Juniorista

Columna publicada el 24 de mayo en El Heraldo.

Empiezo por confesarles que no me gusta el fútbol. No es nada específico en contra del deporte nacional, es simplemente que la coordinación motora es mi anti-talento (por eso tuve que pasar muchos solitarios recreos leyendo) y por eso me cuesta apreciar las delicadezas de las pericias deportivas.

Sin embargo, cuando me preguntan a qué equipo le voy, por supuesto, contesto que le voy al Junior. Lo digo siempre aclarando que no se ni nunca sabré quién juega, si las decisiones del técnico son buenas o malas, o la final de qué campeonato se está disputando.

Pero soy fan del Junior porque recuerdo ver sus partidos en asados, en la playa, en la piscina, en la cafetería del colegio. En ambientes felices y afables. Recuerdo que cuando era niña no se consideraba peligroso ir al Metropolitano, y me aterraban las historias de las barras bravas de la capital. Mi principal argumento para ser hincha del Junior siempre ha sido que cuando el equipo gana Barranquilla entera se vuelve una fiesta, y cuando pierde, la ciudad también celebra. Aunque no sé de fútbol siento que puedo ser parte de una hinchada que espanta las penas bailando.

Eso no fue lo que pasó el miércoles. Cinco muertos. Uno de ellos menor de edad. Media docena de heridos. Riñas. Disparos. Vandalismo. No solo en Barranquilla, en toda la costa.

En un informe del 2007 llamado Colegio de animales, el diario argentino Olé, contó cómo las barras argentinas habían empezado a exportar su violencia a México y Colombia. Los argentinos enseñaban (¿o enseñan?) Cómo recaudar fondos con extorsión, cómo obtener ganancias de los reventas de entradas, los cobros de “peaje” a vendedores informales de mercancía del equipo.

El informe en ese entonces hablaba específicamente de Bogotá y Medellín, ciudades que hoy con frecuencia mojan prensa por disturbios provocados por los hinchas. ¿Será que llegaron a Barranquilla las barras bravas?

Ser hincha es una cosa irracional. El hincha no le va al equipo que mejor juega sino al equipo que le representa una comunidad, una manera de ver el fútbol, una serie de creencias. Una de las creencias que se tienen sobre la hinchada juniorista es que es alegre y pacífica. Énfasis en la palabra “creencia”.

Brotes de violencia como los del miércoles muestran que los costeños nos imaginamos mucho más pacíficos y relajados de lo que en realidad somos. Disturbios como los del miércoles evidencian que el “todo bien” se nos está volviendo un eufemismo cachaco o una amenaza paisa.

Las barras bravas son un problema nacional que amenaza con arruinar el deporte en el que los colombianos buscan solaz. Los costeños, que ondeamos esa bandera de “la cheveridad” deberíamos ser los primeros en rechazar cualquier forma de violencia en el fútbol. La hinchada juniorista no puede perder lo más bonito de su identidad.

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