Voto costeño

Columna publicada el 07 de junio de 2014 en El Heraldo.

Los votantes costeños, con mucha razón, tienen fama de que se decantan por el tamal del mejor postor. Uno podría tildar a Barranquilla de “ciudad industrial” solo por las inmensas maquinarias electorales que se mueven en la capital del Atlántico y sus alrededores.

Lo normal es que en las elecciones para Cámara y Senado se formen los “cuadros” de las campañas con sus capitanes y reclutadores, que reúnen grupos de unas 30 personas y anotan sus nombres en una planilla con número de cédula y dirección. El día de la votación recogen a las personas en sus casas, las llevan al puesto de votación y las regresan. El voto puede estar en los $60.000, y el pago se realiza en dos contados.

En los estratos más altos se ofrecen puestos por mover votos. Si es empleado público, le exigen 50 votos para permanecer en el puesto (esa exigencia también se hace a empleados costeños que trabajan en Bogotá, y tienen que poner a sus amigos y parientes a votar).

Para las elecciones presidenciales, las maquinarias costeñas no suelen moverse porque ya los senadores quedaron elegidos y no les importa quien quede de presidente. Esa es una de las razones por las que tradicionalmente la costa vota mucho más en las legislativas que en las presidenciales. Esta vez, según fuentes entrevistadas en los barrios Valle, Bajo Valle y Rebolo, las maquinarias de ambos bandos “se pusieron pálidas” y el valor del voto subió hasta los $100.000 pesos ante el reñido empate de Santos y Zuluaga.

Por otro lado, es un error asumir que todos en la costa están vendiendo su voto. Barranquilla, la ciudad más grande del Caribe, tiene un importante potencial para el voto de opinión. Una de las entrevistadas, de ascendencia cimarrona, afirma su negativa a vender y su preferencia por Santos, pues, como muchos en su comunidad, no le perdona a Uribe la eliminación de horas extras y nocturnos, un duro golpe para los trabajadores, que en la segunda vuelta piensan castigar a Zuluaga. A su vez, el candidato uribista tiene más adeptos entre los terratenientes y ganaderos.
Es muy fácil saltar a condenar a quienes venden su voto, pero la simple verdad es que, como todos en Colombia, estas personas están sacando el mejor provecho de una mala situación. Un Estado que ha fallado en darles servicios públicos mínimos, educación y oportunidades, no puede culpar de cinismo a las clases populares. La columnista Tatiana Acevedo habla de un “voto pragmático” en el que la comunidad lo usa para negociar pequeñas mejoras a su calidad de vida: un habitante de la ciudad demandará seguridad y empleo, mientras uno del campo tendría preferencia por quien ofrezca subsidios y créditos. Incluso cuando el voto es mercancía, la gente elige a quién se lo va a vender.

Lo que hace a los votos “pragmáticos” (sean de opinión o de maquinaria) es que están motivados por las necesidades inmediatas de los ciudadanos. La solución a nuestros problemas electorales no está en atacar moralmente a quienes venden su voto sino en enseñar a todos los colombianos a sopesar las implicaciones a largo plazo de sus acciones como votantes y ante todo, en ocuparse de que esas necesidades inmediatas no sean las más básicas urgencias vitales.

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