36 horas en Cartagena (Lado B)

Columna publicada el 13 de septiembre de 2014 en El Heraldo.

Esta semana el New York Times, en su prestigiosa sección de viajes, hizo una reseña de la ciudad de Cartagena presentándola –otra vez- como la ciudad más romántica del Caribe, lista para recibir amablemente al Jetsetter internacional que en los 90 tuvo miedo de venir a Colombia. En el video se da un paseo por los elegantes restaurantes, las tiendas de guayaberas, los balcones de buganvilias; y unas damas explican la delicadeza de las telas y los sabores, mientras las negras, con sus uniformes, aparecen sirviendo los helados para entregarle al camarógrafo. Todo muy “bonito”, pero, como casi siempre sucede, omite que hay Cartagena más allá de las murallas.

Yo tengo otras sugerencias para el Lado B de esas 36 horas en Cartagena. Uno podría darse un paseo por la Bahía de Manga; ir a comer fritos a en la esquina del Pie de la Popa; un raspao –sin miedo y con ñapa de leche condensada– al pie de la India Catalina, en esa esquina senegalesa que parece trasplantada de África y desde donde se pueden ver los imponentes graffittis del barrio Getsemaní. También pasar por un coctel de mariscos la célebre “Cevichería Internacional”, que queda en el parqueadero del aeropuerto (desde 1975), pasearse por El Palacio de la Inquisición (pensar en lo poco que han cambiado nuestras prácticas con las mujeres), pedir arroz chino a El Dragón Dorado y, en vez de instagramear vendedoras de frutas, hacer reportaje fotográfico de las cartageneras luchando contra el clima y la raza en las peluquerías. Por la noche la mejor fiesta está, sin duda, en El Platanal de Bartolo, uno de los más prestigiosos salsódromos de todo el Caribe o en tener la inigualable experiencia de ir a un Picó de champeta en Barú, en el barrio Santa Ana.

Cartagena es una ciudad en crisis, y esa crisis no se va a mejorar con que traigan dinero los turistas. Hay problemas estructurales que al no atenderlos se agudizan con su llegada. Por ejemplo: el tráfico de drogas y la prostitución infantil ocurren porque tenemos una sociedad desigual sin garantías de derechos básicos para todos ni oportunidades para los jóvenes, pero se agudizan con los turistas (muchos vienen a eso), como estos problemas no se atienden muchas agencias de viaje hasta aprovechan para incluir en sus paquetes visitas a prostitutas, como se descubrió en tiempos del escándalo del Servicio Secreto.

Eso que la ciudad escoge como “lo bueno” o “lo de mostrar” dice mucho de la manera en que se ve sí misma. Cartagena es como sus señoras: una ciudad que no se mira al espejo si antes no se peina y se maquilla. La ciudad lleva años concentrándose en “lo bonito” y dejando a “lo malo” crecer como maleza”. Me dirán que un artículo que tiene por propósito atraer turistas a la ciudad (con dinero, para que gasten) debe, necesariamente, ser esta versión sesgada y amable -hasta lo doméstico- de la ciudad. ¿Será que si les decimos el mar negro de sus bahías está contaminado o que los caballos de los coches se desploman muertos de hambre, o que la ciudad es pobre, corrupta, violenta, con problemas de gobernabilidad, movilidad, y destino de desplazados de toda la Costa, nadie va? Es posible, pero no es la conclusión necesaria. La pregunta no es esa, es si Cartagena es capaz de verse y aceptarse a sí misma con todos sus altos contrastes. Entonces podría ser una ciudad con real autoestima, que se observe para mejorar sus problemas, que disfrute sus paradojas y no viva solo de ese viejo discurso de oropel, diseñado para el turismo vergonzante.

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