Perfil o identidad

Columna publicada el 19 de noviembre de 2014 en El Espectador.

Antes Facebook animaba a los usuarios a dar su “nombre real”, pero bastaba con poner dos palabras que semejaran el formato de un nombre para abrir la cuenta.

Hoy en día la red especifica claramente qué tipo de nombres no están permitidos: no se pueden símbolos, números, “mayúsculas inusuales”, caracteres repetidos (¿?), títulos profesionales o religiosos, palabras ofensivas o sugestivas. Claramente la compañía norteamericana no imagina los nombres de fábula que hay en nuestra Registraduría. “El nombre que uses debe ser tu identidad verdadera, tal y como tus amigos te llaman en la vida real y como mostrarían los documentos de identificación válidos”, “Los apodos están permitidos, pero solo si son una variación del nombre real”, y finalmente Facebook sentencia: “No está permitido hacerse pasar por algo o alguien”.

Las primeras quejas a la medida aparecieron en la comunidad queer, pues Facebook cerró las cuentas de varias drag queens en San Francisco por no dar “sus verdaderos nombres”. Hay muchas otras razones para no usar el nombre real en Facebook: por seguridad, algo especialmente importante para activistas y defensores de derechos humanos; para ampararse en la libertad de la parodia; para stalkear; para cometer delitos o simplemente para aprovechar la posibilidad de resignificarse. Sin embargo, los espacios para el álter ego cada vez se ven más limitados en Internet. Para Facebook, al menos, eso se acabó. Dice que es por nuestra seguridad, pero en realidad se trata de que tiene todos los medios para monetizar nuestra identidad. Facebook se está convirtiendo en la identificación para todo en Internet: se usa para comprar, para hacer comentarios y para conectarnos a muchas otras redes. Llegará el día en que oficiará como la cédula colombiana, sin cuyo número no se puede ni pedir una pizza a domicilio.

Crear una identidad en una red de internet fue el culmen de la autodeterminación, el fugaz climax del “yo decido quién soy”. Además, desde el pseudónimo, álter ego o anonimato, se pueden decir cosas que tal vez no diríamos en la vida tridimensional, que a veces parece tan limitada. Las nuevas políticas de Facebook evidencian un cambio de paradigma: la existencia online ya no se trata de crear una vida paralela, sino de que “la vida online” sea parte integral de “la vida real”.

Aunque el anonimato se presta para engaños y matoneos, es clave para defender los derechos a la autodeterminación y la libertad de expresión. Por eso, aunque Facebook sea tan cómodo, es un deber con estos derechos usar, mantener y defender los espacios que aún permiten el anonimato online.

Por eso, es importante procurar que nuestra identidad no sea “Facebookcéntrica”. Una forma de resistencia es mantener identidades paralelas en comunidades digitales distintas, de esa manera se dispersa el poder nodal de la compañía. Hay que entender que la comprensión de identidad de Facebook es unilateral, anglosajona, simplista y necesariamente insuficiente ante la complejidad de las identidades posmodernas; identidades multiavatar. Tampoco debemos caer en la ingenuidad de creer que una red social, por omnipresente que sea, es espacio público o garante de derechos. Las redes sociales son espacios privados, como todos los espacios de Internet tienen dueño y cada uno tiene sus propias reglas. En ese contexto, la posibilidad de anonimato, cada vez más limitada, es hoy más que nunca una postura de resistencia política que asume cada red y cada usuario en el complejo y desigual territorio de Internet.

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