aclaró que “no fueron los grafiteros organizados los que pintaron en lugares prohibidos”.

Esto solo evidencia que los servidores públicos no tienen ni idea de lo que es el grafiti. Si lo supieran, ni siquiera hablarían de lugares permitidos y no permitidos, ni darían a entender que hay grafiteros correctos (los organizados) e incorrectos (los que pintan en lugares “prohibidos”). Si bien es loable el esfuerzo que haga una administración por darle paredes libres a los grafiteros para que ilustren la ciudad, eso no es propiamente grafiti, es mural. El grafiti es transgresor por definición, existe en una tensión entre el derecho a la propiedad privada y el derecho a la libertad de expresión, es un recuerdo de que aún hay disenso y rebeldía en una sociedad híper vigilada e híper controlada.

Por eso, todas las ingenuas leyes que prohíben el grafiti en realidad lo alientan, le suman una razón política a su razón estética de ser. Delimitar los lugares en donde sí puede haber grafiti y en donde no, es apuntar a una idea descafeinada de la democracia, uniforme, donde no hay fricciones. Nos enseñaron a sobrevalorar el consenso porque es la forma más sofisticada de censura: mejor todos si somos mansitos, sí señor, sí patrón, no sea que los vayamos a incomodar.

El espacio público es el espacio idóneo para expresarse de manera pacífica, y esa expresión hace eco de la diversidad inherente a la ciudad, y de las tensiones que presenta esa diversidad. El grafiti es diverso en sí mismo. Sus motivaciones son muchas: creación artística, imitación, protesta política, rabia, aburrimiento o marcas de territorio. El grafiti también le da una marcada identidad a la ciudad y replantea el paisaje urbano. Basta ver cuentas de Instagram como la de Bogotart, que recopila arte urbano de la capital, para ver como el grafiti le inyectó color y carácter a una otrora insípida y gris Bogotá.

Muchos grafitis tienen un innegable valor artístico que los hace patrimonio colectivo de la ciudad. Un caso emblemático es el del grafitero devenido artista y semidios, Bansky, cuyas obras en las paredes de Londres son preservadas como arte público. De hecho, pueden incluso aumentar el valor de una propiedad. Uno podría pensar en muchas de las obras de artistas locales como Toxicómano y decir que la pared puede ser privada, pero lo que está pintado sobre ella es patrimonio cultural de la ciudad.

Me dirán entonces que no todos los grafitis son bonitos. No lo son. Pero no se trata acá de ser árbitros de estilo, muchos de esos tags que nos parecen feos significan algo al interior de un grupo o son la evidencia de que un joven grafitero ensaya, inicia su proceso para llegar a una identidad gráfica con la cual rayar la ciudad.

Por otro lado están los grafitis que son comentario político y aquí la cosa cambia pues están protegidos por el derecho internacional, que en Colombia nos importa un carajo, pero no sobra mencionarlo. Las expresiones artísticas en política son discursos especialmente protegidos tanto a nivel interamericano como internacional, como lo muestra una extensa jurisprudencia de la Corte interamericana de Derechos Humanos, y la Corte Europea de Derechos Humanos y el tema ha sido tocado varias veces en las declaraciones de las relatorías especiales de libertad de expresión tanto de la ONU, como de la OCD y el Sistema interamericano. El artículo 13 de la Convención interamericana de derechos humanos dice que tenemos derecho a buscar, recibir e impartir ideas, información y opiniones sin importar el medio de comunicación, y sin fronteras, es decir, se valen las paredes. Además, hay unos tipos de discurso especialmente protegidos por la libertad de expresión entre los que se cuentan el derecho a la expresión artística o simbólica, el discurso que expresa elementos esenciales de identidad o dignidad personales y el discurso político y sobre asuntos de interés público en sus distintas facetas. Aunque el grafiti no está expresamente protegido, sí está protegido el discurso político, identitario y estético que representa.

Es hora de dejar de ver el grafiti como un acto delictivo. El grafiti es un acto en el que se están ejerciendo derechos legítimos de libertad de expresión, es un espacio de participación política y de creación de identidad. En las paredes está escrito lo que en los fabricados discursos de la democracia electoral no se puede ni mencionar. Es demasiado delicado y valioso como para que los policías o cualquier alcalde decidan sin preguntarnos. El ejercicio de la libertad de expresión tiene una dimensión social y hay que ponderar que el daño a la propiedad privada que hace el grafiti es menor a su beneficio social: el grafiti mantiene viva la libertad de expresión y genera un sentido de comunidad.

Escribir en el paisaje urbano es dialogar con Bogotá. La famélica democracia colombiana existe en la tranquilidad y certeza de saber que no importa cuántas veces se censuren las paredes, los grafiteros volverán a rayar la ciudad.

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