Así bailamos

Artículo publicado en abril de 2015 en el especial Barranquilla de Revista Semana.

La verdad es que no creo que “las barranquilleras” seamos un grupo homogéneo del que se pueda hablar y decir “las barranquilleras son así” o “asá”. Las barranquilleras no somos todas iguales, ni queremos todas lo mismo. A lo sumo yo les puedo hablar de un conjunto de símbolos e imaginarios, de unos valores compartidos que tenemos varias –no todas- y que son lo que yo personalmente identifico en mi narrativa de lo que es “ser barranquillera”. Por eso hablaré de algunas de las barranquilleras que admiro, (porque además son muchas), y de las razones por las cuales las admiro, que configuran el espectro de lo que yo quiero –y quizás otras barranquilleras quieran- ser. Desde estas cosas que a mí personalmente me gustan de ellas, intentaré proponer unas claves de interpretación para las mujeres de mi ciudad.


Entre los mitos fundacionales de mi panteón está por supuesto la poeta Meira del Mar, que no en vano fue la primera mujer con un lugar destacado en la poesía del país. Meira del Mar tenía por predecesora a otra barranquillera poeta cuyo pseudónimo era igualmente sonoro: Amira de la Rosa. Las dos son poetas virtuosas que arrancaron el siglo XX publicando, algo raro y con muy pocos precedentes para las escritoras en Colombia. En 1942, mismo año en que Meira del Mar publicó su primer poemario, la letra de Amira de la Rosa fue escogida para ser el himno de Barranquilla y de las barranquilleras dice que “perfilan la alborada / de la rosa, el donaire y el honor”. Para completar la triada está Esthercita Forero “la novia de Barranquilla”, cantante y compositora que empezó en fiestas familiares desde los 4 años (como lo hiciera después Shakira) y cuyos versos son hoy parte en parte del imaginario colectivo barranquillero.
Marvel Moreno llegaría un poco más tarde, como indiscutible heredera de esta tradición de “mujeres escritoras que saben bailar”, para convertirse, con solo una novela, en una en una de las escritoras más importantes del siglo XX en el país. En En diciembre llegaban las brisas y en sus cuentos, Moreno desmonta la esa idea romántica de la barranquillera que se había construido en hasta los años cincuenta. Moreno hablaría del machismo que ocultan con gracia las señoritas, y del oropel y la vanidad de los salones y la fiestas, que conocía muy bien porque además fue Reina del Carnaval. Todas estas mujeres, de familias migrantes, tienen ese gesto de las letras, que en el siglo XX era revolucionario, y las cuatro comparten una narrativa valiente, que habla de los mundos íntimos de las mujeres, de sus sentidos y de sus cuerpos; una prosa suave y fresca que pasa por las páginas como la brisa entre los árboles que tanto mencionan.

En esa misma tradición de escritoras -y quizás para escándalo de los más ortodoxos- siento que debo incluir a Shakira Mebarak, cuyas canciones -mainstream de la fiesta internacional- sorprenden gratamente con versos asincopados e inesperadamente francos, al decir que sus “senos son humildes” (my breasts are humble), que no se baña los domingos; y una declaración de clarividencia inusitada: que sus caderas no mienten. Shakira contó en la revista Vineyard en 2006 que lo de My Hips don’t Lie viene de una broma que tenía con sus músicos: les decía: “Escuchen, mis caderas no mienten. Si no se están moviendo, esto no va bien. Si se menean, estamos en buena forma”. Esta anécdota la encontré por primera vez en el ensayo “Las verdades de Shakira: Corporalidad y caribeñidad en un fenómeno global”, de la académica cartagenera Nadia Celis, que explora el lenguaje corporal de la cantante y compositora como una forma de resistencia y de contra-colonización cultural: del Caribe para el mundo.

Cuando pienso en lo que significa ser barranquillera, también pienso necesariamente en las reinas del Carnaval, las de los clubes, las de los barrios, las bailarinas de las comparsas que desfilan por la Batalla de Flores y la Gran Parada; mujeres que pueden bailar y sonreír en tacones por doce horas seguidas sin quejarse, entregadas a un culto pagano que es más urgente que las ampollas de los pies. De la misma manera, encuentro en las letras de Esthercita, Amira, Meira, Marvel y Shakira una descarnada honestidad y una conexión con los cuerpos, desde donde comienza la experiencia de ser mujer.

La barranquillera es una cultura machista, en la que las mujeres con frecuencia son consideradas un territorio. La académica feminista Janet Momsen observa que en el Caribe, el patriarcado y la subordinación femenina coexisten con una tradición de autonomía económica en las mujeres, y madres cabeza de familia. Es decir, conviven al tiempo el matriarcado y el patriarcado. Esto muestra que ya de entrada, los modelos de género que se han construido en el Caribe son muy distintos a los de otras regiones. Barranquilla, urbe caribeña, también tiene sus propias particularidades por ser un puerto de comerciantes, hija de La República Moderna. Por eso en Carnavales, las barranquilleras bailan sin necesidad de un “hombre protector”, y sin verse atacadas en respuesta a su provocación. La piel y la sonrisa se erigen como muestras de independencia y de afirmación de la feminidad, sin que dicha feminidad esté construida a la sombra de nada, y en pleno ejercicio y gobierno de su cuerpo.

Es en estos vértices: entre la provincia y el progreso, entre la objetivación del cuerpo y el empoderamiento, en donde reside la clave de lo que significa para mí ser barranquillera. En eso y en la perfecta frase de Esthercita: “Tan airosa la Luna garbosa, como son las mozas barranquilleras”.

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