Opción al camuflado

Columna publicada el 11 de diciembre de 2014 en El Espectador.

Desde este 20 de diciembre la libreta militar ya no será un requisito para que los hombres puedan trabajar o graduarse de la Universidad.

El proyecto de ley 138 de 2014 Cámara presentado por Angélica Lozano y su equipo, y que en estos momentos solo espera la firma del presidente Santos, logró derribar una barrera injusta a la que se enfrentan muchos hombres en Colombia y que se ha convertido en un negociazo para la burocracia colombiana: la libreta militar. Hasta el día de hoy, si un hombre no prestaba el servicio militar por la razón que fuera, se veía obligado a pagar para sacar la tarjeta militar una cuota estipulada según la declaración de renta. Sin la libreta casi todos los trámites eran imposibles, incluidos el grado de la universidad o la postulación a cualquier trabajo. De ahora en adelante la libreta militar solo será un requisito para celebrar contratos con el Estado o para tomar posesión en cargos públicos pero no será necesaria ni para graduarse ni para vincularse laboralmente en el sector privado. La ley es el primer paso para que Santos cumpla con una de sus más efectivas (y efectistas) promesas de campaña: acabar con el servicio militar obligatorio (aunque paradójicamente este proyecto encontrará en el Gobierno a su principal opositor).

El requisito de la libreta no es un gran problema para los jóvenes de clase alta, cuyas familias pagan sin mayores problemas la multa para que sus hijos vayan del bachillerato directo a la universidad. Aunque en el papel el servicio militar sea obligatorio, prestar el servicio en Colombia es para los convencidos o para los pobres. Más allá de la cuota de compensación hay mucho “manejo discrecional”, es decir, tráfico de influencias o palancas que, por supuesto, solo benefician a los que tienen el poder. Por eso, muchos simplemente entran a prestar el servicio porque no pueden pagar el costo de la compensación militar y quedan en una situación de inhabilidad que perpetúa su pobreza. No pueden estudiar, no pueden trabajar, su situación de remisos los hace vulnerables a detenciones arbitrarias. El requisito de la libreta les negaba un lugar operativo en la sociedad a quienes no pudieran o no quisieran cumplirlo.

A esta división de privilegios por clase se suma la evidente discriminación por género que en este caso juega en contra de los hombres. No hay ninguna razón biológica que justifique que solo los hombres vayan a la guerra, sus cuerpos son tan vulnerables a las balas como los de las mujeres. Las mujeres no debemos estar obligadas a participar en el Ejército por compensación histórica: somos las principales víctimas de una guerra que se inventaron los hombres y en la que rara vez hemos podido opinar. Sin embargo, tenemos la opción de ingresar al Ejército si queremos hacerlo. De la misma manera, debería poder respetarse el derecho a la objeción de conciencia de los hombres que no quieren ser parte de una institución patriarcal como el Ejército. Participar en la Fuerza Pública debería ser una opción para los hombres y mujeres que quieran a hacerlo, no una penitencia forzada para un segmento desafortunado de la población. El servicio obligatorio para los hombres fomenta el militarismo como estereotipo de género y les refuerza a los jóvenes que lo prestan comportamientos violentos como el matoneo o la homofobia. También les refuerza a generaciones de jóvenes colombianos que hombres armados equivalen a seguridad. Si bien el Ejército es una institución necesaria en un país que lleva tantos años en conflicto, su poder excesivo no es conveniente en un contexto de posconflicto que tendría que mostrarles a los jóvenes que Colombia puede tener opciones distintas a las armas o la guerra, y esta ley es un primer paso para hacerlo. Sobre todo, el posconflicto exigiría un Estado que pueda darle a todos las herramientas para formarse como ciudadanos, no uno que espere que todos sus hombres sean también sus soldados.

 

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