Un Caribe en gabardina

Columna publicada el 14 de febrero de 2015 en El Heraldo.

Han sido pocas las veces que he pasado un Carnaval fuera de Barranquilla. Mis primeros años de universidad estuve enfrascada en parciales que, según las lógicas del altiplano, siempre caían en febrero. Esta ausencia prolongada permitió que a mi regreso pudiera ver y reconocer por primera vez muchas cosas del Carnaval que para mí habían estado ocultas en la rutina de los tiempos de bachillerato y asumirlas como parte de mi identidad. Quizá es necesaria la distancia para entender que el Carnaval es una fiesta que sí cambia la perspectiva del mundo y que se vuelve determinante para el sentido de la vida de la gran mayoría de los barranquilleros.

Hablar del Caribe como una unidad o una identidad unívoca es por definición incorrecto, pues su característica es precisamente la diversidad, la heterogeneidad lingüística, étnica y sociocultural. Por eso, el teórico Ralph Premdas propone que la identidad del Caribe sería un constructo orientado por necesidades de reunión instrumental y expresiva, que se puede definir en cuatro niveles: lo transcaribe, lo regional, lo insular y el subestado etno-nacionalista. De todas, esa identidad transcaribe es la que hoy me aqueja, estando a 13º grados en Ciudad de México y escuchando preguntas sobre qué haré para celebrar San Valentín, esa fiesta tan monocromática y norteamericana. La identidad transcaribe fue descubierta y construida en el desespero de la búsqueda de personas y lugares familiares. Según el profesor Gabriel Ferrer, “se sitúa por encima de las divisiones raciales, religiosas y lingüísticas y se concibe como un sentimiento de unidad y pertenencia que experimentan los individuos cuando están lejos de casa (…). Es el caso de las comunidades de estudiantes caribeños que se desplazaban a universidades de Londres, Amsterdam, París, Nueva York y Toronto, y descubrían en otros caribeños a hermanos y hermanas perdidos. Se construía así una ciudadanía transitoria y accidental que se transformaría luego en el mito de la identidad transcaribeña”.

Sin embargo, esta transcaribe aún recuerda con indignación ese Carnaval de la 116 que terminaba dispersado por el gas lacrimógeno de los policías bogotanos. Aunque el cuerpo parece sentir el inminente cambio de ciclo, muerte y renacimiento, que experimenta Barranquilla cada año con carnavales, no necesariamente encuentra un espacio idóneo para la transgresión, es decir, mañana me iré de fiesta -pero solo un poquito-, no me quemaré bajo el sol de la Batalla ni estaré rodeada de una esquizofrenia de color psicodélico. Nadie a mi alrededor parece sentir con tanta urgencia la fugacidad de la vida como para querer bogarse cada minuto en el exceso. Así que saldré de fiesta más que nada para extrañarlos, para experimentar esa añoranza gótica y también es profundamente caribeña. “La nostalgia es un Caribe en gabardina”, decía el poeta Manuel Zapata Olivella.

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