Vote por Cthulhu

Columna publicada el 18 de junio de 2014 en El Espectador.

Un popular meme de internet, que se ha usado en muchos países en tiempos electorales, es el que ilustra a Cthulhu (un monstruoso e inmenso cefalópodo de múltiples tentáculos inventado por H.P. Lovecraft) y dice “Vote por Cthulhu. ¿Por qué elegir un mal menor?”. Por supuesto, el meme estuvo rodando por las redes colombianas durante la campaña electoral presidencial en la que muchos justificamos el voto por Santos como “un mal menor”, o una forma de frenar el regreso de una tendencia guerrerista y autoritaria. Ante la incómoda disyuntiva entre la intransigencia bélica y la corrupción clientelista, muchos eligieron votar con tapabocas, otros en blanco, otros prefirieron promover el abstencionismo.

De alguna manera, en todos los casos se culpa a los políticos de ser incompetentes, sucios, corruptos, de no “dejarnos” más opciones que elegir entre lo malo y lo peor; se asume a los votantes como una fuerza pasiva a merced de sus malas mañas. Los ciudadanos que reclaman políticos prístinos olvidan que la cosa es de dos vías. No todos los votantes pueden darse el lujo de hacer una disertación crítica interna para decidir por quién votar, y menos cuando el Estado no resuelve sus necesidades básicas. Pero quienes podemos decidir el voto sin la urgencia de la supervivencia, tenemos un deber político más imperativo de involucrarnos y participar en la discusión democrática del país. Es lo mínimo que cada uno puede hacer para que algún día votemos sin asco.

Involucrarse políticamente es algo frustrante para los ciudadanos en Colombia. Muchos no encontramos un partido que nos represente ideológicamente; otros, con mucha razón, no creen en los políticos y por eso se abstraen y se abstienen como si no fuera también su problema. Pero no podemos esperar a que cada lustro aparezca un político impoluto para dignarnos a participar en el devenir político nacional. Los candidatos nos dan lo que queremos; para atraer votos se moldean a sí mismos como un espejo de nuestros deseos. Los colombianos no caímos por arte de magia en la disyuntiva Santos-Zuluaga: nos la buscamos a punta de polarización, desinterés e indolencia.

Quienes en la segunda vuelta apoyamos a Santos a regañadientes tenemos que asumir la responsabilidad de nuestro voto como una obligación de hacer veeduría ciudadana. Tenemos la responsabilidad de ayudar, desde el cotidiano, a fortalecer esa democracia participativa que se salvó por poco. Eso implica conversar, escuchar a los opositores, esforzarse por llegar a consensos (o disensos) sin violencia. Los medios y periodistas que no apoyamos a Uribe también somos responsables de su popularidad, porque les abrimos espacio a sus declaraciones estrafalarias, que atraen lectores y oyentes aunque no tengan valor periodístico ni pertinencia pública. Querámoslo o no, todos somos ciudadanos las 24 horas del día. Como mínimo, el compromiso democrático se trata de estar atento y recordar que somos los jefes de los presidentes, senadores, alcaldes; les pagamos sus sueldos y se supone que cuando votamos por ellos les damos un mandato para que ejecuten sus propuestas y planes de gobierno. Desde ahí debe hacerse veeduría.

En Colombia se dice con frecuencia que votar no sirve para nada. Si algo probó la segunda vuelta es que movilizarse para votar sí tiene efectos en nuestra democracia, y no podemos dejarle todo el crédito de la reducción del abstencionismo a la movilización de las maquinarias. El debate electoral, así fuera una pelea en el fango, sirvió para perfilar dos modelos de país frente a los que todos los colombianos tenemos una postura. Quienes apoyamos una democracia participativa tenemos que recordar que esa utopía no cae del cielo y que el autoritarismo y la violencia no son un monstruo incontrolable que nos acecha desde las entrañas del infierno.

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