Mercedes

Columna publicada el 23 de abril de 2014 en El Espectador.

Escribir es un oficio de alto riesgo financiero y sacar una novela exige horas de trabajo en un proyecto incierto (no es de extrañarse que la primera novela nos trajera el adjetivo “quijotesco”).

Si un escritor no prueba primero que puede escribir, nadie le va a pagar por hacerlo. Así, todos los escritores, buenos y malos, se enfrentan con que para escribir hay que comer, y no a la inversa. Cada escritor verá cómo lo resuelve: algunos escribirán después del trabajo en horas de duermevela, otros volverán a casa de sus padres, conseguirán un mecenas, otros son aristócratas que contratarán un asistente y vivirán de la renta.

Cuando Virginia Woolf, en su emblemático ensayo, Una habitación propia, se pregunta ¿por qué las mujeres no escriben más novelas?, contesta que no tienen ni la libertad ni el tiempo, lo que se traduce en dos básicas condiciones materiales que Woolf resume en “dinero, y una habitación propia”. Pero Virginia Woolf tuvo aún más que eso. Tuvo a su esposo Leonard, que la cuidó y acompañó en sus altibajos de salud mental, se encargó de la casa, le echó agua a las matas y hasta publicó varias novelas. Juntos fundaron una imprenta. Algo parecido se dice de Vera Nabokov, quien no solo cumplía con las labores esperadas de una esposa de esa época (gerente, cocinera, niñera); también le ayudaba a su esposo como editora, asistente y secretaria, e incluso salvó varias veces del fuego los manuscritos de Lolita. Mucho le debe la literatura a esos valientes y devotos maridos, esposas, madres, padres, amigos, que creyeron incondicionalmente y le apostaron todo al talento de alguien.

En 1982, Mercedes Barcha le concedió una escueta entrevista a la revista Semana. Cuando le preguntaron por las vacas flacas contestó: “Eso de la gran pobreza es más bien leyenda, o por lo menos es parte de la mitología que se ha creado. Pobreza tal vez hubo cuando Gabo escribía Cien años de soledad, que se alargó un poco más del tiempo previsto y se nos acabó la plata. Pero, en fin, tampoco fue muy dramático. Cuando uno es joven no se da cuenta de los problemas y cuando es viejo ya no tiene problemas.” Sin embargo, durante ese tiempo, fue Mercedes quien se encargó de las finanzas, de pedir plazos para la renta, de velar por que el escritor comiera. Gerald Martin, su biógrafo más dedicado, cuenta que Fidel Castro y el expresidente español Felipe González dijeron lo mismo en dos entrevistas distintas: “No fue Mercedes la afortunada, sino Gabo, él fue el ganador de la lotería”.

Con la silenciosa tranquilidad y firmeza que siempre le adjudican los biógrafos de su marido, Mercedes Barcha vio cómo, poco a poco, el cubo de madera que contenía las cenizas de García Márquez, se fue rodeando de flores amarillas. Los conocidos de Mercedes coinciden de manera monolítica en describirla como una mujer discreta. El segundo consenso inapelable es que sin su amor dedicado e incondicional, sin su valor y su fuerza, García Márquez no habría sido el gigante que el lunes era homenajeado en el Palacio de Bellas Artes del D.F. En un texto del 2001 para la revista Cambio, dijo Gabo que tras contar moneditas y pedir plata prestada para enviar el manuscrito de Cien años de soledad por correo, Mercedes le dijo, con la misma parquedad de todas sus respuestas: “Ahora solo falta que la novela sea mala.” Cien años de soledad también era su apuesta.

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