Apretaíto

Columna publicada el 16 de febrero de 2015 en Sin Embargo.

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Cuando me pidieron hacer un playlist para SinEmbargo, sin dudarlo pensé en hacer una lista con los éxitos de un género que para mí (y para muchos) es el aporte más revolucionario de la música colombiana al mundo en los últimos treinta años: la champeta. La champeta es un ritmo que nació en los barrios marginales y negros de Cartagena de Indias, nuestra ciudad más turística en el Caribe y antigua central de distribución de esclavos para toda Latinoamérica. Por eso todo el escenario social, cultural y antropológico de la champeta tiene que ver con la marginación y la resistencia, con el paso del arrabal al salón (de hecho, el PNUD ya dijo que “es una práctica incluyente de las comunidades afrodescendientes en todo el mundo”, es decir, ya hay un aval institucional internacional para que la champeta suene en un salón). La historia es arquetípica de muchos géneros como el tango y la cumbia, con los que la champeta también comparte las maneras posmodernas del remix y uno que otro dilema sobre la moral, el sexo, y hasta los derechos de autor. El fenómeno es fascinante y en Colombia quizás ya no es necesaria una introducción, sin embargo, para mostrar este género ante un público mexicano y latinoamericano, me gustaría tomarme el tiempo para contarles qué es lo que hace que la champeta genere tanta incomodidad y tanta devoción.

Más o menos a media hora de Cartagena está Palenque, el primer pueblo de esclávos libertos, o cimarrones, de toda América. Los palenqueros son una casta orgullosa, descendientes de algunos de los negros más valientes del mundo -como Benkos Biojó; y en Palenque, escondidos en el monte, fundaron un pequeño mosaico de todas las Áfricas en Colombia. El patrimonio cultural de Palenque es inconmensurable, en ese pueblo con calles de tierra, a donde aún ni llegan todos los servicios públicos, se conservan las palabras y los sonidos de un África lejana que tal vez ya ni siquiera existe al otro lado del charco.

La gran mayoría de los palenqueros trabaja en empleos informales en ciudades cercanas como Barranquilla y Cartagena. Algunos viven en las ciudades durante todo el año y en algún momento regresan un mes entero a descansar a su pueblo, para ejercer una derecho a la molicie que se ganaron históricamente y a pulso. La siesta en Palenque es la forma más revolucionaria de resistencia.

Los barrios negros y marginales en Cartagena son cinturones de miseria que se guardan bajo la alfombra cuando llegan personalidades a visitar nuestra elegantísima joya del Caribe. En esos barrios se escucha música africana, acetatos que desde los años sesenta y setenta empezaron a llegar directamente desde la madre África hasta el puerto. La champeta, musicalmente hablando, viene a ser un calco o una apropiación del soukous. Los discos salían a Cartagena por Senegal, pero mucha de la música es del África Central: Congo, Nigeria, Mali, Angola.  Los Caribes escuchamos estos sonidos como como si fueran una especie de cordón umbilical.

Los sonidos africanos empezaron permear la música local. Un gran ejemplo es -el más grande de los grandes del Caribe- el Joe Arroyo, dios apolíneo y dionisíaco de la música colombiana, cuyo sonido era una cosa como salsa, como merengue, como soka, pero ninguna de las anteriores, una fusión que terminó por llamarse Joe Son. El Joe (el gran Joe) acostumbraba a decir en sus discos “champetuo” haciendo un llamado a su historia, a su raza, a su barrio de negros pobres a los que llamaban “champetas”, un mote que antes se usaba para referirse a un cuchillo hechizo, oxidado y sin filo: lo más burdo de lo burdo; una palabra que alguien pensó idónea par referirse a los negros de la ciudad.

Rebelión, uno de los éxitos del Joe Arroyo.

Lo bonito de la historia es que la gente se apropió del término y hoy la champeta, además de un género musical, es todo un discurso estético de la palmera, del neón, del chor (no short) con lentejuelas y un baile descalzo y pélvico: una orgullosa exageración y exaltación de todo lo que alguna vez se consideró “negro”.

Los discos que llegaban desde Senegal eran comprados por coleccionistas que empezaron a organizar sus propias fiestas, cerrando las cuadras y sacando las bocinas más grandes posibles, montadas en una camioneta descapotada o pick up truck, que devino “pick up”, que devino “picó”. Los parlantes se decoran con elaborados dibujos con pintura neón y las fiestas que protagonizan, con un bajo que resuena en el útero y el corazón, se llaman “picós”. En tiempos pre-Youtube, entre picós se peleaban por cuál era el que tenía la mejor colección de discos, y remixeaban las canciones, cambiando los nombres originales, para que no pudieran ser rastreadas y copiadas.

Sí, como los sonideros con la cumbia y el vallenato colombiano.

Los picós, que también eran musicotecas, empezaron a reinterpretar esa música africana y mezclarla con los tropos de la vida cotidiana de las “Indias Occidentales”. Las letras de la champeta hablaron de los Caballeros del Zodiaco, del Pato Donald, de la violencia intrafamiliar, de Pablo Escobar y de sexo, cómo no, de mucho sexo explícito y sin pena, sin rubores como los que les dan a los blancos ricos de Cartagena. La antropóloga Elizabeth Cunin dice que está “marcada por una ‘perversión de las normas sociales’ que busca ‘desordenar’ el orden formal establecido a través de un baile altamente sexualizado y del desorden provocado por la fiesta”.

Por supuesto la música, que encima sonaba durísimo, escandalizó a toda la ciudad y varias veces los alcaldes intentaron prohibir las fiestas diciendo que eran hervideros de malandros y que representaban un peligro para la comunidad. En 1999 se trató de prohibir la champeta en el municipio de Malambo. Según la resolución, “tales ritmos transmiten mensajes subliminales a los que la escuchan y bailan, transformándolos en seres violentos y agresivos”. En 2010 se prohibieron los picós después de 10:00 p.m., coincidencialmente en noviembre, cuando se celebra la mayor fiesta de la ciudad: la Independencia de Cartagena, y el Reinado Nacional de Belleza, es decir, el momento en que todos los bares de la ciudad rugen de fiesta, pero con sonidos un poco más blanqueaditos y amables al oído capitalino.

Pero como no se pueden legislar los procesos estéticos, y como la música es tan buena, y tan pegajosa, y suena en el bus, en el taxi, en la playa, en el radio de la señora que hace el aseo en la casona cartagenera, la champeta enamoró a toda la ciudad, a sus niños y a sus ratas, como un negro flautista de Hamelin. El género también empezó a extenderse por todo el Caribe colombiano. También despertó el interés de los músicos jóvenes, de los hipsters (a quienes hay que reconocerles rescatar y renovar un montón joyas de la cultura popular latinoamericana) y rápidamente se empezó a tomar el underground bogotano.

El video está malo y el audio está peor pero bailan muy bien.

Aquí en el minuto 0:51 la Reina del Carnaval de Barranquilla 2015 baila champeta durante la “Lectura del Bando”, un evento que da inicio a las festividades de Carnavales, que por cierto, terminan hoy.

Por supuesto, hoy en día tiene esquinas más comerciales con sonidos menos agrestes para el oído nacional e internacional. En Cartagena la última moda es ir a Bazurto Social Club, la discoteca de champeta en Getsemaní (recomendada), y fue hasta tema de una pésima -y afortunadamente breve- telenovela. Digamos que hay un destino insalvable para todo lo transgresor, que es que el éxito de un movimiento cultural a veces pasa por ponerse de moda y ser tragado, masticado, y escupido de vuelta por el mainstream. Pero el lado bueno de este tipo de procesos es que dignifican y celebran una estética de algo que antes era marginado. El reconocimiento del valor cultural de la champeta no resuelve los problemas de los barrios del Caribe colombiano pero les da una identidad y una voz que empieza a entretejerse con la identidad nacional.

La champeta hace parte de esas formas posmodernas y rizomáticas que ha parido el Caribe, sopa, melting pot, caldo de cultivo de absolutamente todo -culturalmente hablando. Es uno de esos milagros impredecibles que nacen del encuentro de culturas, como la salsa y la cumbia sonidera. Es una manera de reinterpretar el cuerpo, empoderadora libertad de apropiarse sin eufemismos de la sexualidad, una paradoja constante entre la lujuria y la inocencia. Es la historia del triunfo de la resiliencia de muchos pueblos lucharon por el derecho a refundarse en otro continente. Por eso, también es el copy paste del copy paste, un testimonio de lo que puede hacer el calco, la copia, la fusión, la adaptación, un argumento para robar canciones y cambiarles el nombre. A fin de cuentas, música es de quien la baila.

Ahora, con la esperanza de que la champeta empiece a colonizar este país del norte, les dejo un avance comentado de lo que será mi playlist del domingo. Disfruten.

1. Justo Valdez, de la legendaria agrupación Son Palenque, es uno de los primeros en popularizar el “afrobeat”.

2. Viviano Torres, líder de la agrupación Anne Swing, que hizo popular muchos de los sonidos africanos que se escuchaban en los picós.

3. La turbina, de Elio Boom, una de las primeras en hacerse popular en el radio y con letras sexuales explícitas y transgresoras: “húndelo, húndelo tooo”.

4. La champeta de El Pato Donald, de Álvaro el Bárbaro, fue tan popular que le pasó su nombre a una epidemia de gripe que hubo por todo el país en 1996, que gracias a la canción se llamo “El abrazo del Pato”.

5. La champeta de Los Caballeros del Zodíaco (Elio Boom), otra muestra de cómo se mezclaban ritmos africanos, con los sonidos de las organetas, con la cultura popular y lo que veían los compositores en la televisión

6. Pablo el Bandolero, una champeta que supuestamente se refiere a Pablo Escobar.

7. El Chocho de Charles King, uno de los principales y más respetados exponentes del género, cuyas letras, usualmente de doble sentido, bien podrían ser todo un género de la picaresca. No sé si haga falta la aclaración pero “chocho” en palenquero significa “hueco”, y claro, la expresión es comúnmente usada para referirse a las vaginas.

8. ColombiÁfrica The Mystic Orchestra, así como lo leen, una orquesta de champeta: el género en todo su esplendor y virtuosismo. Atentos a los acordeones y al llamado que hace a los orígenes: “Senegal, ¡fiel a mí!; Nigeria, ¡fiel a mí!”.

9. El Serrucho, Mister Black. Esta canción lleva más de un año pegada en Colombia y es irresistible. Antes de que salgan a señalar que la letra es sexista (muchas letras de la champeta son sexistas, están retratando el contexto en el que vive la gente, ¿cómo más iban a ser?. Para cambiar las letras sexistas hay que cambiar primero el sexismo.) les diré que no necesariamente, la figura del “serrucho” se refiere más al movimiento pélvico (hacia adelante, hacia atrás) que a un corte o herida. En todo caso, parte de la gracia de la champeta es escandalizar y llevar el perreo explícito al centro de la actividad social, y en esa medida El serrucho es un exitazo que llena un estadio y pone a todos a gritar ¡clava!, ¡clava!, ¡clava!. También, como feminista les digo que las mujeres también podemos dar serrucho, que el perreo no es problema cuando hay respeto y consentimiento y que las figuras estéticas se pueden apropiar y re-colonizar.

10. Qué bonito, de Bomba Estéreo. La vocalista, Li Saumet le compone esta canción a nuestra comparsa de Carnavales “La Puntica No Má’”, (Li fue capitana de la comparsa en el 2013 y yo en el 2014) y es un hermoso ejemplo de cómo empiezan a internacionalizarse estos ritmos.

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