Demoler, demoler

Columna publicada el 12 de abril de 2014 en El Heraldo.

Ayer en la mañana el presidente Santos se hizo presente en Bogotá para ver en vivo como se ejecutaba una de las ideas más ridículas que ha tenido su gobierno: demoler las casas que funcionan como expendios de sustancias psicoactivas ilegales. Lo mismo se hizo en otras ciudades, incluida Barranquilla, que tuvo un operativo en la Ciudadela 20 de Julio, donde se tumbó una casa que además servía como “refugio de delincuentes”.

No hay que ser un genio para ver que esta estrategia, en la que se gastan nuestros impuestos, es absolutamente ineficaz. Demoler ollas no reduce de ninguna manera el incentivo del microtráfico. ¿Qué cree el presidente? ¿Que los jíbaros van a desistir al ver los escombros del edificio? Destruir los espacios en donde ocurre el microtráfico hoy no acaba ni con la demanda ni con la oferta, simplemente obliga a los traficantes a mudarse, como ocurrió con El Cartucho en Bogotá. El espacio de trabajo es apenas una contingencia. Hoy en día la droga se vende por Whatsapp. Por otro lado, al desmontar un centro de tráfico, el mercado se dispersa, cubriendo más territorio y llegando a lugares donde no había llegado jamás. Es alarmante que el Gobierno y la Policía, no lo sepan, que no sepan que el negocio ha cambiado y que las redes de microtráfico cada día se sofistican más.

Ah, pero tal vez si lo saben. ¡Si lo sabemos todos! Muchas ollas no funcionan sin la complicidad de la Policía local, que sabe muy bien dónde está ubicadas la mayoría. ¿Por qué no habían desmantelado antes las ollas que hoy van a demoler? Si de eso se trata habría que demoler varios CAI, que trabajan en llave y/o se hacen los de la vista gorda con los expendios de drogas. Cualquier transeúnte habrá visto al CAI del parque de Bolívar, en Medellín, envuelto en una nube de humo de marihuana.

También es curioso cómo se da el salto de la judicialización y el allanamiento a la extinción de dominio. ¿Qué papel juegan en estas demoliciones las alcaldías locales y las curadurías urbanas? ¿Se cuenta con esos permisos?
Ver al Gobierno y a la Policía ejecutando una estrategia tan ingenua borra toda esperanza de que vayan a acabarse las redes de microtráfico. ¿Por qué si el presidente supuestamente lidera la iniciativa del debate sobre la guerra contra las drogas se ufana de esto? ¿Acaso la esquizofrenia es su estrategia de campaña? ¿Se está haciendo algo para quitarle incentivos al microtráfico? Por ejemplo, sería más efectivo adelantar programas que le dieran educación y otras opciones laborales a la población susceptible a convertirse en microtraficante o promover la opción del autocultivo.

¿Qué tal si en vez de demoler las casas se usarán para crear bienestar social en la comunidad o como centros de atención a consumidores orientados a la reducción del daño? ¿Por qué no se invierte lo que se incauta en el Plan Nacional de Reducción de consumo? Porque un gobierno que se enorgullece de atacar fachadas claramente no sabe nada de construcción.

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