‘Príncipe’

Columna publicada el 14 de marzo de 2015 en El Heraldo.

Para la gran mayoría de las personas matar a un perro de un balazo es de los actos más crueles que un ser humano puede cometer. Sin embargo, muchas de estas personas no lo pensarán dos veces antes de ponerle veneno a la rata o aplastar un zancudo. Esta diferencia no es gratuita. Como lo explica la filósofa y socióloga feminista Donna Haraway en su maravilloso libro El manifiesto de las especies de compañía: perros, humanos y alteridad significativa (escrito a partir de la relación que tiene con sus dos perros) no es cierto que los perros sean el resultado de una domesticación de los lobos. Lobo y perro se separaron genéticamente hace más de 100.000 años (una época en la que nuestros ancestros difícilmente podrían ser llamados ‘humanos’). Más que hablar de ‘domesticación’ tendríamos que hablar de un proceso de co-evolución que se puso en marcha cuando dos especies se asociaron para beneficio de ambas, ‘domesticándose’ mutuamente.

Los perros aprendieron a interpretar el lenguaje corporal y el estado mental del ser humano mucho más eficazmente que cualquier especie más cercana a nosotros evolutivamente, como los chimpancés, y quizás hasta mejor que otros seres humanos. Haraway habla de una “alteridad significativa” para referirse a esos otros que también llamamos mascotas o animales domésticos, aunque es claro que la filósofa está hablando directamente de los perros. En su libro plantea que hay un “tráfico ontológico” con otras especies, especialmente con las de compañía que coexisten, cohabitan con nosotros hasta constituir una relación tan íntima que a veces nos referimos a ella como un parentesco. Esto no significa que los perros sean como pequeños humanos indefensos. Haraway plantea un “florecimiento de la otredad” que parte de aceptar que “el otro no es yo”. De esta manera querer el bien del otro implica no imponer un yo, reconociendo una “otredad radical”. De esta manera, jugamos con el perro a tirarle una bola, o a forcejear con un juguete aunque para nosotros sea monótono y absurdo, porque encontramos placer en verlo feliz en sus términos y su placer nos produce placer. Así, perros y humanos se ven obligados a admitir que habitan mundos distintos y que la comprensión total es imposible, y la comunicación a través de esa diferencia termina reducida a lo que importa. “Preguntarse respetuosamente de forma continua quién y qué emerge en relación es la clave. Esto es así para todos los amantes verdaderos, no importa de qué especie”. Desde la empatía y el amor interespecie que se entabla, los perros hacen de nosotros mejores humanos.

Por eso, Haraway plantea una ética del cuidado de la otredad, porque, al estar todos relacionados, los daños a una especie se revierten sobre nosotros individual o colectivamente. Al ser el perro un ‘otro’ nos obliga a un trabajo continuo, de ensayo y error para entablar comunicación. También nos obliga a replantearnos relaciones de propiedad, “yo tengo al perro, pero el perro también me tiene a mí.” Por eso es que ser cruel con una especie de compañía, en particular los perros –que han entablado una simbiosis con los humanos que no tiene paralelo–, va en detrimento de la propia humanidad. Por eso es que todos lloramos la muerte de un perro.

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