Rebelión en la granja

Columna publicada el 21 de octubre de 2014 en Sin Embargo.

A comienzos del mes de octubre, el abogado Steve Wise y otros tres miembros del Nonhuman Rights Project (Proyecto de los derechos no-humanos) pusieron una demanda en el estado de Nueva York para pedir el estatus jurídico de “persona” para Tommy, un chimpancé de 26 años que permanece enjaulado. Un día después, Wise presentó otra demanda en Niagara Falls en nombre de Kiko, un chimpacé que vive desde hace años en una casa como animal doméstico. Dos días más tarde, Wise pasó una demanda en Long Island, pidiendo la libertad de Hércules y Leo, dos chimpancés usados para estudios de locomoción en la universidad se Stony Brook.

Todas las demandas hacen parte de un plan de activismo judicial que busca que se reconozcan derechos para animales-no humanos. El argumento de Wise es que los chimpancés tienen capacidades cognitivas para entender conceptos como futuro, presente y pasado, que son conscientes de sí mismos y tienen pensamientos y sentimientos complejos; por eso, deberían adquirir derechos como los de los humanos y llevar vidas autónomas.

Wise se apoya en científicos como Mary Lee Jensvold, una psicóloga experimental y ex directora del Chimpanzee and human Communication Institute, que trabajó 27 años con chimpancés para enseñarles lenguaje de señas. Jensvold concluye que hay riqueza conceptual en sus habilidades comunicativas que incluyen pensamiento simbólico, opiniones, referencias a eventos del pasado y del futuro y profundas habilidades cognitivas. También usa el testimonio del primatólogo Tetsuro Matsuzawa de la Universidad de Kioto, presidente de la sociedad Internacional de primatología que afirma que los chimpacés son capaces hasta de razonar matemáticamente, que pueden hacer planes y deliberar antes de tomar decisiones de manera que no todas sus acciones ocurren por instinto. La mundialmente reconocida Jane Goodall, hace parte del consejo director del Proyecto por los Derechos No-humanos, y habla de bailes y otras formas de cultura en los chimpancés.

Los simios no son los únicos con habilidades cognitivas avanzadas. Los delfines pueden reconocer su imagen en un espejo y algunos perros son capaces de imitar gestos de la cara de las personas o de reconocer emociones complejas. También hay que reconocer que los chimpancés, desde su composición cromosómica, no son tan distintos a nosotros como enseñan en el colegio. La evidencia científica puede llevarnos a decir que gran parte de la distinción entre los humanos y otros animales es construida, cultural, impuesta y, sobre todo, delimitada por nosotros en un intento por definirnos. Por eso, la pregunta por los “derechos de los animales” antes que legal o jurídica, es necesariamente un problema filosófico, ontológico, antropológico y epistemológico.

Decimos que la vida de los humanos tiene un fin en sí mismo. ¿Es esa nuestra diferencia con los animales? Algunos animales, como perros u otras mascotas, carecen de toda utilidad y pueden adquirir un “valor en sí”. Cuando decimos “Rufo es parte de la familia” estamos diciendo que el perro ha adquirido un fin en sí mismo, al menos para nosotros. Nuestra relación con los animales de compañía muchas veces ni siquiera es jerárquica, y es innegable que establecemos con ellos algún tipo de comunicación. Donna Haraway señala que hay un profundo placer y hasta dicha en compartir la vida con un animal de otra especie, cuyos pensamientos, sentimientos, reacciones y necesidades de supervivencia son diferentes a los nuestros. Somos nosotros, los humanos, los que podemos adjudicarle a un animal “importancia” pero esta importancia es externa, en cambio, la importancia de cada humano emana de sí mismo. Somos ese animal que inventó que había tal cosa como la “importancia” y que decidió que de ella se pueden derivar cosas que llamamos “derechos”. No sabemos si eso tiene “sentido” para cualquier otro animal.

El filósofo jurídico y jesuita Norbert Brieskorn dice que quienes intentan admitir derechos para los animales más desarrollados tendrán que dar respuestas a cinco preguntas: ¿deberían concederse derechos a seres que nunca podrán hacer uso de ellos?, ¿en que consistirá la ganancia en admitir derechos a animales que de todos modos ya estarían fijados en la ética humana?, ¿se debería tratar de una extensión de los Derechos Humanos a animales o de derechos extras?, ¿cómo debería ser juzgado en conflictos normativos entre derechos humanos y animales?, ¿en qué consistirá la legitimidad de aquellos que implementarán derechos de los animales en su nombre?, y ¿en que consiste la legitimidad de aquellos que violan a aquellos derechos o que no las implementan por no actuar en graves violaciones?

Tal vez la respuesta está en que los animalistas confunden derechos con deberes. No se trata de que les otorguemos derechos sin preguntarles, sino de que tenemos el poder y la obligación de cuidar a otros seres vivientes. Podemos argumentar que algunos animales son personas. Pero otorgarles derechos y decir que son legalmente personas presenta infinitos problemas. ¿A qué animales les daríamos derechos? ¿Hasta dónde llegarían esos derechos? ¿Tienen los tigres (o los perros) derecho a comernos para sobrevivir? ¿Deberían correr libres por las ciudades los hipopótamos y las panteras destruyendo casas y atacando personas, para que no coartemos su libertad y autonomía? ¿Llegaremos un día a hablar de los derechos de los virus?

Aquí también hay que decir que hablar de “derechos de los animales” también es antropocentrismo. Nosotros no podemos preguntarles y no sabemos si para ellos eso de “los derechos” es una estupidez rebuscada, tal vez si llegasen a entender que es “la libertad” nos dirían que es una idea ridícula. Nuestros pensamientos tienen todo que ver con la naturaleza de nuestros cuerpos. Si los humanos tuviéramos otros cuerpos, cuerpos que privilegien el olfato a la vista o cuerpos que pudiesen volar, tendríamos otros pensamientos.

¿Quiere decir esto que los animales deben quedar desprotegidos? ¿Quiere decir que podemos explotarlos a lo que da? No. Primero porque la explotación salvaje va en detrimento de delicados equilibrios naturales que, cuando se desestabilizan, suelen afectarnos de manera negativa e incluso pueden poner en peligro nuestra supervivencia. Sí, esta es la razón egoísta.

La segunda razón, en cambio, es que somos capaces de sentir empatía, compasión, aprecio, y hasta amor por animales de otras especies. Decimos que un animal sufre porque proyectamos nuestra experiencia del dolor, pero en realidad no sabemos si los animales “sufren” en el sentido propio de la palabra. Sufrir y sentir dolor no son equivalentes: hay dolores placenteros, y placeres que hacen sufrir. Tal vez nosotros “sufrimos” más al ver morir una vaca que la misma vaca, pues el sufrimiento tiene una serie de prerrequisitos históricos, estéticos y morales que no sabemos si existen en algún animal. Lo que sí podemos es saber cuando algo les agrada o no, cuando algo les duele o les gusta. La crueldad con los animales es inmoral, pero no porque ellos entiendan qué es crueldad o que es moral, sino porque lo entendemos nosotros y con eso basta. Puede ser que los animales no tengan derechos, pero nosotros, sin duda, tenemos responsabilidades con ellos, y no cumplirlas debería tener consecuencias legales y penales.

Una importante mayoría de personas está de acuerdo en que está mal maltratar a una buena parte de los animales. Sin embargo hay que notar, que a los animalistas les preocupa el maltrato a los caballos, pero no tienen remilgo alguno en matar un mosquito. La empatía por los perros y los gatos es muy popular pero cuando se trata de los toros nuestra empatía está dividida (por clase). En ciudades como el D.F. están prohibidos los circos, pero no las corridas. Los insectos tienen sólidas organizaciones sociales, pero nadie aboga por los derechos de los chapulines, y las ratas tienen sistema nervioso, pero su sufrimiento nos importa muy poco. Es decir: todos los animales somos iguales, pero unos somos más iguales que otros.

La diferencia entre humanos y animales no-humanos es arbitraria y a la vez radical. Es evidente que es un abogado, humano, quien pone la demanda por la libertad y/o derechos de los chimpancés. No sabemos qué piensan Tommy, Kiko, Hércules y Leo, no tenemos cómo preguntarles qué preferirían, o que significa para ellos el bienestar. A partir de nuestras observaciones nosotros hemos llegado a unas conclusiones que solo son probables. A partir de estas deducciones decidimos qué es lo mejor para ellos desde el exterior. Siguen siendo “menores de edad” en el sentido kantiano, no tienen manera de ser dueños de su de destino, o al menos no dentro de las lógicas humanas (en las que se usa el complicado y hasta innecesario concepto de “destino”).

Es complicado pedir derechos para los animales cuando aún no hemos sido capaces, como especie, de garantizar derechos para todos los humanos. En vez de caer en la arrogancia de creer que sabemos qué quieren los animales, deberíamos entender que la protección y el bienestar de otras especies es una obligación moral que se deriva de la protección de la dignidad humana. Un animal protegido no será más humano, pero sí es más humano quien protege a los animales.

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