Cinco patas de la tauromaquia

Columna publicada el 4 de septiembre de 2014 en El Espectador.

No me gustan las corridas de toros. Lo bonito del espectáculo se diluye cuando veo que el animal, aunque poderoso, casi siempre morirá en el ruedo. Es más cruel aún porque nosotros somos animales que sabemos lo que es el maltrato y la crueldad (nos inventamos los conceptos) y tenemos el poder para evitarlas. Creo que no debería haber corridas de toros, me parecen un espectáculo violento y estúpido, pero el argumento en su contra tiene dos problemas: ser prohibicionista y hablar de “derechos de los animales”.

El argumento prohibicionista tiene la forma de censura de la de los grupos extremistas católicos que hicieron clausurar la exposición Mujeres ocultas en el museo Santa Clara. Sin embargo, hay algo evidente: la exposición está clausurada y la plaza de toros reabierta. Hay minorías, y minorías con poder. Eso da mucha rabia, pero, de nuevo, no es razón para la censura. Uno puede ser intolerante a muchas expresiones y prácticas, pero siempre es un error atacar el derecho a la libertad de expresión, que es un derecho fundamental y facultativo de otros derechos. Si un espectáculo o obra me ofende u ofende mis creencias, esa no es razón para censurarlo; yo no debo imponer mi manera de pensar a otros por la vía legal. Para imponer ideas están las conversaciones y los argumentos.

Segundo problema: decir que los animales tienen derechos. A mí me encantan los animales (incluso más que la gente), creo que muchos (y en diversos grados) pueden empatizar y comunicarse conmigo y creo que muchos tienen noción de sí. Pero no creo que entiendan qué es un derecho, no tienen cómo participar en nuestra discusión sobre los derechos y ni sabemos si les importa siquiera. Hay humanos que no están capacitados para entender los derechos o discutirlos (bebés, por ejemplo), pero tienen la capacidad en potencia. Otros animales ni siquiera eso. Aun si mis perros tuvieran una noción continuada de sí mismos, ellos y yo no tenemos cómo discutirlo. Por eso no creo que Rafaela y Jaibo (mis perros) sean sujeto de derechos, yo soy sujeto de derechos y tengo la responsabilidad de protegerlos. El maltrato animal debería estar penalizado, pero no porque ellos tengan derechos sino porque nosotros tenemos deberes. Los derechos son cosa inventada por hombres, con lógica de hombres, para hombres (y a veces hasta para las mujeres). No tienen sentido en otros animales que no sabemos con qué lógica funcionan (o si la palabra lógica aplica siquiera). Además está el problema de si el perro tiene más derechos que el mono o el mosquito o de si el tigre tiene derecho a cazarnos y encima no podemos ni preguntarles o hacerlos partícipes de la discusión. Decir “derechos de los animales” (no humanos) también es antropocentrismo. Tal vez esto un día cambie. De pronto en un futuro podremos conversar con otra especie que entienda nuestras lógicas y nos diga “¡qué bestias!”. Yo guardo la esperanza.

El puritanismo fundamentalista hippie dirá que el problema es matar al toro (juzgando de paso a los que no somos vegetarianos). Se puede comer carne y estar en contra de las corridas, porque lo malo no es la muerte sino el maltrato, uno podría ser un consumidor ético y buscar carne de animales no maltratados ni en vía de extinción. Exigir la censura de una forma cultural que no causa daños evidentes o irreparables es peligroso, es un tiro en el pie, un argumento que se devuelve para censurarnos a todos. En vez de exigir leyes para prohibir las corridas deberían pedirse leyes contra el maltrato animal. ¿Podría haber corridas en las que no maltraten animales? ¿Cómo medimos y estandarizamos las medidas del maltrato? No sé la respuesta, pero me parecen preguntas más interesantes. Aquí la herramienta más legítima y poderosa es la censura social: no ir a la corrida y contarles a las personas las razones por las que uno no va. Con el paso de los años, menos y menos personas asisten porque la idea de que ver a alguien torturando a un animal (la tortura en vivo, no su representación) no tiene nada de poético está permeando la sociedad.

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One comment

  1. y qué decir de las peleas de boxeo, en la que dos seres ^humanos^ inteligentes se enfrentan a puños hasta noquear al otro o por lo menos dejarlo muy maltratado. Y del fútbol ni hablar, hay que estar en el estadio para ver el nivel de violencia -verbal y física, que se maneja entre los espectadores. Luego los enfrentamientos de los fanáticos fuera del estadio, citándose para enfrentarse con armas. Pero sobre estos espectáculos nada se dice ni hay quien establezca una organización que propenda por la prohibición de ellos.

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