Los hijos de la guerra

Columna publicada el 4 de junio de 2014 en El Espectador.

“Descubrí con mucha sorpresa mía que me gusta el silbido de las balas y que en vez de agacharles la cabeza la alzo un poco para oírlas más de cerca: amo el peligro de la lid más todavía de lo mucho que amo todos los peligros, por ser aquel más inminente y caballeresco”, escribe el poeta Rafael Pombo en su diario, en 1855.

Pareciera que los colombianos, desde militares y políticos hasta poetas, siempre hemos estado engolosinados con una guerra de la que todos somos, a la vez, víctimas y responsables. Es posible que no sepamos vivir sin el conflicto, porque su rabia nos define, como si nuestra guerra de guerras encadenadas nos generara un síndrome de Estocolmo. Pero la guerra solo es admisible desde las metáforas. La muerte, en el tú a tú, no es bella ni glamorosa, ni siquiera es heroica. La guerra siempre es una tragedia.

En su reciente propaganda televisiva, Juan Manuel Santos le pregunta a un grupo de colombianos si prestarían sus hijos para la guerra. Todos le contestan como —salvo rarísima excepción— le contestaríamos todos, la guerra deja de ser justificada cuando alguien cercano arriesga su pellejo como soldado. Su propaganda además expone una verdad descarada: que a las trincheras no van los hijos de los ricos (no fueron los hijos de Uribe ni los de Zuluaga), que el servicio militar en Colombia solo es obligatorio cuando no puedes pagarle a un médico por una excusa o a un burócrata por el trámite de los papeles. Ninguno de mis compañeros del colegio (hoy uribistas en su mayoría) prestaron el servicio militar… A juzgar por la cantidad de “no aptos” que había en el colegio, cualquiera creería que era un plantel de esos que algunos —inapropiadamente— llaman “de educación especial”.

Cuando el uribismo ondea sus beligerancias se olvida de que quienes ponen la carne de esa guerra son los pobres, que arriesgan el pellejo en todos los bandos (ejército, guerrilla, paras, bacrim) obligados por unos pocos a luchar una guerra ajena. Puede ser que en algunas cosas Santos y Zuluaga se parezcan, pero en lo que sin discusión se diferencian es en las posibilidades de negociar exitosamente el proceso de paz. No porque a alguno de los dos le importe genuinamente el fin del conflicto (a ambos les importa el poder, ondeando la bandera que sea), sino porque Santos lo necesita y Zuluaga (es decir, Uribe) lo detesta. Porque a uno le conviene tomarse una foto firmando la paz y el otro saca todo su capital político de la guerra. La “paz” también es pluralidad política y el disenso pacífico, la posibilidad de privacidad, protesta, crítica y resistencia. Ante un posible gobierno autoritario como el de Zuluaga, en el que Uribe dominará el Senado, Ordóñez la Procuraduría y entre ellos elegirán tres magistrados de la Corte Constitucional, votar por Santos no es renunciar al derecho a hacer oposición, es salvaguardarlo.

Supuestamente la propaganda de Santos irrespeta a los militares. ¿Diciendo que no quiere la guerra? El conflicto no es lo único que dignifica a los soldados, que no tendrían que pasar hambre y frío en el monte en enfrentamientos sin fin. Tratar de acabar por la vía militar la guerra en Colombia es como empujar una roca cuesta arriba una y otra vez hasta el infinito: es irresponsable condenar a generaciones de colombianos a hacer la tarea de Sísifo. También critican a Santos por haber sido (bajo el mando de Uribe) el ministro de Defensa, responsable cuando ocurrieron los crímenes de Estado que llamamos “falsos positivos”, y por representar a la endogámica oligarquía colombiana. Ambas críticas son falacias ad hominem. No importa si lo dice Santos, que tiene rabo de paja y cola de cerdo, es una verdad innegable que nadie quiere mandar sus hijos a la guerra.

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