Los bárbaros

Columna publicada el 9 de abril de 2014 en El Espectador.

Acaban de conocerse cuatro casos de bebés indígenas de la comunidad embera chamí que murieron por infecciones ocasionadas por la práctica de la ablación.

Se dice que la práctica comenzó con la llegada de los españoles: para que las indias no se fueran con los europeos, las parteras les cortaban o quemaban el clítoris a las bebés y así supuestamente aseguraban su futura fidelidad. Algunos indígenas creen que la mutilación limpia un pecado con el que nacen las mujeres, el cual “no limpia ningún bautizo”, o que si no se corta el clítoris crecerá como un pene. Además hay una razón cosmogónica: un jaibaná le explicó a El País de Cali que “el dios Karabi tiene el mundo en sus manos y si la mujer realiza un movimiento durante el sexo, el mundo se mueve y se le puede caer”.

Vivir en la sociedad contemporánea es precipitar constantemente el choque y debate entre culturas. Podría decirse que una práctica cultural peligrosa no puede estar por encima del régimen de los derechos humanos. Sin embargo, al hacerlo se olvida que esos derechos también son una construcción simbólica, un acuerdo cultural. Mejor dicho, son el acuerdo cultural en el que Occidente ha hecho coincidir los principios que regulan a un segmento importante de la humanidad. ¿Qué hacer con los conflictos que provocan la idea del respeto intercultural frente a las demandas de los acuerdos legislativos —pues hablamos de derechos— que sobre la humanidad ha consolidado la hegemonía occidental?

En toda Latinoamérica hay una corriente ilustrada de “pachamamismo light“ que asume que ser indígena implica ser sabio y que estas comunidades viven en equilibrio perfecto, libres de todo mal, como soñadas por Rousseau. Es cierto que, desde la Conquista, las comunidades indígenas han soportado todo tipo de atrocidades, que van desde la exclusión y discriminación hasta el genocidio, pero eso no quiere decir que haya que asumir un conservacionismo ingenuo. Respetar a los indígenas también es tomar una postura crítica frente a sus costumbres; al fin y al cabo, entenderlos como humanos es entenderlos falibles.

La Corte Constitucional ha dicho (sentencia T-001/12) que el derecho a la vida y la prohibición de la tortura y los tratos crueles y degradantes están por encima del derecho a la diversidad étnica y cultural. A pesar de esto, y a pesar del dedicado trabajo del programa Embera Wera, que llevó a los indígenas a comprometerse públicamente en el año 2010 a acabar con la práctica de la ablación, los casos documentados van en aumento: 12 en 2012, 19 en 2013 y 11 en lo que va de 2014, entre los que se cuentan cuatro niñas muertas. ¿Hay responsables de estas muertes, investigados o procesados por la justicia ordinaria o la jurisdicción indígena? ¿O simplemente aplica la impunidad que se extiende a todas las prácticas culturales que devienen en delitos de violencia contra la infancia y las mujeres?

Mientras desde afuera se condena esta práctica como una forma de “barbarie”, otras formas de violencia contra niños y mujeres persisten, naturalizadas también por la cultura occidental. Demasiadas tradiciones de todo tipo de culturas atentan contra las formas más básicas de los derechos humanos (y del sentido común), pero permanecen invisibilizadas e impunes por la defensa de “la tradición” o “lo cultural”. El drama de las mujeres y niñas emberas no es exótico, es un espejo de nuestra propia barbaridad.

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