Columna publicada el 14 de octubre en Sin Embargo.

“Vaca muerta” es una horrible expresión que en Colombia se usa para referirse de manera coloquial y hasta jocosa a las violaciones de las que son objeto muchas mujeres que duermen borrachas e inconscientes en el sofá de algún departamento en la coda de la fiesta bogotana. Cuando estas cosas suceden se asume que ellas se lo buscaron por no cuidarse o por emborracharse, y por esa revictimización las denuncias de estas violaciones son casi que inexistentes. De manera más sutil, los hombres en nuestra cultura están educados para creer que está bien mirarnos por la calle de manera lasciva porque estamos ahí en el espacio público para ser miradas. Como si mostrar la piel fuera un permiso tácito para objetizarnos. Muchos crímenes de violencia sexual contra las mujeres quedan impunes porque ni el criminal, ni el policía ni el juez ven nada raro en asumir que la mujer dijo sí de una manera tácita “con su ropa”, “con su coqueteo”, o incluso con su “no”.

“No es un escándalo, es un crimen sexual”. Eso dice la actriz Jennifer Lawrence en la última edición de la revista Vanity Fair al referirse al robo y divulgación en Internet de fotos suyas, desnuda. Dice Lawrence: “Yo no les di permiso de mirar mi cuerpo desnudo”. De eso se trata todo. Al hacerlo, trae al centro del debate un detalle que suele escaparse en los pie de página, aunque debería ser el centro de cualquier argumentación que tenga que ver con poder y sexo: el consentimiento.

Como lo señala Jessica Valenti en The Guardian, hace unos años, la reacción a escándalos similares era totalmente diferente. Cuando esto le sucedió a la estrella de Disney, Vanessa Hudgens, en el 2007, el vocero del canal dijo que ella había cometido un “error de juicio” y que esperaban que hubiera “aprendido una lección valiosa”. Lawrence, en cambio, dice en Vanity Fair que ella no tiene ningún motivo para pedir disculpas, y va más allá: declara que ha sido víctima de un crimen sexual, y que cada vez que alguien mira las fotos sin su consentimiento está ayudando a maximizar ese crimen.

En la cultura machista de “Occidente” a los hombres no se les enseña a pedir consentimiento ni a las mujeres a darlo. De hecho, es muy popular aún la creencia de que cuando las mujeres decimos “no” nos estamos “haciendo las difíciles” y que es un llamado a insistir más, una forma de “seducir”. A las mujeres nos enseñan que admitir lo que queremos, tanto en la cama como en el trabajo, está siempre mal. Rara vez los amantes buscan y piden señales de consentimiento explícitas y el origen de muchos crímenes sexuales viene de asumir que al cerrarse la puerta de la habitación uno firma un contrato en el que accede a todo y cualquier cosa. Es una cultura que permite y facilita la violación.

La cosa está tan incrustada que en el pop hay miles de violaciones que pasan desapercibidas y son normalizadas. Podemos empezar por las películas de James Bond, en las que las chicas suelen decirle “No, James, No” y después la pantalla se va a negro. O para no ir muy lejos, en la última temporada de Game Of Thrones (en su versión para televisión, en los libros es diferente) Jaime Lannister (¡Spoiler alert!) empieza a tocar a su hermana gemela Cersei junto al cadáver del incestuoso e ilegítimo hijo de ambos. Ahora, para los estándares de Game Of Thrones nada de esto es un escandaloso, pero sucede que Cersei les dice “No”. Y Jaime la viola. Ni más ni menos. Ella dice “No” y él se fuerza sobre ella. La viola. Al mejor estilo de James Bond.

El problema no es si una mujer se toma o no selfies desnuda o para qué o quién. El problema no es si su vida sexual está atravesada por protocolos de seguridad. El problema nunca ha sido cuál es la naturaleza específica de las prácticas sexuales, si son fotos de desnudos, o sadomasoquismo, o sexo en estado de ebriedad, o ni siquiera que el cuerpo de una mujer sea objetizado. Ninguna práctica sexual es aberrante en sí, más bien, la primera y más grande aberración que atraviesa todas las prácticas sexuales es hacer algo sin consentimiento de todas las partes.

El problema es que con demasiada frecuencia en todo lo que tiene que ver con el sexo, el consentimiento de las mujeres es algo que pasa a un segundo plano porque los crímenes sexuales tienen poco que ver con sexo, y todo que ver con poder. El poder que se tiene sobre el cuerpo de otra persona. Como su cuerpo es mío, por eso no tengo por qué preguntarle qué puedo o no puedo hacer con ella.

No pedir consentimiento es violento. Esto es un mensaje que tiene que calar en nuestras prácticas sexuales y románticas de la vida cotidiana. Para evitar y reducir los crímenes sexuales, nuestra sociedad debe educarse para entender que el amor y/o el buen sexo empiezan con un sí.

Una vez contó John Lennon a David Sheff en una entrevista para la revista Playboy la historia de cómo se enamoró de Yoko. Lennon estaba en la galería de arte “Indica”, en el centro de Londres, noviembre 9 de 1966. El arte de vanguardia que se mostraba en la exposición lo aburría, le parecía una “posuda orgía artística”. Una mujer americana de rasgos asiáticos que paseaba por la galería debió sentirse igualmente decepcionada cuando le presentaron a la estrella de rock multimillonaria, y simplemente le entregó un papel en el que se podía leer “respira”. Entonces Lennon se encontró con la instalación del performance de la mujer, Yoko.  La instalación consistía en una escalera que llevaba a un lienzo suspendido en el techo en el que, con la ayuda de una lupa se podía leer una palabra. Lennon tenía muy bajas expectativas, le parecía que todas las obras expuestas en la galería eran una queja infinita, anti, anti, anti, anti todo hasta la náusea. Sin embargo,  Lennon cuenta que subió por la escalera, miró por la lupa. Leyó la palabra. “Sí”. Entonces Lennon pensó: de todas las palabras que habría podido encontrarme esta ha sido la sorpresa más maravillosa, en ese momento me enamoré de quien ahora es mi esposa.

Nada es tan sexy como el consentimiento.

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