Enfermedades vintage

Columna publicada el 28 de febrero de 2015 en El Heraldo

Enfermedades casi erradicadas como el sarampión y la rubéola vuelven a tener brotes por todo el mundo gracias a la difusión de un mito absurdo que sataniza las vacunas. En España pasaron de dos casos de sarampión en 2004 a más de 2000 en 2011y la cifra sigue en aumento. Se estima que para frenar la transmisión es necesaria una cobertura vacunal infantil de más del 95% una cifra que viene bajando gracias a las patrañas de grupos antivacunas que insisten en disparates como que las vacunas producen autismo, citando sospechosas páginas de internet ultra conservadoras que no se molestan en contar que el artículo que citan, escrito en 1998  por el investigador Andrew Wakefield, fue retirado de la prestigiosa revista científica The Lancet, porque el autor había falseado datos, y por eso también le quitaron la licencia para practicar medicina.

Esta mentira llegó a conmocionar el Carmen de Bolívar cuando padres de familia decidieron que la vacuna para la prevención del papiloma humano le estaba provocando desmayos a sus hijas. A pesar de que el Ministerio de Salud demostró, de todas las maneras posibles, que la vacuna nada tenía que ver con las quejas de sus hijas, e incluso después de que se supiera que algunos desmayos habían sido provocados por hambre, el rumor que de que las vacunas hacen daño sigue regándose por Colombia, replicado por los periódicos, en una cadena circular de citas que desprecian la evidencia médica. Mientras tanto, las niñas sin vacuna quedan desprotegidas y vulnerables al cáncer de cuello uterino. Un cáncer provocado por un virus de fácil contagio que las puede matar.

La superchería de las vacunas está montada sobre dos verdades: que algunos organismos pueden tener una reacción mínimamente adversa, como ocurre con absolutamente todos los medicamentos o tratamientos de salud, incluso los “orgánicos”; y que las farmacéuticas multinacionales son corporaciones neoliberales del mal. De las malas prácticas de las multinacionales no se sigue que las vacunas sean un fraude, y menos cuando muchas se distribuyen gratis gracias a el apoyo de varias organizaciones y filántropos como Melinda Gates, que también intervienen para regular y bajar los precios de las vacunas. De todos los medicamentos que producen las malvadas multinacionales, las vacunas están entre los menos rentables.

A la fecha no hay alternativas reales para la prevención de enfermedades. Ningún tratamiento homeopático ha probado mostrar, ni lejanamente, la misma efectividad que las vacunas. Más allá de una decisión personal, no vacunar es un problema de salud pública pues contribuye a la propagación de enfermedades caras y mortales. Además hay niños y niñas que no pueden ser vacunados y ellos cuentan con que otros niños sí lo hagan para no enfermarse. La información mentirosa sobre las vacunas ni siquiera debe estar protegida por la libertad de expresión, pues causa un daño real y colectivo, es una mentira que mata, no una creencia inofensiva. No es justo que una moda terca e irracional traiga de vuelta enfermedades mortales que hoy son perfectamente prevenibles.

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