La fiebre amarilla

Cuento publicado en Diciembre 2014 en la antología número 5. de “Cuentos de La Cueva por Colombia”

We are ugly, but we have the music.

Leonard Cohen

Un momento perfecto. Resuelto. Las barreras del cuerpo parecen diluirse con todo alrededor. El breve instante en que es claro el monismo de Spinoza: todo una misma cosa, y mi piel era en ese momento un atributo desdibujado que se confundía con la suya y con las cobijas del hotel, y las flores rojas que asomaban por la ventana.

Me habían enviado como periodista a cubrir un foro en Costa Rica. La víspera del viaje mi compañero de oficina me preguntó si ya tenía la vacuna de la fiebre amarilla. ¿Qué? ¿La piden? Claro. ¡Pero, nadie me ha dicho nada! La piden. Si no, no te dejan subir al avión. Y tienes que ponértela 10 días antes mínimo. ¿No la tienes?

Bueno, sí tenía la vacuna. Me la había puesto hacía 7 años, en el 2006, para ir a pasar año nuevo en medio del río Orinoco, en una islita junto a la selva venezolana. Fue un viaje increíble. La belleza y la imponencia del paisaje eran aún más conmovedores porque yo estaba perdidamente enamorada del chico con el que viajaba. El sujeto fue sin lugar a dudas el peor de mis novios, pero esos días en el Orinoco fueron un onírico paréntesis de perfección (que hoy le atribuyo a los desvaríos de la vacuna).

Nunca le vi utilidad al certificado, pero igual lo guardé en la billetera. Desde entonces me han robado mis papeles quién sabe cuántas veces y jamás me preocupé por sacar una copia.

Busqué en internet a dónde ir. Solo seis lugares en la ciudad están autorizados para poner la vacuna de la fiebre amarilla y todos quedan lejísimos. Salí corriendo al hospital Lorencita Villegas. Corriendo no. Estuve atorada en un taxi en medio de la lluvia por al menos una hora. Cuando llegué, le conté a la enfermera que yo ya tenía la vacuna, que si podía darme el certificado. No podía. Tampoco estaba dispuesta a ponerme la vacuna porque dijo debían pasar 10 años. Años. Pero no se preocupe, me dijo. Vaya a donde le pusieron la vacuna y allá debe haber un registro con su nombre y le dan una copia.

Yo no tenía ni la más remota idea de dónde me había puesto la tal vacuna. Por esos tiempos yo era una universitaria de 23 años planeando un viaje romántico. El pinchazo debió sentirse como parte del flechazo.

Por sentido común concluí que debí habérmela puesto en el aeropuerto, así que tomé otro taxi que me llevó hasta nuestro flamante El Dorado, aún en obra. Allí me dijeron que caminara hasta el aeropuerto viejo. En el aeropuerto viejo me dirigieron hasta el último rincón. Allí no había nada. Tiene que devolverse y salir por la acera. Caminé de regreso y salí por la acera del aeropuerto viejo. Mientras tanto llamaban de la oficina. No contesté pero apuré el paso. Al final del andén no había nada tampoco. Tiene que devolverse, señorita, a la parte nueva, y ahí sí salir por el andén y caminar hacia unos árboles. Tras los árboles había que pasar un parqueadero y otro parqueadero. Después un pedazo sin pavimentar lleno de charcos, pequeños cultivos de dengue. Al lado una casuchita blanca con un letrero que decía “Sanidad”.

Esta enfermera me dirigió a un cuarto con folios empolvados y me dio dos libros que corresponden a los últimos meses del 2006. Estornudé. Busqué diligentemente mi nombre pero no había nada. Nada. Puedo volver a ponerte la vacuna, dijo la enfermera, y me puso la dosis que me tendría con escalofrío y presión baja el resto del día. Me dio un carnet amarillo donde se leía claramente 30 de abril de 2013 en tinta de sello, imposible de alterar con un esfero. Después de otra hora de trancón llegué a la oficina a mojar el carnet en un vaso de agua, darle pequeños golpes de tinta a ver si convertía el 3 del 2013 en un 0. Lo dejé a secar al sol y por la noche en la casa terminé el trabajo con el secador de pelo. Quedó hecho un desastre. La fecha a duras penas se leía. A la madrugada siguiente, diría que me había ido de camping y que había sido un accidente. Crucé los dedos para que dada la hora, y ya que era 1 de mayo, festivo, me dejaran pasar.

Llegué amanecida al aeropuerto porque un amigo cercano cumplía años. Salí de la fiesta a hacer la maleta, bañarme y volver a El Dorado. Estaba en el counter a las 5:30 de la mañana.

No aceptamos este carnet. Pero no se preocupe. Vaya a Sanidad del aeropuerto para que se lo pasen a un papel nuevo y no habrá problema. Abren a las 7 y abordamos a las 7:30. La esperamos.

Entre el trasnocho, los rezagos de la vacuna a duras penas pude disimular la angustia. Pálida, me senté en un café OMA mirando fijamente mi carnet corrugado. ¿No iba a poder ir a Costa Rica? ¿Y el foro? ¿Cómo me iba a perder eso? ¿Y los pasajes que se gastaron en mí? ¿Con qué cara iba a llegar a donde la enfermera del día anterior a decirle que mi certificado se había mojado en un camping? Pensé en ir hasta la Terminal de Transportes donde también ponen la vacuna, pero era de madrugada, era festivo, quedaba lejos, si me arriesgaba lo más probable era que me dejara el avión.

Pero en Colombia, hay un man para cada cosa. En Colombia todos sabemos conseguir pequeños servicios ilegales. Hacerme a un nuevo carnet no podía ser más difícil que conseguir un porro en la gasolinera que queda frente a In Vitro. No debía ser la primera persona con este estúpido problema. Empecé a mirar de forma significativa a todos los hombres que parecían ser regulares del aeropuerto. Finalmente uno me devolvió la mirada. Me acerqué. Le conté la historia del camping, una evidente mentira, pero era la única manera de empezar. El hombre, que además era guarda de seguridad privada, me miró de arriba abajo y guardó silencio antes de sonreír. Él es el duro de las vacunas. Y señaló a un hombre que bajaba por las escaleras eléctricas. Lo llamó. Me lo presentó. El hombre dijo que tenía un amigo, y que esto era muy frecuente, que lo acompañara al puesto de vacunación. Yo volví a contar mi historia a Nelson, (ya nos estábamos tuteando). No me creyó pero fue amable. Me dijo que le diera mi carnet viejo y que por 100.000 pesos lo tendría de vuelta antes del vuelo. Llegaría sobre el tiempo. Era muy temprano. Me dió su celular para ubicarlo y estar pendiente. Sí, podía pagarle a contraentrega.

El tipo volvió a 15 minutos de embarcar. En el carnet ahora decía 03 de marzo de 2013. ¿Pero no era del 2010? Dijo la señorita de Avianca. ¿Qué? No sé, no vi lo que escribió la enfermera. Por el afán. Ella o me creyó o tuvo compasión y decidió creerme. Llegué al avión sin aliento y solo volví a respirar cuando estaba en mi silla mirando por la ventana.

Así fue como llegué a ese momento incandescente en el que universo me guiñaba el ojo. Llegué al hotel. Vi a un chico pasar. Pude sentirlo ensartarse en los lugares más profundos de mi voluntad. Pregunté quién era. Lo ignoré con decidida intensidad.

Y me habló. De cumbias. Nos tomamos unos de whiskys. Me invitó un trago sin preguntar. Caímos barato. Tan natural que parecía irremediable. Tan fácil como un éxito pop. Yo no moví la pierna cuando puso su mano sobre mi rodilla. Me dijo vamos a escabullirnos. Me dijo me gustas. Nos dimos un beso. Fue como tirarse por un tobogán.

Así.

Fugaz.

Unas horas más tarde lo escuché pelear con su novia por Skype. No estoy seguro de qué somos, me dijo. Claro que tenía novia. No entiendo por qué está tan furiosa, añadió como pidiéndome consejo. No quise decirle lo evidente: tuvo sexo con otra. ¡Conmigo! Eso se siente. Su chica lo sentía. Normal. También era normal que tuviera una vida. Hace una semana yo me daba besos desganados con otra persona. Así que la cosa se puso un poco distante. No por eso me sentí menos feliz. El último beso fue frío, o así me lo pareció a mí. Espero que nos volvamos a cruzar, le dije. Seguro que sí dijo él. Yo, que soy agnóstica, no estuve tan segura.

Caminé hacia mi habitación para hacer la maleta. El vuelo de regreso a Bogotá salía en unas pocas horas. Recordé ese instante en que consideré no viajar. Al final no dependía de mí y tuve mucha suerte. Al mirarlo a los ojos cerquita mi cerebro dijo “te amo”. Mi boca se contuvo (porque a las malas se aprende la cautela), pero incluso en silencio, era una especie de triunfo; hacía mucho no sentía ese cosquilleo en la piel, esa luz entre mis costillas, como una llama milagrosa que se enciende de la leña mojada.

De manera que volví enamorada. Un amor imposible. Como más me gustan. No tengo hambre. Me río sola. Me da taquicardia. Siento que me ahogo al pensarlo feliz con su novia. Fiebre. Fiebre amarilla. Para eso no sirve la vacuna.

 

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