Putos y perico

Ante los gritos de “Peña, puto” que se escuchaban frente al Senado en la marcha contra la Ley de Telecom del 22 de abril de 2014 en el D.F., este manifestante y performer contestaba “¡Puto soy yo!”.

Ante los gritos de “Peña, puto” que se escuchaban frente al Senado en la marcha contra la Ley de Telecom del 22 de abril de 2014 en el D.F., este manifestante y performer contestaba “¡Puto soy yo!”.

A los aficionados del equipo mexicano les gusta corear “puuuuto” desde las gradas del estadio y la FIFA se queja porque tiene una clarísima política de no discriminación. Ante eso dos preguntas: ¿gritar “puto” es discriminación? y, si los fuese ¿qué puede hacerse para combatir ese tipo de discriminación?

La Federación Mexicana de Futbol negó rotundamente que el uso de la palabra “puto” sea un acto homofóbico, y en una carta a la FIFA, explicó que es una simple costumbre que se vive dentro del fútbol mexicano. Es cierto que la afición mexicana tiene todo el derecho a insultar al equipo contrario para intimidar. No será el comportamiento más sofisticado, pero la verdad es que la mayoría de los aficionados que acompañan a su equipo en un estadio pasan la mayor parte del tiempo insultando a su rival. La diferencia aquí es que los mexicanos están organizados.

Así, lo primero que hay que decir es que la gente tiene derecho a insultar, eso hace parte de la libertad de expresión, un derecho fundamental que no debe vulnerarse por correcciones políticas. Pero ojo, eso no quiere decir que gritar “puto” esté siempre bien. Una cosa es defender el derecho de la gente a insultar y otra justificar el uso de la palabra “puto” como insulto porque “es cultural”. Usar la palabra “puto” en muchos contextos es señal de homofobia y discriminación, nadie dice que eso se deba tolerar en silencio. Creo que todas las personas tenemos la obligación moral de protestar y denunciar cuando alguien está siendo discriminado. Presenciar en silencio chistes discriminatorios o incluso reírse es ponerse del lado del opresor. Pero la manera de hacer resistencia frente a esto no es la prohibición, es confrontar de una manera pacífica a las personas y sus prejuicios. Para eso el Mundial es un gran escenario porque le puede dar al asunto incomparable visibilidad.

Para la denuncia, entonces, es importante tener presente que quienes discriminan son las personas, no las palabras. Ninguna palabra tiene un significado ofensivo per se, la ofensa está en la relación que hay entre el emisor y el receptor. De esta manera “puto”, diminutivo de prostituto, es decir, hombre que ejerce la prostitución, no es en sí un insulto. Ahora, es un insulto si alguien piensa que la prostitución es un trabajo denigrante, y es más insultante aún si esta persona piensa que es doblemente denigrante para los hombres prostituirse. La expresión también tiene la connotación de homosexual (u homosexual y prostituto), en cuyo caso tampoco tiene por qué ser un insulto dado que ser homosexual no tiene nada de malo. El insulto existe si quien usa la palabra cree que se ser homosexual es malo y entonces, sí podríamos a empezar a hablar de agresión verbal. El problema no es que la gente use la palabra “puto” el problema es que la gente piense que la prostitución, lo homosexual, o lo femenino es malo o insultante. Seguramente habrá putos en la audiencia y putos en el campo de juego, y así, muchos contextos en los que gritar “puto” no es una manera de denigrar.

Lo que habría que combatir entonces es la idea de que ser puto es malo. Eso, definitivamente, no se logra prohibiendo la palabra. Prohibir la palabra no combate los prejuicios, al contrario, saca el tema del ámbito de la conversación y la conversación es la única manera cultural y efectiva de combatir la discriminación. Quitarle a la afición mexicana su derecho a expresarse libremente no hará a los homófobos machistas que hay en la hinchada menos homófobos o menos machistas. En ese contexto hay que destacar a esos grupos LGBTI que participan en las marchas del D.F.: cuando la masa empieza a gritar, por ejemplo “Peña Puto”, contestan “¿y qué tiene que sea puto?” o “sin maricones no habrá revoluciones”.

Pelearse con las palabras es tan inútil como matar al mensajero. En el 2012 la Suprema Corte mexicana mostró la misma ingenuidad frente al lenguaje que la FIFA al decir que las palabras “puñal” y “maricón” están por fuera de la protección constitucional a la libertad de expresión. La Corte no entendió que ambos eufemismos para decir homosexual no son insultos. En cambio quienes los toman o los usan como insultos sí son homofóbicos. Sorprende que unos juristas, que viven de creer que pueden moldear la sociedad con sus palabras, puedan tener una lectura tan unidimensional del lenguaje. El Consejo Nacional Para Prevenir la Discriminación, que puede experimentar de primera mano el sarcasmo con el que la gente dice #conapred, también debería tener clarísimo que hay matices incontrolables e insospechados que aparecen a diario en el uso de las palabras.

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Para seguir hablando de insultos, en días pasados la embajadora de buena voluntad de la Unicef, la actriz Nicolette Van Dam, publicó en una de sus redes sociales un meme de internet en el que aparecen jugadores con el uniforme del equipo colombiano aspirando las rayas de la cancha como si fueran coca. Esto es ofensivo no porque asocie a los colombianos con la coca, esa fama nos la ganamos a pulso. Es ofensivo porque los jugadores de la selección representan tesón, esfuerzo, disciplina, salud. Ser un deportista exitoso en Colombia implica luchar contra todo tipo de obstáculos y por eso, para los colombianos, los jugadores de la selección simbolizan el poder de superar adversidades, formas de ascenso social que no están relacionadas con el crimen y el narcotráfico. Mezclar su trabajo con el narcotráfico, un fenómeno económico y social responsable de gran parte de la violencia en Colombia que ha afectado de manera íntima y personal a casi todos los colombianos, es indelicado, injusto, y sobre todo estúpido. Un meme como ese es lo último que debería promover en sus redes sociales una “embajadora de buena voluntad” y por eso debe renunciar a su título en la Unicef. Esto no quiere decir que haya que prohibirle nada a la señora, todo el mundo también tiene derecho exhibir su estupidez.

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