Cruzando los dedos

Columna publicada el 28 de agosto de 2014 en El Espectador.

El año pasado hubo un logro importantísimo en materia de derechos sociales y equidad en Colombia: el matrimonio igualitario.Sin embargo, que sea legal no quiere decir que el derecho sea un hecho. Presentar una solitud de matrimonio igualitario en el país es una ruleta rusa, y su éxito depende básicamente de los prejuicios del juez que la reciba.

Hacer una unión de hecho no es menos difícil. Las parejas del mismo sexo tienen que ir de notaría en notaría, en algunas de las cuales dejan a los solicitantes dos horas sentados sin atenderlos o les dicen mentiras como que el registro civil está vencido. Finalmente, cuando dan con un notario sin prejuicios (por ejemplo, la Notaría 28 en Bogotá) o mejor dicho, sin problemas de razonamiento lógico y respetuoso de la ley, descubren que en realidad el trámite es rápido, fácil y sencillo.

Aunque hoy los homosexuales tengan que enfrentar maltratos y operaciones tortuga deliberadas que tienen el propósito de desanimarlos, todos sabemos que es cuestión de tiempo. En unos años, el matrimonio será realmente igualitario y casarse, para cualquiera, para todos, será tan casual y corriente como que una mujer salga a votar.

La igualdad es imparable, y hoy, además, estamos a punto de que se garantice otro derecho que debería ser obvio: que las parejas del mismo sexo puedan adoptar. Más que un triunfo del movimiento LGBTI, uno tendría que decir que este es un triunfo del sentido común. Los homosexuales siempre han podido tener hijos y los vienen teniendo desde el principio de los tiempos. La orientación sexual no atrofia los órganos reproductivos y la esterilidad es una condición médica que no discrimina según preceptos religiosos. Padres y madres homosexuales ha habido y habrá siempre, pero sus hijos se encuentran desprotegidos, a menos que el padre o la madre hayan aceptado vivir la farsa de un matrimonio heterosexual por conveniencia, una parodia cotidiana que seguro sí deja secuelas psicológicas en niños y niñas.

Un argumento frecuente e inmensamente estúpido en contra de la adopción de parejas del mismo sexo es que los hijos tendrán la orientación sexual de sus padres (como si eso fuese malo). Es evidente que los niños criados por parejas del mismo sexo no necesariamente serán homosexuales pues —sorprende que haya que decirlo— la orientación sexual no es contagiosa. La prueba reina es que gays y lesbianas muy seguramente tuvieron padres heterosexuales. También es absurdo creer que para que un niño o niña crezca de manera sana tenga que tener una figura masculina y una femenina en la casa. Colombia es un país de madres solteras y un alto porcentaje de colombianos no crecieron con padre y madre; de hecho, quienes lo hicieron son minoría. La heterosexualidad no garantiza aptitudes para criar y educar; basta ver los altos índices de violencia familiar y doméstica del país para entender que, por ejemplo, algo que sí hace malos padres es el machismo y el dogmatismo.

Más que un triunfo del sentido común y el razonamiento lógico, la adopción por parte de parejas del mismo sexo es una victoria sin precedentes para millones de niños que en Colombia nacen sin un hogar y que pronto (ojalá) tendrán la oportunidad de tener una familia, y con ella, educación, salud, amor y cuidados, derechos básicos que hasta ahora les habían sido negados cruelmente por intransigentes prejuicios religiosos. Estos derechos y la posibilidad de tener un hogar amoroso y estable sí mejorarán sus vidas de manera efectiva. Suele pensarse que los “triunfos del amor” son fracasos para la lógica; hoy muchos estamos cruzando los dedos, pues en este caso ganarían ambos.

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