La colombianidad

Columna publicada el 28 de junio de 2014 en El Heraldo.

La calle Medellín en la colonia Roma de México D.F. reúne a una buena parte de los colombianos que viven en la capital mexicana. No se sabe qué fue primero, si la llegada de los colombianos o el nombre de la calle. Y en el asadero antioqueño, Pollos Mario, no dan razón que dirima entre el huevo o la gallina. Sobre la calle también se encuentra el Mercado Medellín, dónde se puede comprar Harina Pan, Chocolatinas Jet, Café Sello Rojo y aguardiente.

La noche del martes, horas después del partido de Colombia contra Japón, varios colombianos, vestidos de amarillo, y la camiseta de Mi Selección, aún gritan y agitan banderas a los carros, al son de alguien que toca una guacharaca. De las paredes de la tienda-bar-restaurante colombiano, cuelgan fotos de cafetales. Venden arepas, Club Colombia, Águila y al fondo se escuchan las más clásicas de Carlos Vives. En una mesa toman whisky (algo relativamente raro en el D.F.) y en otra mesa un costeño se sienta a acompañar, según su antojo, el vallenato que sale de los parlantes con su tambor.

Hay paisas, cachacos, costeños. La mayoría se conoció viendo el partido. Parejas bailan apercolladas junto a las mesas. Yo quiero a la que me quiere, y olvido a la que me olvida. Dos mamacitas con el culo operado van de aquí para allá exhibiendo su blower y el manejo impecable de sus tacones. Así la colombianidad.

Probablemente nunca se es tan colombiano como cuando se está fuera de Colombia. De repente cosas que parecían ordinarias e insignificantes se convierten en símbolos que marcan la identidad. Las migraciones, al enfrentarnos con “el extranjero”, ayudan a delimitar por oposición “lo colombiano”.

Esa convivencia de la aldea global es doblemente constructiva pues además de reafirmar identidades fomenta la tolerancia entre nacionalidades. Una forma de pertenencia muy diferente al nacionalismo suprematista que tanto encegueció a varios países en el siglo XX (e incluso XXI).

“Lo colombiano” es bueno y es malo. Es un rango de sabores y de sonidos, el silbido sinuoso de las gaitas, una forma de bailar. También es celebrar los triunfos de la Selección Colombia con el pie de página de “no se vayan a matar”. Es revisar cada 15 minutos que a uno no le hayan robado el celular, aceptar que nuestra relación con la violencia y las drogas no es fortuita, y que el fantasma de Andrés Escobar también sufre y goza los partidos en cada Mundial.

Asumirse colombiano pasa por lidiar con una serie de amores, odios y decepciones. Así es la montaña rusa de querer a un país bipolar. Eso lo sabemos bien quienes habitamos a Colombia desde la distancia. Hablar del país es lidiar con los estigmas que nos hemos ganado a pulso. Hacer las paces con esa identidad es también una forma de apaciguar la violencia nacional. Con una patria (o matria) que nos da tan pocas buenas noticias, cada gol de la Selección ha sido una esperanza en la Caja de Pandora de la agenda colombiana, y esa ilusión es una pequeña puntada hacia la reconstrucción del tejido social. Cada partido bien jugado (ganemos o perdamos) nos ayuda a reconciliarnos con las contradicciones de nuestra identidad. Hoy la Selección puede llevarnos a donde nunca antes hemos llegado en un Mundial. ¡Vamos Colombia! ¡A ganarle a Uruguay!

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