El honor cáustico

Columna publicada el 2 de abril de 2014 en El Espectador.

Es evidente que todos condenamos de manera tajante los ataques de ácido contra mujeres. Más que decir “qué malvados” y “pobrecitas”, o salir con bobadas como exaltar la belleza interior, uno tendría que preguntarse desde cuándo se dan estos ataques en el país y si es verdad que cada vez se hacen más comunes. Sobre todo preguntarse, de entre todas las agresiones posibles, ¿por qué el ácido?

En países como Pakistán, el promedio reportado son 150 ataques con ácido al año. El crimen resulta fácil pues un tipo de ácido usado en la industria del algodón y otro muy popular para el aseo son baratos y de fácil acceso. En Colombia, el ácido muriático es muy usado para quehaceres domésticos; ¿se debería llevar un control más estricto de su venta? Tal vez algunos de los ataques que en los medios se reportan como perpetrados con ácido se hacen con soda cáustica, que es más barata pero igual de efectiva. ¿Importa? Sí, en la medida en que se ha probado que la frecuencia de estos ataques es más alta en países donde coinciden el machismo estructural con la facilidad de conseguir ácido: India, Nepal, Bangladesh, Camboya, Perú y, sí, Colombia. El crimen era muy popular en el Reino Unido en 1740, cuando el ácido sulfúrico tenía altísima disponibilidad. Una vez restringido el acceso, el crimen disminuyó. Aun así, hay que notar que en el Reino Unido los casos han aumentado en los años recientes (entre 2011 y 2012 se registraron 105 casos de atención hospitalaria por “ataques con sustancias corrosivas”), probablemente por la popularidad mediática que ha adquirido este tipo de ataque.

Otras preguntas de rigor tienen que ver con los índices de impunidad y con la efectividad de la policía cuando se trata de proteger mujeres que han denunciado que se sienten acosadas o que han sido agredidas. En Colombia, rara vez se las toma en serio.

Además de las razones pragmáticas, están las simbólicas. La desfiguración de las víctimas viene acompañada de ostracismo, depresión, estigma social. Aquí, la sociedad que en principio las defiende, hará eco de la agresión del criminal con un poco de discriminación. El atacante no quiere matar a su víctima, quiere desfigurarla, dejarla en una situación de “muerte en vida”. Aunque hay hombres que han sufrido estos ataques, es claro que las principales víctimas son las mujeres y que hay una innegable marco de violencia de género. En estos casos, los agresores atacan la apariencia de las víctimas porque para ellos las mujeres se reducen a su apariencia. “Ella no quiso salir conmigo”, “ella me fue infiel”, la trivialidad de las razones es espeluznante, pero es llamativo que los atacantes busquen justificar sus crímenes como una defensa de su “honor”. Ese honor, el de los machos, que se sostiene sobre la apariencia de las mujeres.

El honor de los machos es un honor muy frágil. Y pendejo. Por eso tiene consecuencias tan violentas. Que las mujeres seamos consideradas (así muchas veces sea sólo en el papel) seres humanos con derechos trajo nuevas condiciones sociales, laborales, políticas y económicas a las que muchos hombres reaccionan con violencia, negándose a adaptarse y aferrándose a un modelo anticuado de masculinidad. Incluso campañas bienintencionadas contra el maltrato a la mujer dicen cosas como “un hombre de verdad no les pega a las mujeres”, cuando parte del problema es que todavía se piensen cosas como que hay “hombres de verdad”, una idea de suyo violenta si se piensa que quienes no son “hombres de verdad” son los niños, las mujeres y los homosexuales. Tal vez sería menos violento que los hombres se pensaran como personas, así no se opondrían ontológicamente a nadie y el código machista no tendría sentido. Ser hombre no tendría que ser tan cruel y abrasivo.

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