Perfiles VICE: Una mujer normal

Perfil publicado el 1 de diciembre de 2014 en Revista VICE.

“Antes de la cirugía yo solo podía mirarme del tronco hacia arriba; hoy puedo hacerlo de cuerpo completo”.

Andrea Camacho me cuenta su historia en la sala de su pequeño apartamento en el nororiente de Bogotá. Es una mujer rubia de 43 años, muy alta, de manos grandes, vestida de forma conservadora: un pantalón y un buzo azul con cuello de tortuga. Candy, una pequeña french poodle blanca, ladra hiperactiva alrededor de nosotras. En la sala hay sofás estampados de flores y una mesita vestida. Un olor a pastel recién horneado sale de la cocina. Desde la ventana, como es un piso alto, se puede ver el bosque de ladrillo de los edificios bogotanos. En mayo de 2012, Andrea ganó una tutela que provocó una sentencia revolucionaria por parte de la Corte Constitucional, la T-918/12, sobre el derecho a la identidad sexual. En ella, la Corte ordenó a la EPS Aliansalud que le practicara a Andrea una serie de cirugías que le permitieran “cambiarse de sexo”, considerando que, al negarle los procedimientos, la entidad había violado sus derechos a la dignidad, la identidad sexual, el libre desarrollo de la personalidad, la vida, la integridad física y la seguridad social. La Corte también ordenó a la Registraduría expedir un nuevo registro civil y cédula, pues hasta entonces los papeles de Andrea decían “Hernán”.

Hoy, Andrea se refiere a Hernán como “el otro personaje”. Me muestra la cédula que lo nombra y lo retrata furtivamente por unos segundos, no quiere ni mirarla ni repetir su nombre. “El otro personaje creó otra personalidad, una falsa, una que no era la que realmente debía existir. Hay cosas que el otro personaje tiene de mí porque al fin y al cabo nos criamos juntos, pero Andrea es una persona mucho más emocional, un poco más extrovertida, es una persona que se acepta, que se mira al espejo y se siente reconocida, que disfruta de pequeños placeres como que le abran la puerta y le digan ‘pase señora’. Eso el otro personaje lo odiaba porque era muy machista”.

Según el fallo, “Loreta'” (seudónimo que usa la Corte para referirse a Andrea), además de terapia psicológica y psiquiátrica de acompañamiento, tiene que recibir todo lo que implique la normalización de su proceso de feminización y todos aquellos tratamientos que el médico tratante y otros llegasen a considerar necesarios “para una óptima transición y vivir una vida digna libre de discriminaciones por el aspecto físico de su apariencia”. Andrea me cuenta que en su caso la primera cirugía fue la de reasignación de sexo. “Después vino la cirugía de feminización facial, que incluyó la frontoplastia y la disminución de ángulos mandibulares (yo me había hecho anteriormente la rinoplastia). No me hice la cirugía de senos porque en el nivel social donde me muevo una mujer con senos grandes es muy mal vista. Los senos que tengo son naturales; salieron por las hormonas femeninas que me pusieron. Los antiandrógenos me disminuyeron la libido, hicieron que me salieran senos y redujeron el vello facial casi hasta desaparecerlo”.

Con la sentencia, la Corte básicamente dice que las intervenciones en el cuerpo no son cosméticas, que son definitivas para la construcción de nuestra identidad. El fallo también ratificó otras dos sentencias, la T-876/12, en la que ordena procedimientos para el cambio de sexo de Julián Sneider Clavijo —aunque nació con genotipo femenino, vive como hombre heterosexual desde niño—, y la T-977/12, que autoriza el cambio de nombre, por segunda vez, a “Xxx” (como aparece en la sentencia) para que se ajuste a su condición identitaria como mujer. La victoria de Andrea frente a la EPS sentó un precedente constitucional para mujeres que, como ella, tienen “disforia de género” y, de paso, para todas las personas trans en el país.

Andrea empezó a sentirse así desde que tenía tres o cuatro años. A los ocho la encontraron vestida con un traje rojo de su abuela en un almuerzo familiar y durante toda su adolescencia se probó la ropa de mujer que estuvo a la mano siempre que se quedaba sola en la casa. De niña vivió con su padre y su hermano en Barrancabermeja y muy jóvenes ella y su hermano se fueron a Bogotá, pues, tras el divorcio de sus padres, los abuelos adquirieron la patria potestad. Estudió el bachillerato en la capital, no terminó y validó. Después entró al Politécnico Grancolombiano, donde estudió Tecnología en Administración Agropecuaria. “Tiempo después, me vine a dar cuenta de que me gustaba el campo era para mirarlo, pero no para ponerme a coger un machete o un azadón, porque, a pesar de mi tamaño, mi cuerpo no daba para eso”.

Y continúa: “Yo digo que este cuerpo es fruto de una equivocación de mi mamá con mi abuelo paterno… Porque él le empezó a dar a mi mamá un pocotón de vitaminas y vitaminas. Entonces, aquí está el resultado: una chica fuerte, demasiado fuerte”.

Justo después del bachillerato viajó a Medellín a tener “una experiencia vocacional”, pues durante un buen rato consideró la posibilidad de meterse a cura. “Yo cogía camándula arriba, camándula abajo, y empezaba a pedirle a la Virgen que me ayudara para que esta situación de Andrea no saliera a flote… Es que los pensamientos eran permanentes, era como coger un tambor y empezar a darle tatatatatá y aquí está, aquí está, aquí está… Apenas llegué a Medellín fue como si hubieran presionado un switch: aquí está Andrea. Y a mí eso me llenó la cabeza de ideas en medio de sacerdotes y religiosos: ‘¡Se me metió el diablo! ¡Estoy llena de pecado!’ Si duré un mes fue mucho”.

Andrea sigue siendo una mujer católica y hasta ha pensado en tomar los hábitos, si antes como cura, ahora como monja. “Que yo hoy en día me llame Andrea o me llame Hernán no cambia en nada mi relación con Dios. Yo tengo una relación con él que es muy sincera, y le peleo, y me pongo brava, pero no me importa”.

En su juventud, Andrea, entonces Hernán, intentó tener una relación con una mujer. “Nos conocimos en la finca de mi familia. Yo en esa época de adolescencia le metía al cuerpo cuanto trago le podía meter. Ella pensó que yo era superrumbero. Una vez se puso una superminifalda, muy elegante, y eso para mí fue lo máximo: ‘Así quiero ser yo’, me dije. Muchas veces yo miraba a las mujeres y ellas creían que las estaba morboseando, pero estaba era pensando en que quería ponerme esa ropa, esa falda”. Con ella nunca tuvo relaciones sexuales.

Su abuela, viendo los cambios por los que estaba atravesando, le recomendó ir a un bar gay. “Me tomé unas cervezas, se me acercó un tipo… Yo ahí me fui vestido como hombre. Me llevó para su casa y en el momento en que me empezó a manosear, salí corriendo de ahí, le dije al tipo que me pidiera un taxi, que no servía para ese tipo de cosas. Yo ahí no me sentía Andrea… Era un hombre.”

Ante la frustración, decidió volver a llevar una vida de hombre heterosexual. Conoció a una mujer mayor, muy religiosa también, y empezaron a verse todos los días.

Poco a poco formaron una relación que acabó en un matrimonio de 10 años. Para esta persona, las relaciones sexuales también habían sido un tema muy difícil, lo que de cierta manera los unía. Aun así, Andrea estaba presente y aparecía con la misma fuerza de siempre cuando Hernán se quedaba solo en la casa. “Cogía su maquillaje, cogía sus cosas, cogía su ropa y muchas de las veces que salíamos a comprar ropa yo le decía: ‘Compre esto, esto, esto…'”. Cuando su esposa se enteró de lo que pasaba, aceptó que Hernán se vistiera de mujer pero, por supuesto, esto no salvó su matrimonio. “Ella se portó muy bien. Trató de entender el tema lo que más pudo, fuimos muy buenas amigas, pero finalmente nos distanciamos al terminar la relación”.

“Todo el mundo a mi alrededor sabía que el tema existía, se hacían los bobos y me hacían creer que nada estaba pasando, que todo estaba divinamente”. Tras la separación de su esposa, Andrea intentó suicidarse. Casi se tira por el balcón. Estuvo 15 días internada en una clínica psiquiátrica totalmente dopada y, a la salida, su hermano le regaló a Candy, su perrita french poodle. En Candy, Andrea encontró un cariño y una aceptación que rara vez ha recibido de un ser humano.

El intento de suicidio la llevó a buscar de nuevo ayuda psicológica y psiquiátrica, y así fue como le diagnosticaron el síndrome de Harry Benjamin (SHB), que toma el nombre del endocrinólogo de los años 50 y activo defensor de los derechos de los homosexuales. Benjamin introdujo a la comunidad médica el término “transexual” y defendió una explicación biológica de la condición. Según la literatura médica, el SHB es una condición intersexual de nacimiento que ocurre en aproximadamente uno de cada 100.000 niños de ambos sexos.

La psicóloga Carolina Herrera, de la clínica Liberarte, que trata temas de disforia de género, me dio cifras más grandes: una de 10.000 personas que nacen con sexo biológico masculino desea hacer su transición al sexo femenino. En el caso contrario (personas que nacen con sexo femenino y desean transitar al masculino), es menos frecuente: una en 40.000. “El síndrome consiste en que hay una diferenciación sexual a niveles neurológico y anatómico; sus genitales no se corresponden con el sexo que asume su cerebro”. Lo importante es que el cerebro es, de lejos, el órgano sexual más importante y el único que puede definir, a ciencia cierta, el verdadero sexo de una persona.

¿Cómo es que pudo Andrea aguantar tantos años sin resolver este “síndrome”? “Cuando uno tiene una olla a presión, llega un momento en que se le acaba el agua y amenaza con explotar. Esa olla va a chorrear todo y va a dejar las paredes untadas de todo eso que tenía adentro, todo su ámbito. En mi caso, se reventó y lo que quedaba afuera era solo la esencia de Andrea. Tenía que dolerle a este personaje, tenía que darse cuenta de que pasaron 40 años para que esta persona pudiera vivir y pudiera ser feliz”.

Tal vez es cierto que la vida comienza a los 40.

El gran avance que presenta la sentencia viene con una paradoja: fue necesaria la patologización de la condición de Andrea para que la justicia colombiana defendiera su derecho fundamental a la salud. Hubo que decir que el síndrome de Harry Benjamin es un padecimiento, una enfermedad. Por este camino, se patologiza también la identidad de los, las y les transexuales. Según me explica la psicóloga Carolina Herrera, el término “Harry Benjamin” ya no se utiliza y ya no aparece en el DSM5, el manual estadístico y de diagnóstico de los trastornos mentales, que se actualizó por última vez en 2013. El término apropiado es “disforia de género”, que es menos patologizante. “La transexualidad no debe entenderse como una enfermedad mental ni debería comprenderse como un trastorno, sino más bien como una condición y como parte de la construcción identitaria de cada persona”, dice. Sin embargo, para Andrea esta patologización representó más bien un alivio: se estaba volviendo loca, algo le estaba pasando y con el diagnóstico tuvo una razón, una excusa médica para ser normal.

Rodrigo Córdoba, presidente de la Asociación Psiquiátrica de América Latina (APAL), opina que este cuadro clínico es muy raro y muchas veces es difícil llegar a un diagnóstico concluyente. Como hay tan pocos casos, es difícil de estudiar, y por eso también es una condición subdiagnosticada. A ello se suma que estas personas suelen tener muchos problemas mentales o emocionales, que acompañan la “condición”, que parece tener “un determinante genético importante”. Córdoba explica que el “tratamiento indicado” consiste en realizar una psicoterapia encaminada a la adaptación y suministrar medicamentos de acuerdo con los síntomas, probablemente ansiolíticos y antidepresivos, pues es frecuente que presenten cuadros depresivos o bipolares.

“Además, no hay criterios absolutos para definir cómo es un cerebro masculino o femenino”, de la misma manera en que no hay lineamientos certeros para definir qué es un hombre o qué es una mujer. ¿Ser mujer es llevar el pelo largo y falda? ¿Ser mujer es sentir atracción por quienes llamamos “hombres”? Diagnosticar que una persona es “mujer” u “hombre” según sus genitales parece un criterio veterinario. Por otro lado, que haya una forma de ser “normal” (no enferma) y que el resto de identidades por fuera de esta construcción cultural se asuman como “patológicas” o “manifestaciones de locura” parece sumamente injusto.

Córdoba me explica que las dificultades adaptativas que la sociedad les presenta a las personas con disforia de género hacen que los intentos de suicidio sean posibles, si no frecuentes. “Luego de que se da la aceptación personal de la disforia, hay muchas familias que no aceptan, que no apoyan al miembro que quiere hacer su tránsito o pueden incluso sacarlo de la familia, lo que es especialmente grave para personas jóvenes que tienen un riesgo muy alto de desescolarización”, me dice Herrera. Por otro lado, el tránsito no será fácil en la vida cotidiana. “A nivel social, en instituciones educativas, incluso en espacios públicos, tanto en la calle como los baños, cualquier espacio en el que los géneros estén marcados de forma muy binaria puede convertirse en un reto para las personas trans. Además deben lidiar con las miradas de los demás, violencia verbal o física que los atemoriza y un fuerte aislamiento social que hace que no quieran salir de su casa, que pierdan su círculo de amistades y tengan problemas para relacionarse porque continuamente su identidad es cuestionada”.

Dos años después del primer diagnóstico, el caso de Andrea llegó al comité de ética del Hospital San José, donde un grupo de médicos, abogados y enfermeras decidió que Andrea tenía el síndrome. A partir de este diagnóstico, ella empezó a pedir a su EPS el tratamiento necesario, que fue negado con el argumento de que todas las cirugías eran estéticas. Fue entonces cuando puso una tutela con la ayuda de Federico Mejía, abogado y profesor de la Universidad Javeriana e investigador de temas relacionados con el género y el derecho. Mejía se presenta como otro transeúnte de los géneros y tiene un fuerte acento paisa forjado en la ciudad de Armenia. La conoció en el Centro Comunitario Lgbti de la localidad de Chapinero. En ese momento, el abogado investigaba para su tesis el tema del agenciamiento político y la identidad sexual. Con él, Andrea comenzó un proceso exitoso pero tremendamente frustrante por las negativas tanto de la EPS como de los jueces, que al comienzo no admitieron la tutela.

A ella le molesta especialmente que se le incluya en la comunidad Lgbti. Afirma que es una mujer y además se define como “una mujer tradicional”: no apoya la legalización del aborto; iba a votar por Zuluaga, el candidato uribista en las elecciones pasadas —pero su cédula no llegó a tiempo—; y no está de acuerdo con las prácticas de la transexualidad y el travestismo: siente rechazo hacia estas formas intermedias de vivir la sexualidad. Tal vez no es una mujer tradicional en el estricto sentido de la palabra, pero sí es, orgullosamente, una que se asume dentro de las construcciones culturales que definen a las mujeres heterosexuales, o, como lo dicen a manera de insulto los progresistas: heteronormada. Su participación en el grupo del Centro Comunitario Lgbti fue muy difícil, pues no se identificaba con los otros asistentes: “En esas pintas que se iban vestidas, pues no van a ser ni capaces de entrar a Crepes & Waffles. Una vez hicieron un ejercicio en el que fueron todas en combo para Crepes y yo no fui, yo me sentía violentada porque me estaban poniendo en evidencia”.

Mejía explica que lo último que quisiera Andrea es ser reconocida dentro de la población travesti o transexual. En parte por los estigmas culturales: la gente asume que son prostitutas, peluqueras, consumidoras de sustancias. “Lo que quiere”, dice el abogado, “es desaparecer como una categoría de identidad ‘letra T’ y convertirse en ser humano”. Sobre las compañeras del grupo en el centro comunitario, Mejía cuenta que “ellas siempre la criticaron mucho por una razón: decían que se creía mejor travesti que nosotras”.

Ella tiene una explicación: “Yo no me siento una mujer transexual, para mí eso es una letra escarlata y ellas o ellos son felices llamándose mujeres transexuales. En mi caso no, en este momento soy una mujer común y corriente y eso para mí es más que alegría porque es sentirme reconocida por mí y por la sociedad. En cualquier momento puedo mostrar mi cédula y lo va a decir.” Sin embargo, me explica que tener que acudir a un documento público para demostrar su sexo es “una forma un poco violenta, como si todo se solucionara bajándome los calzones para poder demostrar que soy una mujer”.

Según algunas posturas contemporáneas, denominar a la persona con síndrome de Harry Benjamin como “transexual” está contraindicado, sobre todo si tenemos en cuenta el bienestar psicológico y el balance emocional de alguien que ya es neurológicamente del sexo que siente desde el nacimiento. De ahí la incoherencia del término. También es importante decir que el tratamiento del síndrome, y todas las cirugías y terapias hormonales que implica, no son un “cambio de sexo”, son una afirmación del sexo que la persona reconoce, pero que no coincide con su cuerpo.

El fallo favorable de la Corte Constitucional no ha sido “un final feliz”. La sentencia fue solo el comienzo de una serie de intervenciones de Andrea en su cuerpo, con frecuencia dolorosas y difíciles tanto en lo físico como en lo emocional: los antiandrógenos le producen un bloqueo de la testosterona, castración química y retracción de las gónadas. Otros tratamientos resultaron mucho más incómodos, como el dilatador vaginal que tuvo que usar. Otra cirugía de rostro le produjo una pequeña parálisis facial en la frente que aún no sabe si será permanente. “En diciembre pasado, después de esta lucha jurídica, al funcionario público le pareció muy chistoso entregarle una cédula que reconocía su nombre legal pero no su sexo”, cuenta Mejía. “Ella me llamó y me dijo: ‘Federico, estoy muy triste, frustrada’, y yo le dije: ‘¡Pégale una cachetada, escúpele, enloquécete en la Registraduría, pero esto no lo puedes dejar pasar!'”. Sin embargo, Andrea, que es una dama, no dijo nada y se guardó la rabia durante un rato.

Mantener su estabilidad económica también ha sido muy difícil, pues entre las depresiones y operaciones, y los prejuicios de los empleadores, sus opciones laborales reales son bastante reducidas. Andrea actualmente trabaja haciendo repostería en su casa para vender a domicilio. “Cuando hicimos la tutela, una de las cosas claves fue pedir la feminización de la voz, porque cuando ella vende sus tortas y sigue hablando tan grueso a la gente le da miedo saber que es una persona en tránsito; a veces le toca poner a otra persona a vender sus productos. Ella hoy es mujer, tiene una cédula con sexo femenino, sin embargo la gente sospecha por su estatura, por sus manos y terminan negándole trabajos. Tendría que dedicarse al sensacionalismo, a vivir del show, vender lástima. Eso le daría trabajo, pero atentaría contra su dignidad”, me explica Mejía.

Cuando Andrea inició su proceso de tránsito estaba casada, vivía en “estrato cinco”, era heterosexual y parte de una comunidad religiosa. Cuando comenzó a transitar se divorció y perdió su estatus. Mejía me dice: “cada vez que empieza a feminizarse va bajando de estrato y se le hace más difícil conseguir trabajo, es como decir: ‘Perfecto, aceptamos lo que eres, pero ojalá lejos de nuestras vidas'”. Con esto último el abogado se refiere a los miembros de la familia de Andrea, a quienes nunca conoció. “Pensaban que yo era un estafador, decían que era imposible que un juez dictara esa sentencia”. Mejía solo ha visto una vez a la mamá de Andrea, en el primer posoperatorio. Ella es probablemente la persona más cercana y le ayuda económicamente. Hace poco le ayudó a comprar un carro y un apartamento. A veces le reclama por “pedir tanto”, a lo que responde decidida: “sí, yo pido, y voy a pedir más”, porque para ella estas ayudas no son asistencialismo ni caridad, son parte de su derecho a llevar una vida “normal”.

Un año después de nuestras primeras entrevistas, Andrea y yo volvemos a vernos. Me dice que ya está lista para hacer su historia pública y hasta se tomará fotos. Tiene que ver más con que empieza a sentirse cómoda con ella misma que con hacer unstatement político. De todas formas lo hace: su historia es una forma de esperanza para todas las personas con identidades sexuales que no caben en el modelo binario y es un avance indiscutible en términos de derechos sexuales y de tolerancia, respeto y reconocimiento a lo diferente.

“Hago esto para que la gente sepa que hay personas que podemos ser diferentes y no todas somos putas. Quiero contarle a la gente que va a leer esta revista que existimos personas como yo, que somos personas normales”. La sentencia de la Corte reconoce cuán estrecha es la relación de la identidad con el cuerpo, no con el que a uno le tocó, sino con el que quiere tener. Eso que muchas veces descartamos por ser “cosmético” no tiene nada de superficial. Lo dice mejor La Agrado, en Todo sobre mi madre, de Pedro Almodóvar: “una es más auténtica mientras más se parece a lo que soñó de sí misma”. Con todo y todo, Andrea ahora puede enfrentar todas las mañanas su reflejo en el espejo.

“Yo sé que cuando ella se mira en el espejo, en su parte intersubjetiva sabe que es ‘Loreta’, sabe que es una mujer que se quiere, una mujer cuyos genitales están armonizados con su imaginario de género y su condición neurofísiológica, y en eso yo estoy feliz, en eso ganamos la batalla”, me dice finalmente Mejía. Andrea, por su parte, me cuenta que espera compasión de las personas. “Yo les quiero decir a todos que tengan caridad conmigo. ¿Sabes qué significa la palabra caridad? No significa que simplemente me tiendan la mano, es que no me juzguen a priori por lo que están viendo, sino que se tomen el trabajo de ver a la mujer que soy, que yo tengo unos valores, unos principios, unas ideas por las cuales luchar”.

Tal vez lo que más le duele del síndrome es que viene acompañado de una gran soledad. Una especie de “sexilio”. Es que Andrea desafía al quo al que quiere pertenecer. Su complejidad emocional tiene todo que ver con el rechazo y burlas que ha enfrentado a lo largo de su vida. Aunque se reconoce como una persona suave, romántica, piadosa y cálida, su vida siempre ha sido muy solitaria. Le produce mucha frustración ver cómo otras mujeres, también solteras, tienen pretendientes mientras ella sigue estando sola. “Una cosa es Loreta y otra cosa es Andrea. Andrea sufre mucho, sufre mucho la soledad, le hace falta su pareja; estoy más aburrida con el tema pero trato de salir adelante”.

Más que cualquier otra cosa, lo que hay que decir de Andrea es que es una mujer muy valiente. Jamás se ha dejado imponer ni “normalidades” ni “rarezas”, siempre, a pesar de la extraordinaria batalla que eso significa, ha sido fiel a sí misma. Su historia, con todas sus dificultades y altibajos, es de triunfo. La normalidad de Andrea tal vez radica en que no hay nada más humano que las contradicciones. Por eso, ante todo, Andrea es “una mujer normal”, feliz cuando siente que alguien puede verla a los ojos y reconocerla como una persona, triste cuando se duerme por las noches pensando en el desamor: el problema más común de toda la humanidad.

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