32’975.158 colombianos

Columna publicada el 28 de mayo de 2014 en El Espectador.

Carlota García nació en Antioquia en 1900. Gracias a una determinada voluntad, a sus 15 años aprendió a leer y escribir (leyendo este periódico en el que hoy yo escribo) y a los 20 años se hizo liberal.

Llena de admiración, me hablaba de María Cano y de las sufragistas, cada vez que llegaba un domingo electoral. Mi bisabuela, una mujer de fieras ideas políticas, me contaba, con una mezcla de orgullo, rabia y tristeza, que sólo a los 57 años pudo votar. Por eso siempre que había elecciones me llevaba con ella a las urnas, le pedía al jurado que me dejara hundir el dedo en la tinta y me hacía fiestas; me decía que apenas pudiera, por todas las veces que ella no pudo, yo tenía que salir a votar.

Votar es una decisión íntima. Incluso la decisión de no votar o de vender el voto es profundamente personal. De los abstencionistas se ha dicho lo de siempre, que son ignorantes, indolentes, flojos, que no les importa su país, que por no salir a votar “estamos como estamos”. Todo esto puede ser cierto, o no, pero la pregunta importante es por qué. Unos no votan si no les pagan, y la verdad es que uno no podría reprochar el cinismo de alguien a quien los políticos sólo le ofrecen un tamal cada cuatro años. Otros son apolíticos o abstencionistas activos, y tienen buenas razones para serlo: uno podría decir que las propuestas de los candidatos no importan porque igual no las cumplen, que los candidatos sólo nos dicen lo que queremos oír, que para mantenerse en el sucio juego de la política hasta los mejores y más nobles tendrán que untarse, o que nuestro sistema no promueve el cambio, sino más bien defiende el statu quo, porque en Colombia es buen negocio la desigualdad social. Todas estas son buenas razones para quedarse durmiendo los domingos electorales, y descalificar a los abstencionistas activos no los sacará de la casa. Pero deben saber que si no salen a votar ninguna de estas razones cambiará ni un ápice. ¿El problema es que no hay por quién votar? Pues fortalecer el proceso de voto hoy es lo único que traerá mejores candidatos en el futuro.

Ver a los abstencionistas como una horda homogénea de irresponsables no ayuda en nada a que consigamos la tal “paz” que todos decimos anhelar. Todos los grupos en Colombia ven al resto como un “otro”. Así, para los uribistas, los guerrilleros son orcos desalmados que deben morir; para los progresistas, los uribistas son mortífagos fanáticos e irracionales con los que no vale la pena dialogar. Uno tendría que preguntarse por qué uribistas de todas las clases sociales y capacidades intelectuales aceptan mentiras flagrantes como la del castro-chavismo o pueden decir que están en contra del proceso de paz. Seguro que sí hay abstencionistas que son apáticos sin remedio, guerrilleros psicópatas y uribistas desquiciados, pero la gran mayoría son colombianos que hacen lo que pueden (en Colombia con frecuencia no hay opciones) o lo que, dadas sus circunstancias, les pareció mejor. Nuestro conflicto, más allá de ser un problema político o de territorios, surge de una antiquísima intransigencia que jamás nos ha dejado sentarnos con la honesta intención de conversar.

La paz no es una firma en La Habana. La paz es salud, educación, carreteras, restitución de tierras y, sobre todo, es que los colombianos logremos hacer acuerdos sobre el modelo de país que queremos. Las urnas son el lugar donde hacemos esos acuerdos. El destino de Colombia siempre lo decide una minoría que no va a soltar esos privilegios a menos que todos salgamos a votar.

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