La ciudad de las mujeres

Columna publicada el 6 de diciembre de 2014 en El Heraldo.

En un barrio del municipio de Turbaco hay 98 casas de 78 metros cuadrados construidas por mujeres desplazadas que se organizaron para aprender desde cómo hacer los ladrillos y pegarlos ellas mismas, hasta a cómo reclamar sus derechos. La ciudad de las mujeres es el mayor testimonio de éxito de la Liga de mujeres desplazadas, una organización ejemplar por su persistencia y resiliencia, que hace poco tuve el gusto de conocerlas y pude contar su historia en detalle en este periódico.

En Colombia, la población más afectada por el desplazamiento es la femenina. Son las mujeres las que corren con los niños, las que pierden a sus maridos, padres, hermanos e hijos cuando los matan o los reclutan y son ellas las que con frecuencia se convierten en botín de guerra: violencia y abuso sexual, o a esclavitud forzada. Paradójicamente, las mujeres desplazadas están mejor capacitadas para adaptarse a la ciudad que los hombres que ya no pueden trabajar el campo. Las mujeres, en cambio se dedican a trabajos domésticos y pueden entrar a trabajar como empleadas de aseo o lavando ropa. No es que los hombres no puedan limpiar casas o lavar ropa, es que el sesgo de género es tan fuerte que muchos ni siquiera están dispuestos a hacerlo u otros a contratarlos. Adaptarse mejor no es necesariamente una ventaja para las mujeres que también tienen que lidiar con crecientes casos de violencia intrafamiliar que salen de la gran frustración que vienen con las nuevas condiciones de vida.

En sus inicios a finales de los noventa, las mujeres de la Liga, eran vecinas del barrio el Pozón en Cartagena, y se organizaron por primera vez para recoger dinero para el cajón de una compañera que se había muerto, según dicen “de pena moral”. Las mujeres lograron que la alcaldía les diera un ataúd para Olivia Palacios y se dieron cuenta que así, en comunidad, eran más fuertes que separadas. Por ese entonces conocieron a la abogada en derechos humanos Patricia Guerrero que ayudó a capacitarlas en derechos humanos, jurisprudencia internacional y en formas de gestión para acceder a fondos o lidiar con las burocracias del gobierno ante las cuales muchas víctimas se quedan inhábiles o mudas. No solo es aprender a pegar ladrillos, también es aprender a conseguir la plata para hacer esos ladrillos, para comprar el terreno, para ver cómo la construcción de estas casas se convierte en un proyecto autosostenible (las mujeres de la Liga también se organizaron para cultivar la comida y prepararla para quienes trabajaban en construcción) y para lidiar con un Estado que mantiene muchos fondos inaccesibles pues nadie sabe cómo llenar qué papel y entregarlo dónde.

Conocer y entender sus derechos significa que estas mujeres están empoderadas para reclamarlos, que nadie les puede meter los dedos en la boca. También implicó que diseñaran mecanismos para regularse, por ejemplo, algunas son “conciliadoras” capacitadas en resolución de conflictos y de esa manera lidian con sus problemas internos. Por todas estas razones, y a pesar de los obstáculos que aún enfrentan (como el desempleo o las amenazas y violencia), la Liga es un ejemplo que debe ser caso de estudio en un país que podría estar a punto de entrar en un proceso de posconflicto y de cómo alcanzar ese sueño de vida digna, materializado en una casa propia.

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