No se quiere ver, no se puede hablar

Columna publicada el 26 de abril de 2014 en El Heraldo.

A Daniela le ofrecieron viajar a Boyacá cuando tenía 18 años. Un fotógrafo que conocía, y un señor que no, llegaron a su casa y la convencieron de irse con ellos. Viajaron en un bus público y llegaron a un prostíbulo con veintidós mujeres.

A algunas ni siquiera les pagaban y a las demás les pagaban con fichas. Le habían dicho que al mes de trabajo se considera pagada la deuda, pero cuando ella quiso irse se enteró de que la suma era de un millón de pesos. No tenía la plata y con lo poco que ganaba y la deuda que aumentaba no iba a terminar de pagarles jamás.

Se descubrió esclava. Vivía en una habitación del local, encerrada, rodeada de rejas y sufriendo maltratos físicos. Veía como los policías llegaban al local a aceptar sobornos y servicios gratis. Para entonces Daniela tenía una hija y quedó embarazada de nuevo.

Uno de sus captores amenazó con hacerla abortar y entonces Daniela decidió huir. Aprovechó un descuido para irse con su hija a una terminal de trasportes y finalmente logró llegar a Medellín donde una de sus hermanas y su marido le ayudaron a poner la denuncia. Sin embargo, no recibió ninguna medida de protección ni se sabe cuál es la evolución de su proceso judicial.

El caso de Daniela es uno entre muchos que se cuentan en el informe “La trata y la explotación en Colombia; no se quiere ver, no se puede hablar”, de la organización Women’s Link Worldwide.

Colombia es un país de origen, tránsito y destino para mujeres y niñas víctimas de trata con fines de explotación sexual. Adicionalmente es un país en el que se presentan altísimos niveles de trata interna, estimulada por el desplazamiento forzado y modelos económicos de producción de materias prima como el de la minería.

La OIM estima que hay 70.000 víctimas de trata al año en Colombia y la Fiscalía dice que a nivel de América Latina, Colombia ocupa el segundo lugar después de Brasil como país de origen de víctimas de trata.

Muchas de las rutas de trata coinciden con los corredores de tráfico de drogas, muchas víctimas son usadas como mulas y a la vez con fines de explotación sexual.

El informe también señala como principales destinos de trata interna las zonas de explotación minera, la capital y la costa Caribe, que se ha convertido en un enclave internacional de turismo sexual y que además cuenta con una vieja tradición de explotación laboral del servicio doméstico, heredada del modelo de la plantación.

Women’s Link concluye que uno de los agravantes del problema es que quienes ejercen como tratantes muchas veces no se perciben así.

Existe, por ejemplo, una confusión en el imaginario de la población entre prostitución (que en Colombia es legal siempre y cuando la mujer la ejerza de manera autónoma), explotación sexual (prostitución forzada, prostitución infantil, turismo sexual, pornografía infantil) y trata con fines de explotación sexual. Ni las autoridades, ni nadie en general, está en capacidad de identificar a las víctimas porque en muchos casos víctimas no se reconocen como tales.

En el Caribe, irse de putas está visto como un rito de pasaje, como una cosa cultural. Se aguarían muchas fiestas si les preguntaran a las prostitutas si lo hacen por gusto y alguna contestase que la obligan a trabajar.

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