Sombras

Columna publicada el 29 de noviembre de 2014 en El Heraldo.

En el 2012 era mi primera vez en Europa (por un viaje de trabajo) y aproveché para visitar un lugar que de alguna manera ya conocía: el Museo del Prado. Digo que lo conocía porque cuando era estudiante de Artes Plásticas, memorizaba las imágenes impresas en libros de historia de E. H. Gombrich (que hace las veces de la Anatomía de Grey para los artistas). Si quería ver más imágenes iba a hojear los libros de la biblioteca (no tenía dinero para comprar ninguno) o en casa de algún amigo (no tenía ni computador ni internet en casa) visitaba el archivo de Artchive.com (no había tantas imágenes en la red). Por supuesto, nuestras clases de Historia del Arte se dedicaban en gran medida al arte europeo y en los exámenes teníamos que decir de memoria autor, técnica, período, etc. Pensábamos con estas imágenes, eran nuestros referentes, nuestro vocabulario.

Muchos años más tarde, en el Museo del Prado, me enfrentaba a esos cuadros que durante tanto tiempo había memorizado. Mi tesis de Artes consistió en una apropiación de varios cuadros religiosos icónicos (los había copiado al detalle en lienzos de gran formato, haciendo algunas intervenciones). Me los sabía de memoria. Pero nunca los había visto. Nunca los había visto en vivo, solo en reproducciones de internet o impresiones de cafetería. En ese momento, frente a la Anunciación, de Fra Angélico, veía por primera vez las pinceladas y entendía por qué este arbusto no me había quedado bien o qué color debí usar en aquello.

Fue muy emocionante ver por fin estos cuadros de cerca, pero también muy triste. Me di cuenta de que ser latinoamericano (colombiano en particular) y ser estudiante de Artes (o de cualquier cosa cuyo canon resida en el Viejo Continente, es decir, casi todo) es pensar con unas palabras o con unas imágenes a las que no tenemos acceso. En mis libros de cuentos hablaban de nieve, lobos, arándanos, cosas que yo jamás vería en Barranquilla (arena, icacos e iguanas) pero que a punta de imaginármelas me parecían de lo más natural. Las imágenes con las que construimos nuestros mundo los latinoamericanos son las sombras de las que hablaba Platón, las sombras de las cosas reales que son proyectadas en la caverna. Esto sucede en parte porque hemos crecido mirando hacia otro lado, al otro lado de todos los charcos, donde se inventaron el canon.

Hasta que llegó Gabriel García Márquez, y con su obra, el canon se escribió aquí. Y les habló a ellos de las guayabas, de los patios, de la risa y el desamparo que nosotros sí podíamos ver y tocar. Serán ellos, los gringos y europeos, los que tendrán que viajar para ver lo que veía Gabito. O no. Porque la Universidad de Texas, ante lo que parece una flojera endémica del Ministerio de Cultura (es que también hay cachacos flojos) acaba de comprar el archivo de la biblioteca de Gabriel García Márquez. En su comunicado, MinCultura dice que hicieron el intento pero que igual el archivo está mejor allá, acompañado de los libros de Borges (y probablemente es cierto). Pero está mejor no tanto porque ellos sean buenos como porque nosotros somos mediocres. Así que los colombianos que estudien a Gabo, nuestra esquina del canon, van a tener que viajar, conseguirse una beca, saltar el charco para conocerlo de cerca, o simplemente y como con todo, imaginarse los libros desde las sombras de su biblioteca.

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