Recogiendo maíz

Columna publicada el 24 de octubre de 2014 en el Espectador.

“¿Quién? ¿Quiénes? nadie. Al día siguiente la plaza amaneció barrida; los periódicos dieron como noticia principal el estado del tiempo y en la televisión, en el radio, en el cine, no hubo ningún cambio en el programa, ningún anuncio intercalado ni un minuto de silencio en el banquete (pues prosiguió el banquete)”.

Estas palabras de Rosario Castellanos están en una placa de la plaza de Tlatelolco, donde ocurrió una masacre de estudiantes el 2 de octubre de 1968; una de las heridas más hondas que guarda México y que se conmemora todos los años con una marcha multitudinaria. Recientemente, y en macabra analogía, el Diario de Guerrero tituló “Por fin se pone orden”, tras la desaparición de 43 estudiantes en la ciudad de Iguala, en el conflictivo y pobre estado de Guerrero. “La acción de la Fuerza Estatal y Militares para evitar que vándalos de Ayotzinapa robaran autobuses fue motivo de aplauso público”: fue la versión mexicana de nuestro oscuro “no estarían recogiendo café”.

José Luis Abarca, alcalde de Iguala, es un hombre rodeado de terribles historias, como que su contendor a la Alcaldía muriera baleado hace año y medio. Abarca también tiene 11 familiares en la nómina, incluida su esposa, María de los Ángeles Pineda, cuyos hermanos, al parecer, mantenían vínculos con grupos de narcotraficantes y el crimen organizado. Dos están muertos y uno capturado. Pineda tenía intenciones de suceder a su marido en la administración y se notaba en los fastuosos actos políticos que organizaba. También ostentaba con gusto una frase que en Colombia es una amenaza de muerte: “no sabes con quién te metes”. Así le dijo a Arturo Hernández, líder y activista, un mes antes de que desapareciera. Un testigo, Nicolás Mendoza, dice que Abarca en persona le pegó a Hernández un tiro en la cabeza.

Hernández fue el primer desaparecido. El 26 de septiembre, dos buses provenientes de la Escuela Normal de Ayotzinapa, una escuela con una larga tradición de protesta social, se dirigían a un evento en el que Pineda lanzaba extraoficialmente su campaña política. Pineda le dijo al director de la Policía que los estudiantes iban a “aprender a las malas”. Tras enfrentamientos con la Policía, los estudiantes, que no estaban armados, regresaron a sus buses, pero fueron perseguidos salvajemente por la fuerza pública y varios sicarios. Cuarenta y tres fueron secuestrados por la Policía y al parecer entregados a una fracción violenta de los Guerreros Unidos. Abarca, Pineda y el director de la Policía se esfumaron. Desde entonces se han encontrado 19 fosas comunes. Para mayor horror, ninguno de los cuerpos corresponde a los estudiantes. No hay información sobre los autores intelectuales. Peña Nieto, muy bien entrenado por Televisa en luces y maquillaje, trató de hacerse el de las gafas, aunque en México, entre 2006 y 2014 han desaparecido más de 22.000 personas.

Estas noticias son terriblemente familiares para los colombianos. Según nos dijo la ONU el año pasado, en el país hay 4.716 denuncias por homicidios perpetrados por agentes del Estado (que no se conmemoran con placas o marchas). Cuarenta y tres no nos parece un número escandaloso. México, afortunadamente, aún se indigna y protesta, incluso a pesar de un gobierno que no les hace caso a los ciudadanos y que nos creyó el cuento de que la seguridad democrática funciona (no les dijimos que los falsos positivos aumentaron en un 150% en tiempos de Uribe, ni que nuestro actual presidente era ministro de Defensa cuando las ejecuciones de los jóvenes de Soacha). Ante un Estado violento, incompetente e indiferente, la protesta ciudadana (y la indignación y la conciencia) son la diferencia más importante entre el futuro de México y el pasado de Colombia. La “colombianización”, más que con el narco, tiene que ver con la indolencia.

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