¿Caballo regalado?

Columna publicada el 9 de octubre de 2014 en El Espectador.

En sus promesas de campaña, Juan Manuel Santos dijo que regalaría un montón de casas nuevas para los colombianos “menos favorecidos”.  Como pocas, esta promesa se va cumpliendo y ya hay, según dice Vargas Lleras, 2.954 casas “gratis” para La Guajira.

Primero, un Estado que se financia con nuestros impuestos debería tener claro que nada de lo que nos da es gratis. Segundo, la foto que ha divulgado el Gobierno en redes sociales muestra una cuadrícula de techos rojos anexados al trazado urbano, sin parques, ni árboles que den sombra, ni un guiño al espacio público; una especie de colmena de cemento donde el Gobierno quiere meter a “los pobres” y que ellos estén agradecidos.

El viceministro de Vivienda, Guillermo Herrera, dijo a El Espectador que, aunque las casas no se vieran bonitas, son una oportunidad de vivienda digna con servicios y agua potable, y que un proyecto como este jamás se había hecho en Colombia. Tal vez no se había hecho porque el modelo de vivienda masiva para los más pobres que está utilizando el Gobierno desde hace rato mostró ser obsoleto. Como lo reporta El Espectador en un artículo reciente, ya las casas empiezan a ser un problema por muchas razones: han reunido como vecinos a miembros de pandillas enfrentadas; muchos de sus nuevos habitantes no estaban acostumbrados a pagar servicios, ni a usarlos siquiera, y varios espacios comunes han sido usados para fines inesperados, como velorios, misas y salas de internet. Encima, según informa este periódico, las casas están tan hacinadas que no hay suficiente privacidad ni para tirar y la gente ha empezado a escabullirse a los sótanos para sus prácticas sexuales. Claro, Santos se sentía muy cómodo andando en calzoncillos y leyendo el periódico en el apartamento modelo, pero es que él no tenía vecinos.

Insinúa el Gobierno que el problema es de convivencia, pero los roces son resultado de un problema de planeación urbana y de estándares para vivienda digna. Porque las personas no son zapatos que se puedan acomodar calladitos en un panal, y una casa no es sólo un techo para dormir; para eso son más rápidas y baratas las tiendas de campaña. La personas necesitan el espacio público de calidad para interactuar, medios de transporte para llegar a sus trabajos, escuelas, puestos de salud, puestos de policía, supermercados, peluquerías, bares, no un barrio estéril y homogéneo fruto de la estandarización constructiva de la vivienda.

María Luisa Vela, arquitecta con maestría en urbanismo en la Universidad de Berkeley, opina que mientras más casas prometa un político en sus discursos, más feliz hace a la audiencia. Mientras más rápido se cumplan estas promesas, más robusto será el apoyo de los votantes. Pero las consecuencias de la prisa y la planeación injusta son evidentes, y en casos como este con frecuencia el resultado es la segregación socioespacial, que perpetúa la pobreza pues aísla y amputa las posibilidades de movilidad social y propicia la tugurización de la vivienda.

Por eso no es un problema de “regalar” casas a los más pobres y ejecutar el presupuesto antes de que se acabe un mandato. Resolver el problema de vivienda pasa por pensar en una vivienda incremental y digna, con patios productivos, calles vivas, y no hay una solución estándar o rápida para eso. Este Gobierno se ha dedicado a “regalar” microunidades privadas y ha anulado el diseño y la construcción de los espacios públicos que son responsabilidad del Estado, pasando por alto que “los pobres”, aún más que un techo para dormir, necesita una ciudad para progresar.

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