Primer amor

Columna publicada el 19 de abril de 2014 en El Heraldo.

Nací en 1982, el año en que Gabriel García Márquez ganó el Premio Nobel de Literatura. Mi mamá guarda el recorte de la noticia pegado en mi álbum de bebé. Para ella significó que mi generación nacería creyendo que una cosa como El Premio Nobel, se podía ganar. No solo eso, que un caribeño hambriento podía ser el mejor en una profesión que, en Colombia, parecía reservada para los dandys o para los solemnes cachacos de las montañas y la capital.

Crecí dando por sentado que García Márquez era bueno pues lo decían todos a mi alrededor y yo lo repetía desde muy pequeña para hacerme la sabionda. Sin embargo, lo primero que leí, Los funerales de la mamá grande, llegó a mí hasta quinto de primaria. Leí el cuento con fruición, casi que sin darme cuenta. No noté sus garciamarquianos párrafos de una frase, las comas enumerativas que descansaban en un punto y coma para retomar otra lista, sus exageraciones tan familiares, como los colores, el calor y el polvo de casi todos sus escenarios, el absurdo (también tan cotidiano). Aunque no pude apreciar las costuras de la historia, me conecté profundamente con el personaje de la matrona, pues yo crecí a la sombra generosa de una bisabuela imponente que también posaba de inmortal.

Hoy al releer el cuento imagino a tantas otras Mamas Grandes (desde La Gata hasta La Cacica), tantas Úrsulas, Aurelianos, que en lo que va de mi vida he visto pasar. Leer Cien años de soledad es barajar un tarot de arquetipos colombianos, que aparecen una y otra vez en nuestros periódicos, nuestras canciones, nuestros sueños. Una vez leído, es fácil ver que García Márquez es un escritor muy bueno, incluso para los estándares del más sofisticado académico -que hoy usa el adjetivo “macondiano”, y muy bueno para el bachiller hormonal que refunfuña por la tarea del colegio. Eso se puede decir de pocos escritores.

Cada colombiano, con sus debidas particularidades, tiene una relación muy íntima con la obra de García Márquez. Acaso es por esa complicidad que despierta en quien lo lee, que todo el mundo se pasa de confianzudo y le dice “Gabo”. Cuando la salud del que llamamos “nuestro nobel” se debilita al país le importa, no por el morbo amarillista que acompaña a toda celebridad, sino porque García Márquez ha sido parte activa de la construcción de esta nación. Retrata nuestros más oscuros horrores en textos embrujadores que no tenemos más remedio que leer. Son muchos los macabros episodios de la historia de Colombia que solo asumimos desde sus ambiguas ficciones. En sus textos llegamos a odiar al país y a la vez a quererlo con la abnegación y constancia que se quiere a un hijo bobo. Eso bien puede ser nuestra versión más genuina de patriotismo. Pero primero y ante todo, en la relación de muchos colombianos con la lectura, García Márquez fue un primer amor. Y con eso, en Colombia, ya hizo más que cualquier presidente por la educación.

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3 comments

  1. En el Olor de la Guayaba, Plinio Mendoza dice que una de las razones por las cuales le tenian cola en Bogota a GGM, era porque no se aguantaban como un man que debio haber terminado gafas en la playa en Santa Marta se gano el Nobel de Literatura.

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