Soledad & Compañía

Columna publicada el 20 de diciembre de 2014 en El Heraldo.

En el año 2000 tenía 17 años y estaba recién llegada a Bogotá para estudiar Artes Visuales en la Javeriana. Acababa de entrar a hacer una pasantía en El Malpensante como asistente editorial. Por ese entonces acababan de aterrizar en la revista alrededor de 16 cassettes de 90 minutos de una periodista, barranquillera también, que había estado recogiendo testimonios de personas que conocían a García Márquez. La periodista era Silvana Paternostro, y las entrevistas eran una serie de borracheras (todas comenzaban con Silvana entregándole al entrevistado una botella de Old Parr) en las que se escuchan deliciosos cuentos de la época en esplendor de su costeñidad. En El Malpensante concluyeron que la única capaz de desenredar esa lengua de viejos costeños borrachos mamando gallo iba a ser yo, y era verdad. Podía imaginarme perfectamente a Juancho Jinete y a Quique Scopell jugando dominó bajo un almendro y hablando de lo divino, pero sobre todo, de lo humano, que fue García Márquez.

Por ese entonces jamás imaginé que iba a terminar trabajando como periodista, ni que los cuentos del Grupo de Barranquilla se me volverían tema de tesis en la maestría. Desde entonces han pasado 14 años, y el libro que recoge esas voces que yo me senté a escuchar durante tantas horas cuando era una niña, se acaba de publicar.

Conocí a Silvana hasta este año en México D.F., precisamente en el homenaje que se le hizo a Gabo tras su muerte en marzo. Ahí tuve la suerte de presenciar con ella otra de las escenas de su libro: las mariposas amarillas de papel volando en el viento al caer la noche sobre el palacio de Bellas Artes. Silvana me conocía por Twitter y había leído algunas de mis columnas en El Espectador. Yo he seguido su trabajo desde aquella tarea para El Malpensante, con admiración profesional y con la complicidad de compartir el ethos de lo que significa ser una “pelaíta barranquillera” (pregúntenle a Marvel Moreno por ese yenesecuá). Ella no se esperaba que le dijera que yo había estado escuchando, en silencio y tras la puerta, sus conversaciones con otros, y yo no podía imaginarme que el libro estaba por ser publicado.

Creo que para mi formación profesional fue decisivo poder escuchar estas voces de primera mano, y leerlas de nuevo fue muy emocionante. Transcribir esos fragmentos también me sirvió, de manera inadvertida e inesperada, para aprender cómo hacer una entrevista íntima y relajada, cómo llevar la conversación con suavidad de brisa barranquillera, cómo preguntar; y también me ayudó a apreciar y a escuchar las delicias de la tradición oral. Los seis meses que estuve desgrabando estos cassettes se me hicieron entonces una eternidad, pero fue un ejercicio de resistencia que, sin duda, me enseñó (de manera teórica y performática) la lección que más atesoro de García Márquez, un entrelíneas constante a todas las voces en sus múltiples entonaciones: que la genialidad son tres cosas: talento, disciplina y amistad.

Adenda: para agrandar el chisme, en mi próxima columna prometo compartirles algunos fragmentos inéditos que quedaron por fuera de Soledad & Compañía.

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