Cuando las feministas “se pasan”

Columna publicada el 25 de noviembre de 2014 en Sin Embargo.

Una de las últimas trifulcas de nuestro barrio de internet tiene que ver con la camisa playera que usó en televisión el científico Matt Taylor, quien recientemente logró la hazaña de aterrizar una sonda espacial en un cometa. La camisa está ilustrada con dibujos de una mujer rubia en un corsé cargando una pistola. No conocemos todas las referencias de la imagen. Sin embargo, en el contexto en que Taylor se mueve, es uno (como muchos) dominado por hombres, y la camisa puede generar lecturas sexistas que comentaron algunas feministas en Internet.

Corte a: el tipo pidiendo disculpas en llanto porque la “horda feminista” lo había “linchado” en redes sociales y otros defendiéndolo diciendo que por qué “las feministas” se enfocan en su camisa y no en la proeza científica; ¡se pasaron las feministas!

Un lugar común (bastante flojo) es asumir las críticas de las feministas como si fueran una horda rabiosa (irracional, pero coordinada) que viene a “censurar” el sexismo. Esta reacción es sistemática y recurrente, especialmente en Internet. La reacción es extraña porque las feministas militantes siempre hemos  sido más bien pocas, y las que estamos en internet somos menos (aunque cada vez más). Tampoco estamos organizadas de manera unívoca y vertical para perseguir o dificultar el pleno goce de derechos de un grupo por la sencilla razón de que eso, es ni más ni menos que El Patriarcado; el sistema que intenta desmontar toda feminista.

En un artículo al respecto de la “polémica” playera, en The Atlantic, Conor Friedersdorf cita un post de Ken White que explica que esa percepción de “horda furiosa” en redes sociales se debe a que muchas personas empiezan a hablar de lo mismo al tiempo. Esto no quiere decir que estén coordinadas u organizadas, o que sus ocurrencias del momento sean una forma sistematizada de censura. No lo son. Especialmente cuando solo son críticas, no demandas, ni denuncias, ni amenazas. Dice Friedersdorf: “1) Varias personas criticaron la camisa de un hombre en las redes sociales, 2) pocos medios u opinólogos se unieron a la crítica, 3) el hombre lloró en una breve disculpa en televisión, 4) volvimos  hablar de su fantástico logro. No hubo denuncias, nadie pidió que lo despidieran, aceptaron su disculpa.” Entonces, ¿por qué tantas personas acusan a la crítica feminista de ser un “linchamiento”?

Citando al bloguero Rod Dreher, Friedersdorf intenta una respuesta. Dice Dreher “Ser avergonzado en Internet por feministas está a galaxias de distancia de ser linchado.” Friedersdorf propone la siguiente analogía:

“Las hordas linchadoras de la vida real son a ser asesinado lo que las hordas linchadoras feministas de internet son a pedir disculpas. La analogía no funciona.”

Recibir críticas injustas o ridículas en Internet es normal (lo sabemos mejor que nadie las feministas). Pero de ahí a que esas críticas tengan consecuencias en la salud, la vida o el trabajo de alguien hay un largo tramo. Sin embargo, como señala Ken White, cuando se habla de una “horda linchadora” lo que se está diciendo es que quienes critican son irracionales, viscerales, sin control de sus emociones, siguiendo una moda. Es el mismo truco con el que se ha deslegitimado desde siempre lo que decimos las mujeres. Además, se está diciendo que la crítica equivale al daño personal o físico. Hay una grandísima diferencia entre rebatir una crítica con argumentos y descartarla de antemano por ser histérica aunque no lo sea. Taylor, el científico, podía decir “creo que no tienen razón porque la camisa me la regaló una amiga y me pidió que la usara”, o “creo que tienen razón y fue una camisa inapropiada” y sin problema mayor seguir hablando de su cometa. No fue censurado. No estaba amenazado. Porque lo único que recibió fue eso, críticas, y criticar no es censurar. Criticarnoescensurar, c r i t i c a r  n o  e s  c e n s u r a r .

En cambio, cuando se deslegitima a priori una crítica, buena, mala, exagerada o no, por venir de un grupo específico, en este caso feministas, se está discriminando o, como mínimo, estigmatizando con fines discriminatorios.

Otro ejemplo en Colombia: La revista Soho, es una publicación soft porn para oficinistas que se balancea con crónicas de largo alcance, escritas por reconocidas firmas (un ejercicio del que han salido cosas malas, pero también cosas muy buenas). Soho, “solo para hombres” se precia de desnudar mujeres en sus páginas y de ayudar al yuppie heterosexual a “levantárselas”. Para la segunda tarea acaban de diseñar un App para “reportar viejas buenas”. El App no sirve para nada, ni para conocer a las mujeres ni nada, solo funciona para hacer un coro morboso cantado por hombres patéticos que no se atreven a hablarle a las mujeres.

La escritora colombiana Carolina Sanín, escribió señalando el absurdo sexista del aplicativo. Entonces, Julio César Londoño, uno de nuestros machos intelectuales peliblancos, le contestó a Sanín en otra columna, donde la reduce de interlocutora a objeto de el App, con un comentario sobre su apariencia, y el único argumento que ofrece es que su columna “hiperestética” era una exageración. ¡Es que ven “género” en todo!, dice Londoño.

Eso es porque: ¡hay género en todo!

Solo un hombre intelectual blanco, con todos los privilegios de hombre intelectual blanco, puede pensar que hay cosas que no están mediadas por el género. De hecho esta “torcida de ojos” al decir que “las feministas son exageradas” es un gesto muy común al interior de los grupos más progresistas de los movimientos sociales que también están llenos de -¿bienintencionados?- machos, incapaces de contar sus privilegios.

Y no es que “las feministas” que, por cierto, no somos un grupo homogéneo, debamos “ocuparnos de problemas más graves como la violencia sexual” y dejar de comentar Apps y camisas. Nos ocupamos de eso. Cada una se ocupa de algo. Nos ocupamos de todo. Todas las críticas apuntan a desmontar un sistema en que las mujeres somos vistas como objetos, una mirada que es opresora y que tiene muchas consecuencias en nuestras vidas, desde que no tomen en serio lo que decimos hasta que nos maten. La violencia de género contra todo lo femenino hace parte de un sistema que lo engloba todo, y que está lleno de sutilezas, y por eso es importante mirar todo, ¡todo!, con perspectiva de género. No es que los comentarios sobre la violencia de género sean una crítica adyacente a los problemas sociales, el sexismo es un problema trasversal y si no se resuelve no podremos hablar jamás de igualdad de derechos. Algunos dicen que el feminismo es una cantaleta monotemática pero es porque no ven que lo realmente repetitivo es machismo que se cuela en todos los ámbitos de la vida. Señalar ese machismo no es hacer ruido, es visibilizar un problema que si no se reconoce no puede resolverse.

Falta mucho para que vivamos en un mundo en dónde el género no sea relevante. Mientras tanto, las feministas de todos los tipos y en diversas maneras, señalarán la mirada patriarcal que tanto daño nos hace y nos ha hecho. Cuando nos dicen que las feministas “nos pasamos” en realidad lo que nos están diciendo es que hay una línea invisible para lo que, en tanto mujeres, podemos decir o hacer. Las feministas sabemos que esa línea no existe y las mujeres hemos estado calladas mucho tiempo, no llevamos más de cien años hablando y votando y todavía tenemos muchísimo que decir.

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