Trópico mortal

Columna publicada el 3 de enero de 2015 en El Heraldo.

Según el senador Jorge Iván Ospina ya podrían llegar a ser un millón los colombianos afectados por el virus del chikunguña, que rápidamente se ha esparcido por todo el Caribe colombiano y ya empieza a llegar a la capital. Los medios anuncian que la epidemia es inminente lo cual no se refiere a que el virus sea una fuerza imbatible de la naturaleza, si no a que nuestros sistemas de detección temprana y contención de virus y enfermedades han fallado: hay mitos, desinformación, subregistro, y miles de charcos en donde puede reproducirse el mosquito, y ni siquiera se ha logrado dotar de manera oportuna y constante a la población de un medicamento tan silvestre como el acetaminofén (que ya empieza a escasear en las farmacias).

El chikunguña no suele ser un virus letal y, una vez contraído, el cuerpo crea defensas que le dan inmunidad. Sin embargo, los síntomas pueden aparecer dos o tres meses después del inicio de la enfermedad, y algunos pacientes pueden presentar síntomas reumáticos, y exacerbación del dolor en articulaciones y huesos previamente lesionados. Esta será la condición de muchísimos colombianos durante los próximos 2 o 3 años y eso sin duda tendrá efectos tanto económicos como sociales y en todo lo referente al bienestar general de la población. Es difícil ufanarse del progreso cuando una epidemia anunciada y controlable logra tumbar a una porción importante de la población. Y eso que no ha llegado el verano, ni las lluvias, ni el turismo de Semana Santa.

Es evidente que el Caribe colombiano es especialmente vulnerable a cualquier epidemia y no es porque esté ubicado en un “trópico mortal”, es porque tiene problemas estructurales: pobreza, barrios de invasión, bajos niveles de alfabetización, deficiente servicio médico. Estos son los problemas a los que se enfrenta a la población, siempre, todo el año, y la epidemia de chikunguña simplemente los hace más visibles. Del inminente desastre en salud pública queda la posibilidad de identificar los puntos débiles de todo el sistema, así como un mandato a alcaldes y gobernadores para que se tomen en serio los problemas de educación, salud e infraestructura de los que muchos son directamente responsables. No se puede culpar al chikunguña de lo que no ha hecho el gobierno.

Mientras tanto, es deber de la opinión pública frenar la idea de que el virus es un romántico suceso macondiano, uno más de los inclementes, impredecibles, e incontrolables azotes de la naturaleza, que llegan con inusitada regularidad cada año y para los que nunca, nunca estamos preparados.

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