Remolinos

Columna publicada el 1 de noviembre de 2014 en El Heraldo.

Esta semana El Heraldo, en conmemoración de sus 81 años documentado eso que fluidamente llamamos “la costeñidad” publicó un artículo con la respuesta de Juan Gossaín a lo que a todos nos gusta contestar: ¿qué es ser costeño?. En la Costa colombiana tenemos clarísimo que hay un ethos de lo Caribe, es un tema recurrente en nuestras conversaciones, música y literatura, y ese afán identitario surge en parte de un justificado narcisismo regional (yo también tengo la creencia de que “ser costeño es lo mejor”) y en parte de una resistencia a estereotipos sistemáticos que generan estigmas y que vienen de nosotros mismos y del resto del país.

Dice Gossaín, con mucha razón, que el ser costeño no se lleva por fuera sino por dentro y que tiene que ver con una actitud ante la vida y ante la desgracia. “¿Qué hace el costeño frente a la poesía de la vida?, se pregunta Gossaín y él mismo responde: se sienta, escribe, compone canciones.” Remata con una segunda definición brillante, que el costeño ve el mar como parte de su vida: “El mar es el horizontal perfecto. Usted mira y no termina de mirar, porque no tiene límites. Un hombre que mira y no tiene límites ante sus ojos es una persona que puede imaginarse lo que quiera”. Desde el mar, también podemos hacer una definición negativa de lo que significa ser costeño, decía Manuel Zapata Olivella “La nostalgia es un Caribe en gabardina”.

Hasta aquí lo que tenemos es un costeño contemplativo y romántico, buscando el sosiego de cada segundo en el placer estético de las ironías del mundo. Ese es el Caribe que más nos gusta, con el que podemos identificarnos si remilgos.

En las mismas páginas y durante la misma semana, aparece retratado un perfil de la costeñidad que nos cuesta asumir como nuestro como propio: María Niño gritando entre las canoas “Tu tormento soy yo”. A Niño la traemos a nuestras conversaciones para burlarnos, para hacer chistes clasistas (como la gran mayoría de nuestros chistes) y los medios, aburridos de hacer periodismo, la llamaron a entrevistarla y preguntarle si es verdad que ella satisface mejor al marido de otra. En las burlas, no vemos que este personaje, tan distante del esteta reflexivo que pinta Gossaín, también representa el ethos de lo costeño. Ella, segura y empoderada, como si fuera la admiradísima mamá de El Flecha, no tiene problema alguno en gritar lo que considera cierto, en las frases más insólitas, para que la brisa del río le lleve su mensaje a la orilla. Me dirán que es ordinaria, que no es una mujer educada, pero en un mundo que nos dice permanentemente que calladitas somos más bonitas, hay que guardarle una cierta reverencia a la valentía de la mujer que grita.

En realidad, cualquier intento por definirnos es una quimera. Las definiciones no son definitivas. Los Caribe no somos de una manera especifica, ninguno se ajustará por completo a la regla. Eso dicho, nuestro afán por decir cómo somos y cómo no somos deja mucho que pensar. Cuando en el artículo de Gossaín se dice que “costeño no es el que más grita” y en la página de al lado se reportan los gritos de María Niño, se hace evidente una contradicción que no queremos asumir. Gossaín y Niño son caras de una cultura que nos atraviesa a todos. Así, el Caribe son los silencios y los gritos, la intelectualidad exquisita y la educación precaria: las corrientes encontradas que forman los remolinos de nuestro lenguaje.

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