La “moza” de la Selección

Columna publicada el 2 de julio de 2014 en El Espectador.

Con los triunfos de la Selección, en los colombianos ha renacido una sensación de esperanza extraña en un país acostumbrado a las malas noticias. Uno de los grandes responsables es el técnico argentino José Pékerman, que no le debía nada a nadie en la anquilosada rosca del fútbol colombiano y escogió a sus jugadores por talento y no por conexión.

Esa rosca bien puede estar representada en el Bolillo Gómez, un maltratador de mujeres que durante un tiempo fue director técnico de la Selección. El Bolillo renunció al cargo tras agarrar a puños y patadas a una mujer que lo acompañaba en un conocido bar de salsa bogotano. De la golpiza nos enteramos porque Boris Candela, un habitante de la calle que cuidaba carros en esa cuadra, sapeó al Bolillo ante los medios, después de que la noche anterior lo “salvara” de un grupo que venía a defender a la agredida. El Bolillo le dio las gracias y $100.000, como contó Candela a la revista Soho, que en su última edición le hizo un “homenaje” al habitante de calle. “¡Qué va! Yo fui el héroe, total, yo fui el que llevó a la Selección al Mundial; el Bolillo no estaba haciendo nada”, dice Candela, pero admite que su lealtad era con él y no con la mujer: “Me duele porque yo tengo un corazón bacanísimo, y el Bolillo fue mi parcero, fue chimba conmigo, reelegante”.

En ese entonces el Bolillo les pidió disculpas a: 1. Colombia, 2. el fútbol, 3. La Federación, 4. su esposa y su familia, 5. la hinchada. Jamás, jamás de los jamases, a la mujer que golpeó, quien probablemente nunca puso una denuncia formal para no exponerse a la revictimización mediática. Finalmente, en diciembre de 2011, el Bolillo se confesó muy triste y dijo a Semana: “yo quisiera volver a nacer y que no me hubiera pasado esto”, como si pegarle a una mujer fuera una desafortunada vicisitud.

¿Debía el Bolillo renunciar a la Selección por pegarle a una mujer? Sí, obvio que sí. Pegarles a las mujeres es un asunto público, no hace parte de la vida personal. Al Bolillo debían despedirlo porque era un DT rosquero que no daba resultados, y han debido despedirlo ante una denuncia penal de la agredida. Ya que no hubo esa denuncia (que lo habría hecho pagar por su delito) es deber nuestro repudiarlo a manera de sanción social. Cualquier persona violenta que agrede a otros, y más a una mujer que lo acompaña (a quien le pega con el peso de su puño y de la violencia estructural), es una persona cuestionable desde lo emocional y psicológico, especialmente en cuanto a sus habilidades para vivir en sociedad. Podríamos juzgar la obra de Bolillo de manera independiente a su persona, pero ahí solo encontraríamos mediocridad.

Hoy resulta que la golpiza a una mujer fue “lo mejor que le ha podido pasar a la Selección Colombia” y muchos la agradecen con cinismo infinito. Y claro, el héroe aquí es un hombre, el habitante de calle que permitió que le pegaran a la mujer y protegió al Bolillo, para después aprovechar 15 minutos de fama. Ella, que tuvo que lamerse sus heridas en silencio, fue y es “algo que les pasó a los colombianos”, como un tornado que reorganizó el fútbol, como un inesperado chubasco. Es probable que los mismos a quienes les parecía desproporcionada la salida del Bolillo, sean los mismos y las mismas que hoy le agradezcan ser un maltratador, avalando simbólicamente la violencia contra las mujeres y poniéndonos a todas, potencialmente, en el lugar de “la moza” de la Selección. Es un golpe para todos que así se celebre un gol.

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