Pastilla roja, pastilla azul

Columna publicada el 19 de noviembre de 2014 en Sin Embargo.

Cuando a mis 20 años decidí “perder” lo que creía que era una “virginidad tardía” le hablé a mi mamá para que me hiciera una cita con su ginecóloga (nerd alert). La ginecóloga me dió una charla básica de lo que tenía que saber, y con la ayuda de un diorama del aparato reproductivo me explico en qué consistían algunos métodos anticonceptivos y por supuesto, el más recomendado por la doctora fue la pastilla anticonceptiva, que anunció como un método efectivo, sencillo y no invasivo. Solo debía recordar tomármela todas las mañanas y esperar tres meses de uso antes de tener “relaciones sexuales” (que en este caso particular significaba “penetración”).

Desde entonces (es decir, 12 años) tomo la píldora sagradamente todas las mañanas y debo decir que ha sido efectiva en la medida en que nunca he quedado embarazada. Tampoco me ha producido trastornos hormonales ni emocionales (algunas amigas se quejan de esto), ni mayores incomodidades o efectos secundarios. En tiempos de largo verano (que es como los colombianos llamamos a la “sequía” de la abstinencia sexual involuntaria) la he seguido tomando, en parte porque me gusta saber cuándo me va a llegar la regla, porque me creí el cuento de que pone la piel y el pelo bonitos y claro, por puro pensamiento positivo. Es una intervención hormonal diaria sin la que ya no imagino mi cuerpo, una costumbre que además es postura política: que tener sexo no implique perder el control de la maternidad.

La píldora anticonceptiva (tan perseguida por cristianos y católicos) ha sido presentada como una forma de revolución sexual que permite a las mujeres decidir cómo y cuándo tener hijos. El 11 de mayo de 1960 la FDA gringa aprobó por primera vez la pastilla con fines de planificar la maternidad. Las feministas blancas de clase media alta de Estados Unidos y Europa se abanderaron de la causa de la pastilla, y hoy probablemente es el anticonceptivo más recomendado por los médicos y usado por las mujeres de todo el mundo. Hoy en día la píldora es usada por mujeres, hombres, y por mujeres trans, de manera consciente a manera de intervención hormonal en los cuerpos para ajustarlos a la elección de género.

Pero la cosa no es tan sencilla como que la pastilla trajo la libertad sexual a las mujeres. No hay biopolítica simple.

En 1969 Toni Cade escribió un ensayo muy importante para el movimiento de mujeres negras estadounidenses: “La píldora: ¿genocidio o liberación?” La píldora significó algo totalmente distinto para las “negras pobres” que para las “blancas ricas” en Estados Unidos. El movimiento a favor de la liberalización de la píldora coincidió con un fuerte movimiento de eugenesia que atacaba a pobres, a negros y a negros pobres. En tiempos de Roosevelt los gringos blancos tenían miedo de que los negros se sobre-reprodujeran y “se tomaran el país” (algo así como lo que está pasando hoy con los latinos con la diferencia de que hoy en día está mal visto hablar publicamente de eugenesia). Entre 1960 y 1970 esterilizaban a las mujeres negras a cambio de darles seguro médico o incluso a escondidas cuando iban por una cirugía de apéndice. Los abortos eran más baratos y mucho más accesibles para las negras, que encontraban médicos dispuestos en sus barrios y a la vuelta de la casa.

Además, Margaret Sanger, una de las más reconocidas activistas a favor de la liberalización de la píldora, con frecuencia es acusada de apoyar el movimiento eugenésico. En una conferencia dijo que eraconvenientee acabar con la procreación de los “no aptos” un término ambiguo que podía referirse a los pobres, a los negros o a los fetos con malformaciones incompatibles con la vida según el punto de vida (o prejuicio) desde donde se mire. Una versión más favorable dice que Sanger apoyó la eugenesia por motivos estratégicos aunque no estuviera de acuerdo con el control poblacional de razas.

Una de las principales detractoras contemporáneas de la píldora es el filósofa Beatriz Preciado, famoso por llevar sus experimentos teóricos a la corporalidad: es decir, experimenta inyectándose testosterona para discutir desde la filosofía, y desde su cuerpo, la naturaleza de esa categoría que llamamos género. Para Preciado, la píldora antconceptiva es “el panóptico comestible”, “la ortopedia social” que ha dado paso a la “microprostética sexopolítica.” “Se trata de un dispositivo ligero, portable, individualizado y afable que permite modificar el comportamiento, temporalizar la acción, regular la actividad sexual, controlar el crecimiento de la población infantil y diseñar la experiencia sexual (refeminizándola sintéticamente) de los cuerpos que se lo administran. La torre de vigilancia ha sido sustituida ahora por los ojos de la consumidora dócil de la píldora, que sin necesidad de mirada exterior, regula su propia administración siguiendo el calendario espacial propuesto por la plaqueta circular o rectangular.” Y sí, es cierto.

Para Preciado la píldora es “una microprótesis hormonal que permite, además de regular la ovulación, producir el alma del sujeto heterosexual mujer moderno. El alma químicamente regulada de la putita heterosexual sujeta a los deseos del bio-macho de Occidente. Fuera de este microfascismo pop, molecular y ultraindividualizado.” También llama la atención con suspicacia sobre cómo se ha privilegiado médica, mediática y jurídicamente por sobre otras formas de anticonceptivos menos tóxicos como el dispositivo intrauterino, la vasectomía, y sobre el hecho de que no se invierta en investigar al respecto de la anticoncepción hormonal masculina algo que seguro ya estaría en la farmacia más cercana si hubiera dinero y voluntad política.

De hecho, es bastante llamativo que los ginecólogos tengan por práctica común recomendar la píldora incluso a mujeres que se identifican como lesbianas. Tras un sondeo rápido con algunas amigas me cuentan que les recetan la píldora “por si acaso” como si los médicos asumieran su declaración de homosexualidad como “una fase” o con el argumento de que embellece cabello y la piel, que en realidad es una manera de decir que los “feminiza” lo cual, claro, tiene implicaciones estético-políticas. Es común que la pastilla se sobre-diagnostique para controlar condiciones de acné que no necesariamente tienen que ver con trastornos hormonales, o que se diagnostican esos trastornos hormonales sin mucha evidencia recomendando la píldora como un tratamiento de control cuya normalidad tiene que ver con reducir los andrógenos. Por otro lado cierta literatura médica sugiere que tener ciclos anovulatorios (esto es lo que hace la píldora) impacta directamente la fertilidad y la cantidad de óvulos disponibles para cuando uno finalmente tome “la decisión de gestar”. Finalmente algo clave: en algunas mujeres la pastilla reduce la líbido, algo que como nos muestra el ejemplo de la Virgen María, es una forma de control de la sexualidad. ¿De qué sirve la revolución sexual si uno ya no quiere coger?

Hoy en día uno tendría hacerse una serie de preguntas obligadas antes de elegir a la píldora como método anticonceptivo: ¿La pastilla nos ha liberado del riesgo de un embarazo indeseado o nos ha sometido a intensos controles diarios de nuestro cuerpo? ¿Ha servido para que los hombres heterosexuales se desentiendan del todo de su responsabilidad en la concepción dejándonos a nosotras la tarea de tomar la píldora mientras ellos ni cargan condón? ¿Ha ayudado a madres e hijas a hablar sobre sexo o las mamás aún creen que sus hijas las toman para controlar los cólicos? ¿Es una forma de darle autonomía a las minorías o (aún) una manera de bio-controlarlas?

Algo que debe ser claro al referirse a la píldora es que su uso es una intervención biológica, masiva y mundial en los cuerpos, y que es un fármaco que tiene que ver con la salud, con el proyecto de vida y que sus efectos son terapéuticos, recreativos y cosméticos. En esa medida decidir usarla nunca puede ingenuo, o casual y muchísimo menos puede ser una obligación o un mandato estatal. Su consumo tiene todo que ver con el género y la construcción de identidad y por eso tiene que pasar por el derecho del libre desarrollo de la personalidad y la autonomía farmacológica. La píldora no es buena ni mala en sí misma: tomarla puede significar colaborar con el control biopolítico de los cuerpos de las mujeres y fomentar las estéticas heteronormadas e impositivas de la feminización, o puede ser una manera en que las mujeres toman control sobre su cuerpo y su sexualidad sin estar amarradas al azar de la reproducción y la maternidad. La píldora anticonceptiva a la vez “la pastilla azul” y “la pastilla roja”, solo que en este caso, el color depende de la intención.

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